Full Metall

23 Nov


La mezcla era asombrosa: santos incipientes y homicidas realizados, inconscientes poetas líricos e hijos de puta tontos y cabrones con el cerebro hundido en el pescuezo. Y aunque cuando me fui sabía de dónde partían todas las historias y a dónde iban, nunca me aburrí ni siquiera dejaron de sorprenderme. Evidentemente lo que en realidad querían explicarte era lo cansados que estaban y cuánto les repugnaba aquello. Cuánto les había conmovido y aterrado. Aunque puede que fuese yo, mi postura por entones estaba clara: “Corresponsal”.(“Debe ser difícil distanciarse”, me dijo un hombre en el avión que volvía a San Franciso; y yo le dije: “imposible”.)
Al cabo de un año me sentía tan conectado a todas las historias y las imágenes y el miedo, que hasta los muertos empezaban a contarme historias, las oía como si vinieran de un espacio remoto, pero accesible, en el que no hubiesen ideas ni emociones ni hechos ni lenguaje concreto, solo información limpia. Por muchas veces que pasase, los conociese o no, independientemente de lo que sintiese hacia ellos, de cómo habían muerto, su historia siempre estaba allí y era la misma. Y decía: “Ponte en mi lugar”.
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Todos oímos la historia del tipo de Sierra que estaba “montándose su propio amarillo”. En Chu Lai unos marines me indicaron a un hombre y me juraron por dios que le habían visto rematar a un norvietnamita herido y luego limpiar la bayoneta con la lengua. Había un cuento famoso, de unos reporteros que preguntaron a un ametrallador de helicoptero: “¿Cómo puedes disparar contra mujeres y niños?” y él contestó “es más fácil hombre, no tienes que machacarles tanto.”
En fin decían que había que tener sentido del humor, y, bueno, hasta el Vietcong lo tenía. En una ocasión después de una emboscada en que murieron muchos de los nuestros, cubrieron la zona con copias de una foto en que aparecía un joven norteamericano muerto con esa cosa tremenda escrita a la espalda: “Su radiografía acaba de llegar del laboratorio y creemos saber cuál es el problema”.

Si William Blake le hubiese informado de que había visto ángeles en los árboles, Komer habría tratado de convencerle que no era cierto. De no lograrlo habría ordenado la defoliación.
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“1963: era entonces guerra de agentes secretos y espías, guerra de fantasmas; aventuras, no exactamente soldados, ni siquiera asesores aún, sino irregulares, trabajaban en lugares remotos bajo escasa autoridad directa, poniendo en práctica sus fantasías con más libertas de la que hayan tenido nunca la mayoría de los hombres…”
Algunos de estos fantasmas habían sido alumnos de las universidades más prestigiosas y habían dado tumbos por ahí con sus jeeps y sus cascados citröens, su Sweedish K en las rodillas, literalmente de excursión por la frontera camboyana comprando camisas y sandalias y sombrillas hechas en China. Fantasmas etnólogos que amaban con sus cerebros e inculcaban esa pasión a los indígenas a los que imitaban, acuclillándose vestidos con pijamas negros, balbuciendo en vietnamita. Uno de ellos había sido “propietario” de la provincia de Long An, otro duque de Nha Trang, y cientos más cuya autoridad era absoluta en aldeas en donde desarrolaban sus operaciones hasta que cambiaba el viento y sus operaciones se les echaban encima. Había deidades fantasmales como Lou Conein, “Negro Luigi” que, según se decía, se entendía bajo cuerda con el VC, el GVN, la Misión, la Mafia Corsa…
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“Buena suerte”. Era como decirle a alguien que salía en plena tormenta que no se mojase, era igual que decir “bueno espero que no te maten, ni te hieran ni veas algo que te vuelva loco”…
Lo de volverse loco estaba incluído en la gira, lo más que podías esperar era que no pasase a tu alrededor ese tipo de locura que hacía que la gente vaciase cargadores contra desconocidos o colocase una granada en la puerta de una letrina; todo lo que fuese menos era casi normal…
Si querías que alguien supiese que te habías vuelto loco tenías que esforzarte mucho para demostrarlo. “Aúlla sin parar”.
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“¿Tú eres paloma o halcón?” “¿Preferirías combatirlos aquí o en Pasadena?”. Quizás en Pasadena podríamos derrotarles, pensaba yo…
(Michael Herr, Despachos de Guerra)

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