El Nuevo Número 6

1 Dic

Hay situaciones o momentos, que es imposible recrear. Es imposible que el intento de Picasso de hacer una nueva versión de las Meninas tuviera la más mínima posibilidad.
Soy amigo de los remixes, del corta y pega, de los samplers, de las versiones, y de ciertos remakes.

Pero hay momentos mágicos o creaciones tan impregnadas de la idiosincrasia de sus artífices, que es extremadamente difícil que la relectura salga triunfante.

Por eso acometí el visionado de The Prisoner con cierto prejuicio, y por eso estoy más cerca de la opinión de Dr. Zito (notable su análisis en Elitevisión del original), que de Kalimero (entusiasta por naturaleza), siendo incluso más crítico que el primero. Visto lo visto, Lost parece ser más fiel a la radicalidad narrativa y existencial que marca el proyecto de McGoohan, que este desvahído y correcto Thriller de fantasía (remarco la palabra, porque si bien es sci-fi, lo es de un modo bastante diluído. Más Bradbury que Orwell, aunque en el tratamiento de la autoridad sobre gravedad orwelliana y falta ironía)

Es una suerte que McGoohan haya muerto. No negaré que tras un principio menos rompedor, porque ya poseemos el esquema general de su predecesora, y porque el flashback le otorga un amago de explicación, de continuidad temporal entre los capítulos (frente a la fragmentación del original), el capítulo tercero (Anvil) me hizo concebir momentáneamente esperanzas, y planteó una trama lo bastante sutil y sugerente como para mantener mi interés.

En vano. El nivel de paranoia desciende progresivamente, y el juego de confianza o desconfianza en sus semejantes, no acaba de cuajar, presentando aliados y personajes positivos (en el original el propio Nº 6 en ocasiones carecía de escrúpulos morales), allí dónde en el original solo había un sano e hilarante “homo homini lupus” casi total, en donde nadie era lo que aparentaba.

El resto se sucede casi como algunos capítulos del a su vez remake de Twilight Zone, con su necesidad de subrayar, señalar explícitamente, la moraleja final en cada capítulo, incluído un final de serie que, aparentemente abraza el del original, pero para apartarse radicalmente de él.

No estoy totalmente de acuerdo con Dr.Zito cuando asemeja los flashbacks de Lost (cuya perversión, los de flashfoward de la serie de mismo título, es una parodia involuntaria) a los de El Prisionero (2009), en tanto que al menos en las primeras temporadas, no era explicativos del enigma de la trama, sino mera presentación de carácteres, un punto de fuga que da profundidad, o fundamento para nuevos interrogantes. Precisamente hace tiempo abogaba por dejar de preguntarnos por el enigma de Lost, al considerarlo casi un mcguffin en si mismo, y disfrutar sencillamente del viaje, como decía Kavafis de Ítaca.

El desierto del nuevo Prisionero, cercano como apunta Zito al de Punishment Park, acaba siendo el desierto que describe Sloterdijk como huída del mundo de los desesperados con la propia vida, constituidos en ascetas o místicos.

En este caso, como parque temático del olvido y la redención. El hecho de que aparentemente esa huida sea necesaria para que la vida pueda desarrollarse, gracias a la simplicidad que aporta la villa a un mundo complejo, solo es la narración de un fracaso, el de poder persistir en el mundo globalizado y altamente complejo de nuestros tiempos, y la incertidumbre y ansiedad que crea. En ese sentido, todo nos remite al concepto de autocerco, de recreación del seno materno, que Sloterdijk pone como concepto fundamental de su filosofía al describirnos como el ser que es literalmente arrojado al mundo.

Los temas viejos del control mental, las drogas, la opresión social, la distorsión del yo, la construcción del mismo socialmente, la perversión de la democracia y su manipulación, son tocados de forma tangencial y poco sutil. La autoridad del único número 2, que 6 cuestiona en clave libertaria-contra el autoritarismo, y que se resuelve de forma irónica mediante un sacrificio al estilo de Tarkovski, carece de la ambigüedad del original.

Se trata, como señala Zito, de una sensibilidad cercana al tinte zoológico de El Show de Truman. La villa como refugio de animales dañados, perrera circense que emula un paraíso perdido de pensamiento único, y buena vecindad, leyes simples, orden, confort y seguridad de saber la diferencia entre buenos y malos.

La diferencia esencial nos la describe Zito en su post: “Donde el original exploraba la idea de inclusión total, de que el mundo entero es La Villa, de que todos somos prisioneros vayamos donde vayamos, el remake la concibe por contra como reducción, como un cosmos comprimido por razones arcanas, hasta el punto de no dejar nada fuera de ella.”

La alienación que refleja el original acaba siendo casi endógena, una cuestión existencial, perversión hobbesiana de nuestra naturaleza, en el cual “mi enemigo soy yo mismo”, en un final abierto y poco concluyente, pero más memorable y definitivo. Este nuevo final, en el que la conversión del protagonista es explícita, y explicada en clave de sacrificio, carece de la garra, es un guiño nostálgico a los viejos idealistas vencidos de la generación de nuestros padres, y la glorificación de un mundo platónico de retiro que nos dé fuerzas para soportar la complicación de la vida en la posmodernidad.

Allí donde McGoohan se situaba a la altura intelectual de un Sartre pasado por el tamiz de Kafka o Graham Greene, el nuevo Prisionero solo alcanza a describir el vértigo que nos provoca la modernidad y el pavor que nos da vivir.

El viejo Prisionero hablaba de una villa que era todas las villas porque la creábamos y la anhelábamos, la necesitábamos para rebelarnos, para definirnos aunque sea por oposición, así la villa como concepto es algo que es mucho más poderoso que la Villa como metáfora, porque la llevábamos dentro, forma parte del “ser” del hombre y negarla es negar esa parte de nosotros, contra la cual nos podemos sublevar, pero a la cual no nos podemos sustraer.

Allí donde el rebelde recalcitrante inspirado en un modelo a lo Ayn Rand o a lo Heinlein se topaba con el pavor de descubrir el totalitarismo en sí mismo, el nuevo Prisionero nos habla de la pocha derrota del hombre refugiado en sus dysneylandias para losers e inadaptados.

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