Lumiere in the Sky

1 Oct


La ciudad también estaba hecha de decenas de pantallas, en blanco y negro, que eclosionaron en flores de múltiples colores, llenas de la vida que quedaba lejos de las calles embarradas. La ciudad soñaba a través suyo, y los cines de barrio nos vendían esos sueños manufacturados a nuestros ojos llenos de abismo.
Poco a poco la ciudad se fue vaciando de sueños. Complejos comerciales acaparaban pantallas en criptas atestadas de anuncios de móvil y palomitas de maíz. Los barrios se quedaron huérfanos de sueños, y tuvimos que imaginarnos las películas como pudimos, o verlas en las pequeñas pantallas de nuestros habitáculos.
Había muerto una época, comprendí, cuando cerraron el Tyris, donde ví de pequeño La Historia Interminable. Inmediatamente murieron el Acteón y el Martí.
La calle de los cines, de los sueños, era apenas un páramo urbano de realidad. Pero los soñadores entornamos lo ojos y proyectamos nuestras películas en el firmamento.

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