Cuando los dioses ríen – Jack London

6 Ene


Los dioses, los dioses son más fuertes ante ellos se abate el tiempo,se doblan las rodillas de los hombres,y hacia ellos suben, cual un incienso, las oraciones y pesares de los hombres, pues dioses son

Cuando los dioses ríen

Carquinez se había, al fin, relajado.Dirigió una mirada a las crujientes ventanas, para acabar escuchando el rugir del viento del sudeste, que envolvía toda la casa. Por último alzó el vaso ante el fuego y rió alegre, contemplándolo a través del dorado vino.
-Es hermoso-dijo-.Y verdaderamente suave. Un auténtico vino de mujer, destilado para que lo beban santos de hábitos grises.
-Viene de nuestras colinas caldeadas por el sol-expliqué, con el imperdonable orgullo del californiano-.Ayer las estuviste recorriendo.
Valía la pena conseguir que a Carquinez se le soltase la lengua. Nunca se mostraba tal como era en realidad hasta que el suave calor del vino le recorría las venas. Ciertamente que se trataba de un artista, en todo momento y en cualquier situación, pero cuando estaba sobrio su mente perdía todo acicate y agudeza, para resultar tan aburrido como un domingo inglés.No en comparación con otros hombres, pero mucho en contraste con el agudo ingenio de Monte Carquinez en sus mejores momentos.
De todo esto no debía inferirse que Carquinez estuviera embrutecido por el alcohol. Muy al contrario. Se emborrachaba en contadísimas ocasiones.
Como ya he dicho, era un artista.Se daba cuenta de cuando había bebido bastante, y bastante para él equivalía al equilibrio que tenemos todos al estar serenos.
Poseía una instintiva y sabia temperanza que recordaba la de los griegos. Sin embargo, estaba muy lejos de serlo.
-Soy azteca, inca y español-le había oído decir infinidad de veces…

-¿De modo que crees haber vencido a los dioses?-me preguntó Carquinez.
-¿Por qué a los dioses?
-¿Quién sino ellos ha podido dotar al hombre del sentido de la saciedad?-indagó.
-¿Quiénes me dotaron a mi de la fuerza para escapar de ese sentido?-dije, a mi vez, triunfalmente.
-También los dioses-rió-Es su juego el que nosotros seguimos. Son ellos los que barajan, reparten las cartas, y, al final, se llevan las apuestas. No creas que puedes escapar alejándote de esas ciudades de locos. ¡A pesar de tus colinas cubiertas de cepas, de tus ocasos y amaneceres, de la sencillez en la que vives! Te he estado observando desde que llegué. No has vencido. Por el contrario, te rendiste. Simplemente pactaste con el enemigo. Alzaste la bandera blanca de la fatiga. Equivale a declarar en público que la vida te está abandonando. Le huyes a la vida. Ha sido un simple truco, un truco malo. Renunciaste al juego, no quisiste seguir. Has arrojado las cartas bajo la mesa y escapado, a ocultarte en estas colinas.
Se apartó el mechón de pelo de los ojos, interrumpiendo su discurso para liar un largo y oscuro cigarrillo mexicano.
-Sin embargo los dioses lo saben. El truco es muy viejo. El hombre debe haberlo intentado generación tras generación, perdiendo siempre. Los dioses saben como tratar a los de tu clase. Perseguir es poseer, y poseer equivale a sentirse saciado…Tú en tu sabiduría, decidiste renunciar a perseguir. Preferiste el abandono. Muy bien. Acabarás saciado de abandono. Consideras haberte librado de la saciedad. No has hecho más que cambiarla por senil resignación, que es otro de sus nombres. En realidad, constituye su máscara.

