Tres momentos distintos en el tiempo

30 Jul


1-
Lo interesante de la música es la forma en que te hace sentir, y si no te hace sentir nada entonces o la canción es una mierda, o tú has llegado a un punto en que estás tan jodido que tu corazón es una bolsa llena de cenizas. Your love is the place where i come from de Teenage Fanclub era mi última tentativa de sentir algo por mucho que temiera el desgarro que podía causarme.

Yo no era un conductor habitual, no lo he sido nunca. La velocidad te devora, te regala tiempo, pero a cambio exige un sacrificio, una parte de ti pendiente de la calzada, una parte que yo nunca cedo con gusto. A veces pienso que moriré mirando por la ventanilla un atardecer particularmente hermoso, mientras me acerco a un muro de metal que florecerá con una explosión más efectista que realmente aterradora.

El dolor es algo curioso. Te traspasa. Puede apoderarse de tu alma, pero a la vez puede insensibilizarte, te transporta a una versión de ti mismo un poco zombie, en piloto automático, semejante al «yo» que conduce. Por decirlo de algún modo, cuanto más insoportable es el dolor, es cuando te paras a mirar el paisaje, el conjunto general de las cosas, y te sitúas en él.

Me pasé el desvío y maldije, y supe que mis pasajeros, almas desoladas por la pérdida, me censuraban mudos desde sus asientos. Muros de sensaciones reprimidas, pieles de gallina y comentarios dichos en voz baja tejían firmes el clima de un velatorio de almas extenuadas y confusas, enfrentadas al propio proceso de mortalidad: Estar pudriéndose de pie poco a poco, día a día, echando de menos a quién fue y ya no es, y aterrados ante el hecho de que no somos más que un puñado de abono, barro con forma humana que tiembla y duda y se aferra.

Aferrarse es lo que nos hace humanos.

Cuando llegué me comí un bordillo.

2-
Un ser humano es un conjunto de células dispersas, mal avenidas, insertas en una comunidad fascista de funciones (y disfunciones. Células rebeldes que desobedecen y te comen por dentro).

Un conjunto de sudor, jadeos, carraspeos, aumentos de temperatura, andanadas de empujones en posición indecorosa, arremetiendo o recibiendo acometidas. Un ser humano en acoplamiento consentido con otro, practicando un coito absurdo en el fútil intento de la naturaleza de preservar algo a nuestras ansias de aniquilamiento total.

¿Quién es esta persona, que consiente libremente esta intimidad absoluta, este encuentro en la animalidad del sexo, en el que me desgasto y me consumo, en el que me deslizo por oscuras laderas de carne y de fiebre, en una performance tan vieja como la especie?

¿Acaso esta mujer, casualmente atropellada por mi incontinencia verbal, situada en la línea de tiro de un francotirador autista que tan sólo busca satisfacerse a si mismo, comparte realmente algo, sea una alianza en la debilidad de los instintos, sea el hastiado aburrimiento cotidiano, o la necesidad de sentir, de creeer, de anhelar ese curioso sucedáneo que llamamos hoy en día amor?

La puerta del cubículo resistía las embestidas ciegas, apenas humanas, y en la vorágine del frenesí desatado, contemplaba sin embargo la escena con desapasionamiento. Una mujer unos veinte años mayor que yo, cediendo ante la fuerza de un instinto atávico, y situándose frente a mí tan accesible como el mar un día de invierno, para un suicida.

Enfermo de soledad, comprendí que ella hacía aquello para no estar sola. Yo lo hacía para sentir la crudeza de mi propia miseria. Para sentirme más solo. Porque podía. Por mil razones y todas equivocadas.

La puerta prefabricada del baño cedió al empuje y se abrió con violencia ante la colisión de su hombro lacerado. Quedamos expuestos ante la atónita mirada de algunos estudiantes, ante los que la puerta se abría en línea recta. Un franco y gratuito espectáculo de la naturaleza humana. Me subí los pantalones y me fuí sin despedirme.

3-
Mareado, con el brazo doblado en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y el algodón apenas sujeto haciendo equilibrios para no caer en la calle, me senté en un banco.

Tenía miedo, porque los análisis de sangre me aterran. No soy valiente. Añadan a eso que soy aprensivo, hipocondríaco, y un poco fatalista.

Pero sobre todo añadan la sangre. La experiencia que he tenido de verla y olerla en hospitales, y el significado que esa viscosa sustancia cobra para uno. No sería un vampiro muy competente. Como mínimo sería un vampiro anoréxico.

No es el dolor o el miedo, es la esperanza lo que te corroe. Pensad en los soldados olvidados, en todos los soldados de todas las guerras olvidadas en las que ya no lucharemos, porque somos ya modernos y moriremos con la declaración de derechos en la mano esperando que alguien los defienda por nosotros.

Lo peor de la guerra es la esperanza cotidiana de que, en la próxima media hora, en la próxima tarde, en el próximo día, en la próxima semana, todo acabe. Esperarlo con toda tu alma, con todo tu corazón, conteniendo el aliento. Mientras esperas tu turno para ser troceado. Para ser un héroe, o un mequetrefe, es lo mismo.

En la vida pasa igual. La incertidumbre me mata. Soy un hombre sano, razonablemente fuerte. Pero es la espera de una noticia incierta lo que me consume.

Esta espera es solo una más entre muchas otras. Vivimos permanentemente en salas de espera, aguardando ser mutilados, por el dentista, por hacienda, por el próximo amor, el próximo dolor, aguardando un trabajo, aguardando un destino, aguardando un yo futuro que nunca acaba de coger cuerpo, de solidificarse, de parecerse a nosotros.

-Yo no soy como me gustaría ser- dije en voz alta, mareado- ¿Como mejorar el mundo, si no puedo ni mejorarme yo mismo?

Mi madre, que me había acompañado, me miró extrañada. Ella no me comprende. A pesar de que la angustia la heredé de ella, y la fuerza de la otra parte de la familia.

Buscaba un trabajo, y encontré un trabajo, y el cielo sabe que soy miserable ahora, cantaba Morrissey. Sólo que yo no encontré nada, solo caracolas de mar. Las coleccionaba de pequeño. Era un diminuto hijodeputa narcisista, idealista, y totalmete equivocado. Era feliz supongo, a pesar de todo.

Le puse una excusa a mi madre y me escabullí para beber. Con menos sangre se pillan unas mierdas espantosas. Eran las ocho y media de la mañana.

Pero oye, es lo que tiene ser alcohólico.

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