Archivo | 11:34 am

Ternura

19 Oct

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando fumaba. Pero en mis Brazos era siempre Lolita”
(Vladimir Nabokov, Lolita)

Desperté en una cama ajena. Bueno, era la mía pero la sentía extraña.
Una sombra de mujer se recortaba contra la ventana, en medio del humo. Una desconocida palpitante, un cuerpo del delito que latía y había sido presa de una sudorosa acometida.
A veces pienso que tan solo trato de probarme a mi mismo. Es una cuestión de tozudez.
Ella, desconocida, miraba las piedras pintadas con nombres de guerra, los muros de un colegio de barrio, un solar destartalado en el que mi niñez había muerto no de repente, sino languideciendo.
Un agónico suicidio de la inocencia, porque la inocencia no produce dolor, y el dolor es el único indicio que tengo de tener corazón.
Era un instante perfecto. No porque yo fuese un enamorado atolondrado contemplando al objeto de su pasión (y en esos casos objeto es una palabra más que adecuada).
Ni siquiera un guerrero que contempla las murallas derrumbadas de una ciudad conquistada y a sus pies.
Era ese un momento de intimidad extrema, pero con ella de espaldas a mi. Podía compartir ese momento, atesorarlo para siempre, sin tener que enfrentarme a sus ojos, sin tener que reconocer la futilidad de todo.
A veces las cosas son así, amamos más nuestras cobardías que nuestro valor.
Afuera las luces de un coche buscando aparcamiento iluminaban la calle. Ella estaba desnuda, y era más bella ahora que no la deseaba.
Cuando se giró, el momento había pasado, y todo había concluido.
Le dije que se fuera tratando de ser solo lo suficientemente grosero como para dejar claro que no ibamos a desayunar juntos, que no iba a cogerla de la mano, que no iba a volver a verla.
Creo que no medí mis palabras, porque me tiró un zapato a la cara. Pero se fue.
Tras todos los roces, posturas, extrema ansiedad satisfecha por sacudidas y besos falsos, por pieles entrelazadas en un sortilegio de lujuria, aburrimiento, soledad, todo eso era ahora el silencio de dos individuos desconocidos, en una habitación vacía, en una noche de verano.
A veces solo follamos para estar menos solos. Al final, solo queda la sensación de que el reloj se detuvo con las caricias, el sonido de unas olas de mar que no existen, tras los azules ojos de una chica que convenciste representando un papel que no era el tuyo, solo porque estabas rabioso y querías desquitarte.
Hoy me encontré con la hermana de Isabel Sort.
Supongo que empezó ahí la noche: La imposibilidad de alcanzar un antiguo (y vacío) sueño me movió para tratar de encontrar un sucedáneo no menos vacío, pero al menos tangible.
Literalmente me había impactado ese encuentro, he sentido su figura tatuándose en mi retina, serigrafiándose en el fondo de mi hipotálamo.
La dulce y juvenil promesa de su cuerpo ha devenido en un laberinto de turgencias insospechadas.
Ahora impresiona, como una estatua de alucinantes contornos y rostro iluminado, ojos de animal feroz, claros arroyos de agua que te devuleven la mirada, una belleza baudelariana (y uso ese adjetivo porque me encanta su sonido. Y porque me sale de los cojones. Por cierto la actividad de impúdicos jugos, insensata y vehemente, se aceleró en su producción de aguada munición)
La hermana pequeña, cuyos ojos tienen un brillo caprichoso, esmaltados en un color todavía por descubrir, se movía con la suave firmeza de la mujer que se sabe siempre el centro de atención, oscureciendo sus iris irreductibles con una mirada de resuelta vanidad, o de vanidosa resolución.
Aquellos asombrosos labios hechos de nubes marmóreas, con formas de hojas, jamás inquirieron una pregunta (¿Por qué? Nada que cuestionar a un mundo que la observa embobado). Era la esfinge sin secreto de Wilde.
No era una chica superficial, sino un puro arquetipo de superficialidad pura, superficialidad hecha carne (voluptuosa carne. Era más cosas hechas carne, y algunas mejor no sacarlas a relucir: Dejémoslas en la caja de pandora de mis más húmedas fantasías y echemos la llave al retrete).