-Pero mírame bien-Le dije.
Carquinez era un verdadero diablo en el arte de descubrirnos el alma y dejarla hecha un trapo.
–No verás signos de lo que dices-le desafié.
-La decrepitud es un proceso muy insidioso-me replicó-Estás más que a punto.
Rompí a reir, perdonándole sus diabluras, pero él no quiso aceptarlo.
-¿Es que acaso no me consta?-insistió-Los dioses ganan siempre.He visto hombres que, durante años, parecían contar con todos los triunfos. Y al final perdieron.
-¿Tú nunca te equivocas?-quise saber.
Antes de contestarme despidió unas bocanadas de humo.
-Si, en una ocasión me desorientaron. Te lo explicaré.Se trata de Marvin Fiske.¿Te acuerdas?¿Y a su rostro dantesco, y a su alma de poeta que no cesaba de cantar el himno de la carne, como verdadero sacerdote del amor?También debes recordar a Ethel Bird.
-Una auténtica santa-comenté.
-¡Esa es!.Tan santa como el amor, pero mucho más dulce.Una mujer hecha para que la quisieran, y sin embargo¿cómo diría? empapada de santidad igual que la atmósfera está, aquí, embriagada con el aroma de las flores.Bien, se casaron, jugaron una mano con los dioses…
-¡Y vencieron, vencieron totalmente!-le interrumpí.
-¡Perdieron, lo perdieron todo de la manera más espantosa!
-El mundo cree lo contrario-indiqué con frialdad.
-El mundo solo hace conjeturas…

Carquínez me contó la historia:
Los dos se habían enfrentado al problema de la saciedad.Amaban al amor. Lo amaban tanto que hacían cuanto les era posible por mantenerlo encendido e ilusionado en sus corazones..Saludaron con gozo su llegada, temían su desaparición.
Consideraron que el amor es deseo, un delicioso sufrimiento. No cesa de buscar alivio, y al encontrarlo muere.
Comprendieron que no esta en nuestra naturaleza que se desee lo que ya se ha poseído. Comer y sentir apetito es una hazaña que nadie, hasta ahora, ha logrado realizar.
¿Qué cómo se todo esto?. Vi muchas cosas y otras las encontré en el diario de Ethel. Esto recuerdo haber leído:-“Pues en verdad, que esa voz imprecisa,débil susurro, dulce suspiro, ese alado músico que nadie ve salvo en el arco iris de un momento de júbilo o en el súbito tronar de la pasión,ese exquisito misterio que llamamos amor…llega no con una canción en los labios que todos puedan oír, o al son de una viola, sino como alguien al que solo evoca el éxtasis, con una muda elocuencia que nace del deseo”
¿Cómo retener al alado músico con su muda elocuencia nacida del deseo? Entregarse a él equivalía a perderlo. Era muy grande el amor que sentían el uno por el otro. Les llenaba el alma. Sin embargo deseaban conservar, sin mella, la punzada de la ilusión.
No se trataba de dos seres débiles y enfermizos que teorizaban a las puertas del amor. Eran almas robustas y auténticas. Habían amado a otros antes de conocerse, y, en esas ocasiones, estrangularon el Amor a fuerzas de caricias, le mataron a besos y lo sepultaron en el pozo de la saciedad.
Aquel hombre y aquella mujer no eran dos fríos espectros. Eran seres humanos y estaban vivos. No tenían, en la sangre, la sobriedad anglosajona. Por el contrario, les bullía roja y cálida. Eran idealistas, pero con un idealismo gálico. No lo atemperaba ese frío y sombrío líquido que les sirve a los ingleses como sangre. Temperamentalmente podía decirse que poseían el gusto de los franceses por la carne.
Además, carecían de estoicismo.

Eran cuanto he dicho, y estaban hechos para gozar, pero sin embargo solo lograron aproximarse…
¡Malditas sean sus aproximaciones!

