Shoot

29 Oct


Un paso más allá de este nivel cero de la violencia puede encontrarse en Taxi Driver, de Paul Schrader y Martin Scorsese, en el estallido final de Travis Bickle (Robert de Niro) contra los chulos que controlan a la joven que quiere salvar (Jodie Foster). Aquí es crucial la dimesión implícitamente suicida de su passe a l’acte: cuando Travis se prepara para el ataque, se dirige a su propia imagen en el espejo con un agresivo y condescendiente: “¿me estás hablando a mi?”.

Como en una ilustración de la noción lacaniana del “estadio del espejo“, la agresión se dirige contra uno mismo, a la propia imagen especular del sujeto. Esta dimensión suicida emerge al final de la refriega, cuando Travis, herido de gravedad e inclinado hacia la pared, simula con el índice de su mano derecha un arma dirigida a la frente y la dispara burlonamente como diciendo “el objeto real de mi rabia era yo mismo”.

La paradoja de Travis es que se percibe a sí mismo como parte de la basura degenerada de la vida de la ciudad que quiere erradicar, de modo que, como Brecht expresó acerca de la violencia revolucionaria en “La medida”, quiere ser la última mancha tras cuya limpieza la habitación quedará limpia.

(Slavoj Zizek, Sobre la violencia, seis reflexiones marginales)

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