Woodstock

20 Ago


-Así que esto era- dijo en voz alta el viejo hombre carcomido por el viento. Viento y tiempo son a veces lo mismo. Un páramo olvidado, en donde cuatro reporteros toman fotos de los artistas que no murieron para ser leyendas. Algunos nostálgicos apenas, algunos jóvenes de hoy, tan enfermos de ironía, de pesimismo, con sus camisetas de parodia posmoderna, de mensaje nihilista, de héroes corporativos (como algunos de los viejos héroes que no tocaron hasta tener el cheque confirmado, eh Townsend!).

¿Dónde estaba el bosque estrellado de las respuestas, dónde el beso húmedo de una desconocida con su trémula e inocente mirada regada con el humo y los sueños, al ritmo de una guitarra ebria? Músicos desgañitando ingenua poesía, tambores tribales, solos monstruosos de guitarra, gañidos, que cobran vida como serpientes que danzan en las ondas sónicas, atravesando la densa atmósfera de sudor humano condensado? Cuantas venas inocentes, palpitando juntas himnos salvíficos, terminarían carbonizadas por el fuego tentador de los venenos evasivos.

Un sueño es como una bandera, tiene bonitos colores, pero termina siendo un trozo de tela inflamable, una decepción, un bello y temible recuerdo. Viejos soñadores que cambiaron el mundo para darse cuenta de que al mundo no se le cambia, al mundo se le teme, se le evita, se le da esquinazo, es un espejo deformante que nos devuelve el rostro y lo que la vida le hace, surco a surco.

La música parecía la última arma disponible, el verano no queríamos que acabara jamás, y un hombre con traje y corbata se abría paso entre ropajes de príncipes de oriente, y desnudos primeros humanos que olvidaron el pecado original. Se encontró con una chica que decía llamarse “Azul” y que le cogió de la mano, y le dijo al oído que todo iba a salir bien, mientras Hendrix voluptuosamente, sodomizaba con su guitarra el himno de un país imaginado, y la guerra parecía solo un rumor lejano, una extraña película cuya reposición en televisión había que sustituir.

El hombre dudó, y casi olvidó quién se suponía que era él, qué se suponía que iba a hacer allí, y el papel predeterminado, pautado, y cifrado de su conducta. Entre centenares de personas, una marea de entusiastas inconscientes, de revolucionarios escapistas, de velocistas de la huida, cuyas proclamas pintadas en la cara eran máscaras incapaces de dejar a la Muerte Roja al otro lado del cerco, por fin, varias horas de desconcierto después, encontró al joven al que buscaba.

Le entregó la hoja de movilización. Poco a poco, a su alrededor, un cerco de silencio, rodeado de música que se estrellaba contra las caras serias, apenas un grupo de diez o doce, mirándose, tiznaba el cielo. La chica llamada Azul miraba al hombre del traje con matiz de reproche.

El chico sacó un mechero, quemó el papel. Sonrió una mueca casi feroz. Proclamó la paz. Phil Ochs lo gritaba, aunque no estuviera allí.

Vivió, sobrevivió, volvió al páramo muchos años después, tocó la tierra fértil de sus sueños. Añoró la sencillez de su juventud, sintió los pulmones sucios, las venas duras, enmohecidas, la piel seca, arrugada. El corazón, el corazón, tan astillado…

Al final, había ido a la guerra. Había ido a la guerra. Woodstock no cambió lo que tuvo que hacer con sus manos para seguir con su vida.

Al final, el viento y el tiempo no son nada comparado con lo que los hombres se hacen a sí mismo. Aquel campo en silencio todavía clamaba un himno alternativo de Estados Unidos. Solo que nadie quedaba ya para reconocerlo.

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