Actuaron con lógica y esta era su lógica…Pero antes repetiré una conversación que tuvimos. Se refería a “Madeleine de Paupin”, de Gautier. ¿Recuerdas a la protagonista? Besó una vez, una sola vez, y no quiso repetirlo. No es que le desagradase, sino que temía que, al repetirlo, desapareciese el placer. ¡De nuevo la saciedad!
Intentó jugar con los dioses sin apuestas. No obstante, esto es contrario a las reglas del juego que los propios dioses han establecido. Lo que ocurre es que no las explican de antemano. Los mortales juegan, para luego enterarse de las reglas.
Bien, volvamos a la lógica. Aquel hombre y aquella mujer razonaban del siguiente modo. ¿Por qué besarse una sola vez? Si hacerlo era aconsejable, ¿no sería mejor no besarse nunca?
De este modo mantendrían vivo el Amor. Con la abstinencia, nunca dejaría de llamar a sus corazones.
Quizás concibieron esta absurda teoría por pura herencia. La casta acaba siempre por salir, frecuentemente del modo más inimaginable. Y, en ellos, brotó la maldita Albión, como una intrigante mujerzuela, como una bruja artera y calculadora.
En realidad nada sé de esto. Pero sí me consta una cosa: Fue a causa de su desordenado deseo de gozar que renunciaron al goce, para siempre…
Como él le decía, según leí, mucho tiempo después, en una de sus cartas: “Tenerte en mis brazos, muy cerca, y sin embargo, no tenerte. Ansiar de ti y no tenerte nunca, para, así, tenerte siempre.

Y ella: “Que tu estés siempre lejos de mi alcance. Siempre a punto de conseguirte, y, no obstante, no conseguirte nunca, para que, de este modo, se mantenga eternamente, siempre fresco y nuevo, siempre con la primera ilusión”.

No lo dijeron con esas palabras exactas. En mi boca, se confunden un poco con su filosofía del amor. ¿Y quién soy yo para bucear en sus almas?. Tan solo una rana, sentada al borde del gran misterio, que mira, con los ojos muy abiertos, sus encendidos espíritus.

Y no cabe duda de que acertaron, según pretendían. Todo es bueno, mientras no se tiene. La saciedad y la posesión son los caballos de la muerte. Corren muy juntos.

“Y el tiempo solo puede mostrarnos
como prolongar el calor de nuestros
raptos con metódica rutina”

Eso lo sacaron de un soneto de Alfred Austin. Se llama “La Sabiduría del Amor”. Equivale al único beso de Madeleine Maupin. Sigue así:

“Bésame y huye; no podemos ir más lejos;
y mejor morir a que caigamos, desde las
alturas, al abismo, a que, del vigor
descendamos a la decrepitud”

Ellos fueron más “inteligentes”. No quisieron besarse para luego no volverse a ver. No se besaron, confiando seguir así, para siempre, en la cúspide del Amor. Se casaron. Entonces tú estabas en Inglaterra.
Jamás hubo boda semejante. Guardaron muy bien el secreto. Yo nada supe. El calor de su pasión no se enfrió. Su amor siguió ardiendo con creciente brillo.Nunca hubo nada igual. Pasó el tiempo, los meses, los años, y el alado músico no cesó de hacerse más resplandeciente.

Todos se maravillaban. Llegaron a ser los eternos enamorados, a quienes se envidiaba. En ocasiones, algunas mujeres se compadecían de Ethel por no tener hijos…Es la forma en que en ellas, suele tomar la envidia…
Yo seguía ignorando su secreto. Estaba confundido, incapaz de comprender. Al principio, supongo que inconscientemente, imaginé que su amor pasaría. Entonces me dí cuenta de que era el tiempo el que pasaba, pero su amor permanecía. Sentí una gran curiosidad.
¿Cuál era su secreto?¿Con qué mágicas ataduras habían aferrado al amor?¿Cómo retener al ingrávido elfo?¿Qué elixir de amor eterno habían bebido, lo mismo que Tristán e Isolda?¿Y qué mano supo preparar tal elixir?
Como he dicho sentía gran curiosidad y no cesaba de observarles. Estaban locos de amor. Vivían en un perpetuo sueño. Lo convirtieron en una ceremonia. Se saturaron en el arte y la poesía del Amor. Pero no se trataba de neuróticos. Estaban sanos, y llenos de vida, y eran artistas. Sin embargo habían conseguido lo imposible. Alcanzaron un deseo inmortal.
¿Y yo? Les vi mucho, comprobando el milagro de su amor eterno. Me intrigaban, desorientándome, hasta cierto día…

