El Beso del asfalto

11 Ene


Has estado toda la noche (toda esa oscura sucesión de instantes) contoneándote en la cuerda floja, a punto de saltar al abismo. Las calles crujen, y se contraen a tu vacilante paso. Los bares te han llenado de viento el alma y de bebida el estómago, y todos los pubs te has escupido de sus fauces.
Las farolas bailan un vals y se mueven, estás intoxicado y te acuestas en el capó de un coche.
Estoy en un momento de zozobra, tras la tempestad de agua y fuego, baile y hierba quemada, prados por los que pasé y jamás crecerá vida vegetal de nuevo. Las callejas se suceden unas a otras y el mundo desconocido y significativo me saluda a mi paso. Hay cosas que no pueden imaginarse o pensarse sino que deben vivirse.
Vivo en un páramo de asfalto.
Vivo de rayos de luz, botellas vacías y esperanzas perdidas.
Apenas vivo, pero vivo.
Solo tengo un alma, y creó que la perdí en una vieja y sucia calle del barrio del Carmen, entre despojos, vómitos, orines. Junto a una casa de putas. Le pedí a una de ellas que me diera un abrazo, porque tenía frío en el corazón, y seguí mi camino.
Pero de tanto andar el camino se acabó, y me salí del margen de mi viñeta.
Era un dibujo animado a punto de ser borrado.
Un borrón.
Una sombra.
Entonces desperté sobre el capó del coche, en la Calle Comedias. Mi cabeza aullaba.
Se había hecho de día. Aún estaba vivo. Sonreí.

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