Faith of our Fathers

10 May


Era un relato terrible. Cuando lo escribió, se había sentido bastante orgulloso de él. Al releerlo un año más tarde, después de la muerte de Jim Pike Jr. y de Maren, la impresión que tuvo fue distinta. Seguía siendo terrible, pero de otra manera. Peor aún.
Todos sus trucos aparecían en este relato, aquellas lecturas que al redactar su autorretrato había exhibido con ingenua satisfacción, como si quisiera utilizarlas alegremente toda la vida: el totalitarismo, el idios y el koinos kosmos, las drogas psicodélicas, la Realidad última, Dios. El pequeño mundo de Philip K. Dick.
Faltaban sólo los androides, los simulacros. Por una buena razón: todo el relato era un simulacro. Si un astuto falsario hubiese querido escribir «a la manera» de Dick, o un informático crear un programa capaz de escribir como Dick, el resultado hubiese sido similar a eso.
Sin embargo, lo había escrito. Y era él, nada extraordinario, quizá, pero real, auténtico: Phil Dick y no un androide colocado a espaldas de todos en el lugar de Phil Dick. De eso estaba seguro.
Sí, pero si hubiera sido un androide, hubiese estado igualmente seguro de serlo. Hubiese hecho exactamente el mismo razonamiento. E incluso era, a decir verdad, un típico razonamiento de androide. Y, al darse cuenta de eso, sentiría miedo, pues estaría programado para sentirlo.
Todo esto no demostraba nada, ni en un sentido ni en otro, pero él también tenía miedo.
(Emmanuel Carrere, Yo estoy vivo y vosotros estais muertos)

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