Carquinez se interrumpió bruscamente para preguntarme:
-¿Has leído “Compás de espera del amor”?
Negué con la cabeza.
-Lo escribió Curtis Hidden Page. Uno de sus versos me dió la clave. Cierto día junto al piano…¿recuerdas lo bien que ella tocaba? Frecuentemente se reía de mi dudando si les visitaba para verles o a causa de la música ¡Que voz tenía Marvin! Cuando cantaba me sentía dispuesto a creer en la inmortalidad, y era mucho menor mi respeto a los dioses, imaginando numerosos medios para vencerles…
Constituía un extraordinario espectáculo ver a aquel hombre y a aquella mujer, casados, con la espontaneidad de las ilusiones recién nacidas, y con una madurez y riqueza de pasiones que los jóvenes no pueden conocer. Los jóvenes resultaban pálidos y endebles junto a aquel matrimonio.
¡Aún me parece estar viéndoles, llenos de fuego y ternura, manteniéndose a distancia, prodigándose caricias con la vista y la voz en cada uno de sus actos, por medio de cada silencio, empujados uno a otro por su cariño, pero conteniéndose, cual tímidas mariposas, para las que eran respectivas llamas, aunque retenidas, eternamente, dentro de una misma órbita!
Semejaba como si, obedeciendo a una ley física más fuerte, y también, más sutil que la de la gravedad, fuesen a fundirse corporalmente el uno en el otro en mi presencia. No me extraña que se les conociese como los enamorados mágicos.
Me he apartado un poco del tema. Vamos ahora, a la clave…

Cierto día, en su villa, en un sillón bajo la ventana, encontré un libro de poesía. Se abrió solo, delatando una antigua costumbre, en “Compás de Espera del amor”:

Es tan dulce mantenerse separados
conocerse mejor y conservar
el suave y delicioso sentido de dos que se rozan…
¡Aún no Amor! Que nuestra pasión siga dulce
todavía envuelta en un sagrado misterio,
esperando el secreto de los años venideros,
pero aún no, aún no…alguna vez, pero…
aún no.

¡Todavía puede crecer nuestro amor!
Una vez haya florecido, morirá feliz.
Aliméntalo con besos sin labios, que duerma,
acunado por una autonegativa
¡Todavía un poco más, un poco más, un poco más!

Cerré el libro, dejando el dedo como punto, y permanecí sentado y en silencio durante un buen rato. Me sentía sorprendido por la revelación que me había traído el poeta. Resultaba humillante. Era igual a un rayo divino iluminando un pozo. Conservarían el Amor, ese inquieto espíritu, el compañero de los jóvenes.
Me repetí mentalmente aquellos versos “aún no, alguna vez”, “aún no amor”, “aliméntalo con besos sin labios, que duerma”. Y estallé en una sonora carcajada. Comprendí, entonces, sus inmaculadas almas:
Eran como niños.No comprendían. Estaban jugandocon el fuego de su naturaleza, y durmiendo con una espada desnuda. Se reían de los dioses. Iban a vencer su fuerza cósmica. Inventaron un sistema con el que se acercaron a la mesa de juego, confiando ganar.
“Cuidado-pensé-Los dioses se encuentran junto al tapete verde. Son ellos quienes establecen las reglas para cada sistema que se inventa. No teneis la menor posibilidad de ganar.”
Pero a ellos nada les dije.

