Il Divo

15 May



El cine político italiano nos está dando grandes joyas. No, no hablo de Gomorra, esa especie de aburrido drama coral a lo “hermanos Dardenne” (puagg!), superficial y vacua en su ególatra intento de capturar la cultura de la violencia como un todo de múltiples rostros, para acabar dejándolo inconcreto, sin rostro.

Hablo de Il Divo, digna heredera de Il Caimano. desde sus primeros y brillantes segundos al trepidante ritmo del “Toop Toop” de Cassius, mientras gente “incómoda” la palma de forma violenta, uno sabe o intuye que no se va a aburrir en este retrato de Andreotti.

Pero…¿quién es ese oscuro personaje que gobernó italia, que hizo y deshizo, nunca mejor dicho, que luchaba contra el crimen organizado mientras se reunía con sus capos, que esquivaba salpicaduras de financiaciones irregulares, mientras estaba íntimamente conectado con la logia P-2, con la banca vaticana, con el asesinato de periodistas que tenían en su poder papeles inéditos de Aldo Moro señalandole con dedo acusador?

¿Quién era este personaje frío, que en un momento dado de la película ante la queja de su lugarteniente de que más allá de la política era un desconocido reservado y poco humano, le responde que no hay nada más allá de la política, que todo es política?

Los destinos de una nación, en manos de un funcionario aparentemente inocuo que esconde una brillante mente que maquina, mide, evalúa, cada acto, cada variable, cada insignificancia…

En uno de los pocos momentos de elocuencia desatada del callado animal político, surge un discurso hijo de Kissinger, en el que se habla del sacrificio de su conciencia, de su integridad, porque para hacer el bien necesario, primero hay que hacer el mal, entendido como los métodos que sean, legales o ilegales, democráticos o no, morales o inmorales, para lograr los objetivos. Rumsfeld asiente desde el futuro, el mundo esta lleno de tipos que creen hacer lo correcto. La razón de Estado como escudo moral para cometer cualquier atropello contra la razón, contra el Estado, como orden constitucional. La razón de Estado como corrupción de una democracia agónica.

Discurso semejante al de Moretti en el Il Caimano, pero mientras que Silvio quiere ser Marcelo (Mastroianni), ser querido, y toda su astucia política es mediática, Julio quiere ser César, no le importa no ser querido, y su astucia política va desde el chantaje sutil, hasta la dominación clientelar estableciendo redes de favores (impagable las escenas de él los domingos, como Marlon Brando, como un padrino, recibiendo a electores fieles, dándoles paquetes de pasta, detergente, arroz, dinero…).

Ni siquiera la DC (Democracia Cristiana) era un bloque inamovible bajo su dominio, sino, aún más que en otros lares, era un conjunto de familias políticas conservadoras en perpetua pugna feroz por el dominio del partido hegemónico. Andreotti llegó a formar más de media docena de gobiernos o “periodos”, aún sin tener un peso incontestable en el partido (bicéfalo como mínimo. Craxi).

Hay en Il Divo diálogos impagables (como el del cura, que le dice, mientras tu colega iba a la iglesia a hablar con Dios, tú ibas a hablar con el cura. A lo que Andreotti contesta, padre, Dios no vota.) y situaciones impensables, conjuras dignas de Expediente X.

Los rasgos de humanidad como el dolor crónico de cabeza (significativo, ¿psicosomático?), o el complejo de culpa con el caso Moro, no mitigan la sensación siniestra que se oculta tras las suaves formas de Il Divo.

La contradicción suprema entre la religiosidad externa, y el vasto vacío moral interno es una de entre otras muchas: Combate a la mafia con una mano, y con la otra los amamanta y se asocia con ellos. Su reunión con el capo de capos, descrita al detalle por mafiosos arrepentidos, hasta en el más mínimo detalle del mobiliario, no fue suficiente. “Yo sé quién eres”, le dice su mujer, porque pensar lo impensable es demasiado para ella.

Si en Gomorra lo coral acababa siendo una sucesión de historias inconexas, aquí el retrato al hombre, retrato no lineal ni estrictamente cronológico, se complementa con un elenco de secundarios de su séquito, que lejos de robar plano, apuntan al enigma del líder en su relación con el gran hombre (esas reuniones cuando el barbero le afeita, de nuevo apuntan a modales de “padrino”).

Ya con el partido dividido, y con la Presidencia de la República escapándosele de entre las manos (pecado de vanidad, la guinda a un hombre obsesionado con la Historia), no será suficiente ser señalado con pelos y señales. No será suficiente las insinuaciones de que la mafia mataba por cuenta de ese padrino, como su policía politica personal, no será suficiente seguir la pista del dinero. Los perplejos jueces y fiscales, con Falcone en llamas (varias veces quemado en el film, desde varios ángulos, como el que no acaba de creerlo y lo vuelve a visionar) en el recuerdo, se exasperan ante los vetos de las comisiones, los amagos de inmunidad parlamentaria, los recursos, las tácticas dilatorias, y finalmente, el escapista que se zafa de la camisa de fuerza de la justicia, con unas dudosas sentencias finales, que solo nos dejan con la pregunta:

¿Quién era este hombre?, ¿tal vez, solo tal vez, el Príncipe de Maquiavelo hecho carne?

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