Marketing

26 Mar


Hoy en el horizonte, dos estatuas sonrientes se devuleven la mueca electoral.
Todo depende de las categorías simbólicas. Obama trata de calzarse la piel mitómana de kennedys, martin kings y malcom X. Su política no difiere un ápice de la de su contrincante, pero se está testando un logo, una marca, un signo.
Clinto en cambio desea desprenderse de su propia simbología, el lastre de su carismática mitad, de la cual ella es negativo fotográfico, sombra rígida pragmática y oscura.
Mientras tanto, en el lado republicano, McCain suaviza el discurso aportando su propia modalidad de apropiación simbólica: Desea ser el héroe, no el acartonado fotogénico cowboy (Reagan) sino el firme y tozudo héroe de guerra: Ike.
A su favor la división del voto neocon, ahora finiqutada con el cadáver político de Romney. Huckabee conecta más con el verdadero conservador, pero lleva el lastre de su propio fanatismo iluminado que ya ha teñido el discurso de guerra de su presidente.
Mientras tanto la precampaña española se configura como un periodo perverso y simbólico, en el que se erigen pirámides monumentales de gestos que confirmen la polarización de los bloques que no ideologías.
Perverso porque nunca dejamos la anterior campaña. Un término tan contradictorio como precampaña (que alude a la campaña legal, pero reconoce que nunca finalizó la anterior) define una legislatura de gestos teatrales en que se ha legislado de cara a la galería, mucho y mal, y se ha hecho oposición peor.
El PP lleva la iniciativa, y todos prometen regalías con un dinero que renuncian a recaudarnos (¿?¿?)
Prometen dos millones de empleos en plena crisis pero no nos dicen cómo se crearán. O no lo saben todavía, o la respuesta en´la era de deslocalizaciones no nos gustará.
El PP juega magistralmente su baza unitaria, a pesar de trasvases ficticios, y recurre al bolsillo, al miedo, y a los sofismos demográficos sobre inmigración (el mismo partido que hizo tres leyes de extranjería en 12 meses, como si fuera posible aplicarlas así).
Finalmente, unos y otros la casa sin barrer. Entre propuestas rellenas de aire, palabras huecas, propinas y gestos escenificados, todo se reduce al símbolo por encima de la idea.
El marketing sobre la inteligencia.
En Valencia, por poner ejemplos, arquitectos de renombre claman sobre la obsoleta letra de una ley absurda que exige demoler un edificio que jodió las ruinas que, según los expertos, poco romanas eran ya.
Esa denuncia despechada de hace lustros vuelve cual boomerang al partido que la puso y que debe ahora ejecutar el delirante auto. Todo para respetar cuatro piedras viejas que datan de los 50 e imitan a las expoliadas rocas romanas.
El juez se apega a la ley, ante el marasmo de peritajes que no entiende, e informes que ni siquiera concibe.
Lo que explica el poder moral que el pueblo concedió a los denunciantes es que tales piedras también eran simbólicas. Eran todo lo romanas que hacía falta, lo más romanas que las gentes de a pie jamás alcanzarían a atisbar.
Lo mismo que la gente acaba creyendo en un nuevo kennedy, cree en una ley de extranjería como panacea, o en las piedras como patrimonio histórico.
Cosas de las categorías simbólicas.

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