ADVENIMIENTO EN CANAL DOCE

23 Feb

Un Relato de C. M. Kornbluth

Por aquel entonces, habiendo elevado el Ministro de Finanzas de nuevo los impuestos, resultó que el dinero empezó a hacerse raro en todo el país. De modo que algunos Banqueros de Nueva York hicieron llegar a Ben Graffis, en Hollywood, una carta que decía: “El dinero empieza a hacerse raro en nuestro país; así que haz que Baby Panda eche todo lo que tenga en la barriga”.

Ben Graffis se lamentó entonces diciendo:

“Oh Banqueros, Baby Panda es la carne de mi carne, y vosotros habéis hecho de él un dragón devorador. Antes, mi corazón saltaba de alegría cuando con mi estudio y mis animadores hacíamos tan solo doce Baby Pandas de una bobina al año. ¡Maldito sea el día en que pedí un préstamo a los bancos de Nueva York! Me habéis ordenado realizar dibujos animados de largometraje: sus derechos de exhibición han reportado unos beneficios inauditos, y volvemos a comercializarlos todos los años, sin cesar. Me habéis ordenado realizar cortometrajes sobre los animales y la naturaleza con imagen real, y os he obedecido, y en la sala de montaje pegamos, cortamos, invertimos y trucamos las imágenes de tal modo que yo y mis cámaras nos hemos convertido en responsables de falsos testimonios, ya que los hombres ven nuestros cortometrajes y dicen: mirad, esos animales y esos pájaros son parecidos a nosotros por sus risas, sus amores, sus bromas y sus disputas. Me habéis ordenado convertirme en saltimbanqui:

Y yo he edificado el Parque Nacional de Pandalandia, donde los hombres entran con sus hijos, su dinero y todo su buen sentido, y de donde salen despojados de todo menos de sus hijos gracias a la labor de millares de aparatos de gastar dinero; y también en eso os he obedecido. Habéis ordenado que Baby Panda se produzca para ser pasado cada tarde por la televisión, entre las cinco y las seis, para los Pequeños Amigos de Baby Panda, y también en eso os he obedecido, pese a que Baby Panda siga siendo la carne de mi carne.

“Pero, oh Banqueros, no obedeceré jamás vuestra última orden”.

Entonces los Banqueros de Nueva York le hicieron llegar otra carta que decía: “Te repetimos: haz que Baby Panda eche todo lo que tenga en la barriga; ya que recuerda, hijo nuestro, que tenemos tu firma al pie de un documento”.

Y ocurrió que Ben Graffis obedeció.

Llamó a sus animadores, a sus realizadores, a sus operadores y a sus guionistas; y su corazón sangraba, pero lo disimuló y dijo:

—Vosotros os consideráis jocosamente como sobones cerebrales, ya que atiborráis de ideas las cabezas de los niños durante cinco horas por semana a fin de que compren los productos de nuestros patrocinadores. Habéis cumplido con las profecías: ¿acaso no está escrito en el Libro de los Mercaderes del Espacio que los trusts serán circulares? Ya que los Pequeños Amigos de Baby Panda hacen funcionar el show de Baby Panda, y el show de Baby Panda hace funcionar el Parque de Pandalandia, y el Parque de Pandalandia hace funcionar a los Pequeños Amigos de Baby Panda. Les habéis pedido a los tipos de Investigación de Motivaciones el medio de agarrar a esos mocosos y os lo han dicho; y habéis tenido éxito. Permitís que los chicos sin talento se identifiquen a los chicos-actores talentudos, les proporcionáis en Otto Patosón una imagen de un padre palurdo del que pueden reírse, les ofrecéis con Jackie Whipple un hermano mayor idealizado para los chicos y un ídolo masculino para las chicas más precoces. Laváis los cerebros de los jóvenes espectadores repitiéndoles una y otra vez que serán los dueños del siglo XXI, sin pensar en que aquellos que realmente accederán entonces al poder están haciendo hoy sus deberes en vez de mirar la televisión. Habéis creado una liturgia: un himno de obertura y una bendición final; y sobre todo esto planea el espíritu de Baby Panda, que engatusa y exhorta a los espectadores a que compren los productos de nuestros patrocinadores.

Entones Ben Graffis inspiró profundamente y evitó las miradas de todos ellos, al tiempo que decía:

—¿No sería mejor que Baby Panda dejara de engatusar y de exhortar para ordenar de ahora en adelante como un dios?

Entonces los animadores, los realizadores, los operadores y los guionistas se mostraron dolorosamente sorprendidos, y se dijeron los unos a los otros:

—Este es el fin del fin, y los Banqueros de Nueva York han perdido la cabeza. Y uno de ellos, que era el más viejo de los animadores, le dijo tembloroso a Ben Graffis:

—Oh jefe, jamás hubiera copiado para ti a Baby Panda en las historietas de Winnie la Pulga, allá por los años veintinueve, si hubiera sabido lo que pasaría.—Tras lo cual Ben Graffis lo echó de patitas a la calle.

Entonces otro, que era realizador, le dijo a Ben Graffis:

—Oh jefe, es algo realizable, con un lanzamiento publicitario de… digamos quince días.

Y Ben Graffis se cubrió el rostro con las manos y dijo:

—Que así sea.

Ocurrió pues, que tras el lanzamiento publicitario de quince días, un viernes, durante el último cuarto de hora de “Los Pequeños Amigos de Baby Panda”, en el canal doce, fue proyectado un film que combinaba la imagen real con los dibujos animados, como si no formaran más que uno solo.

Y en aquel film especial, Baby Panda apareció rodeado de una aureola, y aquellos niños-actores tan talentudos lo adoraron, y Otto Patosón tropezó al arrodillarse, y Jackie Whipple exhortó en forma sincera y viril a todos los pequeños espectadores a que también lo adoraran, y Baby Panda, nimbado por su aureola, dijo con su amable y gruñente voz:

—Ba-be-ba.

Y la adoración ascendió hasta él, emanando de treinta y siete millones de almas. Ocurrió entonces que Ben Graffis entró en su despacho con sus animadores, sus operadores, sus realizadores y sus guionistas, tras la emisión, y les dijo:

—Esto es lo que yo llamo un gran estreno en la televisión.—Tras lo cual se precipitó
hacia el bar.

En aquel momento uno de los realizadores vio a Aquél que estaba tras el escritorio de Ben Graffis, y le dijo a Ben Graffis:

—Oh jefe, esto sí que es una buena broma, pero me pregunto cómo se las han arreglado los chicos de trucaje para conseguir la aureola.

Y Ben Graffis se sintió dolorosamente sorprendido al ver a Aquél que se sentaba tras el escritorio, y se unió a aquellos que se apretujaban alrededor de Él para intentar tocarle; y entonces Él dijo con su amable voz gruñente:

—Ba-be-ba.

Y todos desaparecieron.

Entonces algunos de los impuros que se habían alejado levantaron incrédulos los ojos de su trabajo y dijeron:

—¡Buen Dios, pero eso es espantoso!

Y uno de ellos, que era marionetista se giró hacia su empresario y le dijo:

—Muchacho, si Graffis tiene éxito con un truco así, estamos todos perdidos.

Y entonces una enorme voz lejana se dejó oír, diciendo:

—Ba-be-ba.

Y así fue. Y el reinado de Baby Panda llegó.

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