Some Kind of Woman

2 Jun


-A todo cerdo le llega su San Martín- me dijo ella, pronunciando pausadamente la porcina palabra, dejando entrever cadáveres de besos herrumbrosos entre las comisuras de sus labios. Su pecosa nariz era juvenil y cruel a un tiempo, le daba un aire de blancanieves corrupta y envilecida. Su cabello era pura luz. La amé nada más verla, la odié nada más conocerla. O tal vez a la inversa.
La conocí haciéndo preguntas inadecuadas en bares de alto copete de los que me echaron de malos modos. Buscaba evidencias para un caso de espionaje industrial, o algo parecido. Entonces trabajaba para el señor Hammett, un americano alto y delgado, que tenía una agencia de detectives llamada Pinquerton, un nada sutil reclamo publicitario, arriesgándose a una demanda de los auténticos Pinkerton.
Me pagaba la carrera de derecho siguiendo a oscuros ejecutivos, a empleados de baja, y a pobres desgraciados a punto del divorcio. No era un buen trabajo, no era tampoco yo un buen detective, pero servía para pagarme la luz, el teléfono y las copas. De todos modos no me hubiese importado quedarme a oscuras y sin línea.
Hammett era un bebedor emperdernido. No nos dejaba beber en la oficina, aunque él personalemente pocas veces estaba en condiciones.
Normalmente era yo el que atendía a los clientes.
Y así llegué a aquel bar de la calle Salamanca. Una vez había visto allí a más de un diputado, ahora consejero de una gran compañía, quemar mi dinero en chivas y en putas caras.
-A todo cerdo le llega su Sanmartín-repetí yo con una sonrisa, cogí una botella y se la rompí en la cabeza al guardaespaldas más cercano. Salí corriendo recordando mis tiempos juveniles en el Valencia Karhu. Una retirada a tiempo es una victoria.
¿Dónde encajaba ella?-pensé confuso…pronto descubriría que una mujer hermosa puede ser amiga de más de un hombre poderoso.
Descubriría que había anticipado las decisiones del gran hombre a alguien que compartía interés con él en pujar por unas acciones. Finalmente acabarían como socios. El gran hombre lo compró con amenazas y dinero. Más amenazas que dinero.
Eso lo sabría luego de señalarla. En Pinquerton tenemos un ciento por cien de éxito. Aunque tengamos que forzarlo para lograrlo. Un cliente feliz en mejor que un cliente bien informado.
Por lo pronto llamé al hombre que me había empleado.
-Su putilla estaba en el San Anselmo esta noche. Vigílela. Me han dicho que habla más que respira, y que sabe demasiado. Sabe más que yo al menos.
-No es una puta.
-Tal vez no lo sea…¿pero lo sabe ella?
Se cortó la comunicación. Me fuí al bar Gulliver, en la esquina de Peris y Valero con Antic Regne. Allí estaba lo que muchos verían como lo peor de Valencia. Si no existiera San Anselmo. La diferencia es en todo caso un asunto de clase, de estilo, de dinero.
Bebí saboreando el beso furtivo que le robé antes de preguntarle por qué vender por 30 monedas información, matando a la gallina de los huevos de oro: Un empresario casado, encoñado, vulgar, manejable, débil e irresoluto.
Recordé ese fugaz arrebato de enfant terrible, ese suave viaje al aspero mundo de los besos robados a punta de navaja a princesas depravadas. La suave y rápida sensación de peligro, el momento de la sorpresa en sus ojos color miel, mi sonrisa de victoria, y la pregunta socarrona que me quemaba por dentro:
-¿Eres más mala, o más tonta?
Ella era todo lo que se puede comprar con dinero. Una actriz que te lleva a la ruina mientras te embelesa y te arranca una sonrisa. Con ella el contador esta siempre en marcha, y todo cuesta dinero. Incluso el daño que te pueda hacer.
Es una mujer que solo se puede permitir alguien que tenga algún pecado que lavar.
El humo inundaba mi habitación. Había libros por todas partes. Últimamente no leía ni siquiera a Dick. Solo imaginaba la nada. Ponía volutas de humo a danzar en formas concéntricas intentando dibujar la desidia.
El mal puede ser tan banal, tan bello, tan vulgar. Seguí bebiendo, una y otra vez, y mojé mis libros de derecho administrativo con Whiskey caro. Y luego los lamí. Estaba muy borracho, pero aún así llamé a Hammett.
Hammett dormía en la oficina, tenía una habitación habilitada para ello, y solo salía para recibir a los clientes importantes, con su apolillado traje arrugado y su acento extrajero. Sabía ser encantador cuando se contenía un poco.
-Lo he solucionado-dije. Y supe que no era cierto, pero que era muy conveniente, porque de todos modos ella ya era algo muy incómodo para el gran hombre, el industrial, el constructor, la sombra de un magnate enriquecido casi sin darse cuenta. Vendiendo humo y casas de papel.
Luego averiguamos que había sido el propio gran hombre. Que solo le lavamos la cara. Que solo fuimos la excusa, los que le buscaron el chivo. Le interesaba filtrar la información, parecer débil, mostrar la yugular como un lobo vencido para pasar a devorar a su oponente. Ella solo había sido su instrumento, seguido sus órdenes. Él se mostró arrepentido. Rezó mucho. Se reconcilió con su mujer, o eso decían ellos. Ella era la que le había hechizado y traicionado, y su consejo de administración se lo tragó. Aunque sabían que había vendido su propia información, sabedor de que así localizaba a su oponente. Para destruirlo.
Lo último que supe de ella es que amenazó con denunciarle. Las palizas para que se callara la boca la quebraron. Era una sombra en velluters, haciendo la calle.
Era más tonta que mala.

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