Apenas me dirigió una mirada por encima del hombro, y eso que estaba al otro lado de la calle. Sabía quién era yo, o pretendía ser, al menos desde aquella noche etílica en que me encontré con su hermana y con ella en una discoteca, el el cumpleaños de alguien.
Había ingerido litros y litros de algo que parecía ser aceite para motores con cola, y andaba esparciendo discursos incoherentes, trompicones, tropiezos, botes, bailes funkys para los que no era apto, e intentos de escalar los muros del recinto, escapar por los conductos del aire acondicionado, y salir volando hacia la luna para establecer embajada con los selenitas. Así estaba de borracho. Me caí dos veces por las escaleras, y eso que me sujetaban entre cinco.
El caso es que apenas recuerdo hablar cinco minutos con las hermanas. Pero fuentes más fiables establecen una cronología distinta, que indica que estuve media hora comiéndole la oreja a Isabel (no sé que podría decirle) y otra con el baile de San Vito, en plena danza ritual de cortejo.
Aquella noche acabé en la playa de la Malvarrosa (era invierno) haciendo castillos de arena, tumbado mirando las estrellas, y soñando con un dúplex (y no precisamente en la avenida de Francia).
El día después ni siquiera saludé a Isabel en la facultad.
Os cuento esto para que os hagais una idea acerca de mi relación con el objeto de deseo en cuestión.
Estaba elucubrando, cuando me dí cuenta de que había variado mi rumbo y caminaba detrás de la chica en cuestión. Como un depravado cualquiera observando el movimiento esférico, circular, gravitacional, de su inminente trasero. Inminente porque ella paró en seco, y me ví casi precipitado a chocar con él.
Se dió la vuelta y dijo:
-¿Te conozco?
-Si-dije yo. Y se produjo un silencio incómodo.- Soy compañero de instituto de tu hermana.
-Ah, ya decía yo. ¿Qué tal?- Dijo con una voz cuyo tono no sabría definir. Una especie de cinta pregrabada de cortesía social. Un contestador humano.
-Perfectamente, he acabado los estudios. A ver si saludas de mi parte a Isa.-Sonreí con cinismo. Visualicé mi mano recorriendo su cuerpo, alzando la falda, leve tela ligera, y apoyando su cuerpo contra la pared. Pero no tenía gracia. Era como en Scarface: ¿Que sentido tenía tirarse a alguien así? Era como hacerse una paja. Nunca lo entendí.
En el bar de al lado sonaba “Never Let me down again”. Me despedí, y cuando se dió la vuelta, dije algo abiertamente grosero en voz alta. Se acercó a mi, con su rostro súbitamente lleno de determinación, y me cruzó la cara.
Me retiré del escenario del crimen con una mueca que escondía en realidad una sonrisa.
No sé por qué dije aquello.
Miento, si lo sé.
Una bofetada es, al menos, y como mínimo, una caricia que duele.
La verdad es que estaba enfadado conmigo mismo por mi debilidad.
En aquellos tiempos me levantaba cada día temprano para buscar empleo. Tras media hora en la biblioteca ojeando las ofertas en la prensa (Se necesita economista con experiencia internacional para puesto de friegaplatos) y alguna inusual visita al SERVEF, tenía varias opciones y la peor de ellas no era callejear y beber heinekens a euro la pieza.
En un oscuro local, un bunker de tinieblas con una estética a lo Tobe Hooper, consumía las mañanas de mi vacía y obsoleta vida de parásito.
Aquel día estaba algo dolido, y cuando entré el doctor Nick Riviera (no se llamaba así, pero su impericia era legendaria ya en la ciudad) lo notó.
Me llevó por una senda de cristales rotos, hielos, vasos, pintas, locales a media luz durante toda una tarde, procurando mantenerme tan fuera de mi que mi ser se extinguía y surgía simplemente una sed, una sed mortal pero reconfortante, la sed que necesitaba para seguir en pie, sed de hermanas pequeñas, sed de inalcanzables desvaríos y fantasías, sed de imagenes que prometen y prometen desde su imposibilidad de hacerse reales.
Eso es un amigo. Alguien que calma el dolor con otra clase de dolor.
El día era una montaña rusa, y en plena bajada me había convertido en un vampiro. Cuando encontré un cuello que besar, un cuello que calmara mi sed, me aferre a él con mis colmillos, y fingí ser quién no era.
Eso me condujo a un instante frente a una ventana, a un jadeo ahogado, a un violento y melancólico polvo de borracho.
Pero ella no era más que sombra frente a la ventana.