Los meses continuaron pasando, y se hizo más fuerte su deseo. Ni una sola vez lo embotaron, permitiéndose la menor expansión. Lo basaban en autonegarse, y de este modo, lo fueron agudizando. Así siguieron hasta que yo mismo empecé a dudar.
¿Es que acaso los dioses estaban dormidos?¿Es que, tal vez, habían muerto?
Esto me hizo reír. Aquel hombre y aquella mujer habían logrado un milagro Burlarse de los dioses. Consiguieron dominar la carne y ensombrecer el rostro de la madre tierra.
Jugaron con fuego, sin quemarse. Estaban inmunizados. Eran iguales a dioses, al conocer el bien y el mal, pero sin siquiera probarlo.
Me pregunté si sería ese el modo de convertirse en dios.”No soy más que una rana” me dije “pero de no protegerme los ojos el fango me cegaría con el resplandor de la maravilla que he contemplado. Me ha hinchado mi sabiduría y he querido juzgar a los dioses”.
Pero no obstante, incluso en eso me había equivocado. No eran dioses.Eran simplemente un hombre y una mujer, blando barro que respira y que se emociona, acribillado por los deseos y herido por debilidades de las que carecen los dioses.
Carquinez interrumpió el relato para liar otro cigarrilo y reír sordamente.
-Soy una rana-dijo a manera de excusa-¿Cómo iban a comprenderlo? Eran artistas, no biólogos. Conocían el barro con que trabajaban en el estudio, pero no aquel del que ellos estaban hechos. Sin embargo, reconozco que jugaron fuerte. Jamás hubo antes un juego parecido y dudo que vuelva a repetirse.
Ningún éxtasis amoroso fue como el suyo. No mataron el Amor con sus besos. Lo avivaron, negándose mutuamente. Y con esa negativa,le dieron mayor fuerza, hasta que casi estallaron de deseo. Y el alado músico les alentó con sus favores, que les hacían elevarse. Era un verdadero delirio, que aumentaba a través de las semanas y los meses.
Sufrieron y desearon con una dulce angustia, con una intensidad que ni antes ni después han sentido los enamorados.
Y de pronto, cierto día, los dioses dejaron de aprobarlo. Se irguieron para contemplar a aquel hombre y a aquella mujer que pretendían burlarles. Y el hombre y la mujer se miraron a los ojos una mañana, adivinándo que algo había desaparecido. Era el alado músico. Huyó, en silencio, durante la noche, abandonándoles.
Se miraron a los ojos, comprendiendo que ya no les importaba ¿Comprendes? El deseo había muerto. Y nunca se habían besado. Ni una sola vez. El deseo había muerto. Falleció durante la noche, en un frío y olvidado sofá. Ni siquiera lo vieron morir. Lo supieron por primera vez al mirarse a los ojos.

Los dioses pueden no ser buenos, pero son compasivos. Habían retirado los dados y las apuestas de la mesa de juego. Lo único que quedaba eran aquel hombre y aquella mujer que se miraban con ojos fríos. Y luego, él murió. Eso fue compasivo. Al cabo de una semana Marvin Fiske estaba muerto. Recordarás el accidente. En su diario, que escribió entonces, leí mucho después esta cita de Mitchell Kennery:

No hubo una sola hora
en que pudiéramos besarnos
y no lo hiciéramos

– ¡Qué ironía!-exclamé.
Y Carquinez, que, a la luz de la chimenea, semejaba un auténtico Mefistófeles, con chaqueta de terciopelo, clavó en mí sus ojos oscuros.
-Dijiste que ganaron.¡Eso creyó el mundo! Te he dicho lo que sé. Ganaron lo mismo que ganas tú, entre estas colinas.
-Y tú-le respondí decidido-con tus orgías de sentidos y de sonidos, con tus ciudades de locos y tus costumbres aún más locas, ¿es que crees que vas a ganar?
Movió la cabeza lentamente.
-Que tú, con tu sobrio régimen rural pierdas, no es motivo para que yo gane. Nunca ganamos. Solo a veces, lo creemos. Es una ligera broma de los dioses.

THE END

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