Shoegazing 1: Intro: Aquellos años de fina lluvia y días grises

8 Jul

Para comenzar, es extremadamente difícil determinar qué demonios era el shoegaze. No digamos ya radiografiar sus raíces, conexiones, y espíritu, condiciones ambientales, sociales y políticas…

Es muy difícil delimitar qué es shoegaze, y en qué se diferencia en su variante más blanda del dream pop, o de ciertos discos de twee-pop del sello sarah. En el artículo de commonpeoplemusic llegan incluso a establecer lazos de la variante más noise y ruidosa del género con el hardcore americano de los 80 (en unos casos con más razón que en otros. Si al parentesco de Sonic Youth, que tampoco es que sea exactamente hardcore. No a Husker Dü).

Cuando la cosa empieza a ser demasiado etérea, entre el prog-rock posterior a Marillion (los cimientos de toda la movida progresiva que luego daría a luz a Porcupine Tree) y el space rock de Spaceman 3 (¿los Hawkwind lo-fi?), ya sabemos que estamos fuera de tan inciertas lindes, y no estamos ya en el terreno ambiguo del shoegaze.

En definitiva, como decía Harlan Ellison acerca de la ciencia ficción, shoegaze fue todo lo que se dejó endilgar la etiqueta en su momento sin chirriar demasiado.

La raíz del asunto para mi está en el noise-rock de reminiscencias a la Velvet Underground de Jesus and Mary Chains. La atmósfera sucia de Psychocandy, y los muros de ruido y confusion, siendo algo más que shoegaze, sientan las bases de toda una escuela. No hay que olvidar que los hermanos Reid, con sus broncas, su arrogancia y sus conciertos delirantes eran el equivalente de fines de los 80 a lo que en la última década fueron Libertines, o en los 90, Oasis: El grupo al que cualquier joven inglés admira y aspira a imitar/superar.

La ventaja de esta indeterminación es que no existe un canon para el shoegaze. Es uno de esos movimientos que son más bien un No-Movimiento, heterogéneos, pero no por ello simples achaques de mercadotecnia de prensa musical. En esto el shoegaze adelanta lo deslavazado de la primera ola del brit pop, y se hermana con la escena grunge.

No es el único punto en común con el grunge. De hecho Swervedriver, un grupo señero, podría ser considerado grupo frontera entre ambos “No-Movimientos“. Seattle, como la vera del Támesis, era “una escena que se celebraba a si misma” como el famoso lema que trataba de definir desde el NME lo vago, amorfo, y deslavazado del movimiento, y el hecho de formar una cierta comunidad en el que todos se conocen y se hacen de público unos a otros. La historia del shoegaze es el fracaso de pasar de lo micro, de lo local, a lo macro. La del grunge es la historia de un éxito en el mismo reto, que acaba por convertirse en fracaso.

Ambas corrientes son más o menos coetáneas, expresan cierta angustia, apatía, y contradicción. Aman el ruido. Ambas implosionan con rapidez, con grupos enfrentados a su propio éxito, imitadores baratos, y un cierto fracaso al convertir en fórmula, en uniforme lo heterogéneo y creativo, como ocurrió con el punk (al respecto, recuerdo una queja extemporánea pero lúcida de Johnny Rotten en su biografía “No irish, no blacks, no dogs”). Si el shoegaze no alcanzó la dimensión mediática del grunge, además de no contar con el líder/mártir/genio mesiánico (que murió por nosotros para resucitar en nuestras camisetas y ser banalizado por su batería), es porque en el fondo era más radical y menos naive. Y tal vez en eso si se parecieron, al menos los mejores grupos del género, al hardcore.

Me interesa también el hecho del shogaze como una cierta reacción a madchester (qué fue a su vez una reacción al serio post punk, after pop, y el goticismo ochentero. Aunque no debemos dejarnos mecer en exceso por el hegelianismo de tesis-antítesis-síntesis): Si los inicios y las raíces ya estaban ahí, el espíritu shoegaze comienza a cobrar importancia ante el desgaste de la escena madchesteriana, del hedonismo celebrado hasta el exceso en el segundo verano del amor. La disco The Hacienda plantó las semillas de una generación que vió a sus mayores más inmediatos danzar al ritmo de Stone Roses y New Order, una generación que comienza a preguntarse qué pasa cuando acaba la fiesta. Cuando acaba la fiesta y solo queda el frío cielo inglés y las calles llenas de pobreza y fealdad del thatcherismo tardío.

Y aquí está quizá el quid de mi divagación. Si el dream pop es escapismo, si el shoegaze es apatía, atmósfera, psicodelia vestida de ruido, apoliticismo, un refugio escapista, o es en el fondo algo más, un síntoma de un angst juvenil asfixiado por todas partes, al que le han arrebatado toda respuesta que no sea tocar fuerte mirándose los zapatos (shoe-gazing, la actitud que le da nombre). Al menos es más auténtico que ciertas proclamas, y expresa mejor una desazón inconcreta, un malestar de una era, una ansiedad primigenia, profunda, más allá de ideologías y silogismos…

Si los 60 tuvieron un despertar oscuro y terrible en forma de drogas duras, monasterios cochamborosos, mártires enloquecidos que mueren invocando lagartos en hoteles franceses, Rebeldes convertidos en dinosaurios y pomposos aprendices de Luis Cobos tratando de matar el rock a golpe de disco conceptual, comunas fracasadas, bastardos sin padres, utopías derrumbadas, Nixon, Miedo y asco en las Vegas, el cínico Dennis Hopper triunfando frente al prototipo del hippie de manual de Peter Fonda en Easy Rider.

Si los 70 habían ensayado la anarquía rebelde que se transforma en mercadotecnia, la urgencia de vivir el momento que implosiona con la fuerza del vómito, apuñalamientos y sobredosis, las consignas de The clash cantadas por la MTV de principio de los 80, patrocinadas por las marcas de refrescos…

Si los 80 vertiginosos pasaban del nihilismo triste y autoconsciente del “futuro oscuro“, de la triste y fría horca de Ian, el pop afectado y manierista de un Morrissey viviendo en su pequeño universo manejable de gladiolos y poetas muertos protegido por una falsa aureola irónica, frente a frente con la basura comercial que pone banda sonora a la lujuria y la codicia de la década de American Psycho, o la carnavalada metalera que con ilustres excepciones se convierte en cliché y motivo de mofa, y esa década febril acaba con la engañosa fiesta madchesteriana, flor de un día, purgada por los emuladores de los Shaun Ryder (Happy Mondays) de turno entre las fábricas de ladrillos que les pagan los vicios, y la clínica de desintoxicación, y que en Valencia daría lugar a ese complejo y poliédrico fenómeno de La Ruta

¿Qué nos queda? ¿Qué les queda a esos chicos flacos y sin empleo, hijos de la era pre- thatcher de empleos fijos de sus padres? La utopía, el gran gesto desabrido, el nihilismo, el hedonismo, la grandilocuencia de la contestación, el cinismo y la seriedad, el elitismo, todo ha sido probado. Ya sin resultado. Y solo queda tal vez celebrar la nada que nos llena por dentro, el gris pálido de las nubes, y las letanías cansinas de una agónica y lánguida épica que consiste (precisamente) en una cierta falta de épica.

Y eso fue la antesala de los 90.

3 comentarios para “Shoegazing 1: Intro: Aquellos años de fina lluvia y días grises”

  1. Paolo2000 julio 9, 2010 a 5:42 pm #

    Antes de empezar, de donde ha sacado ese maravilloso scan de la Melody maker ? Yo tuve ese original de Septiembre del 92 !!!Yo era fan fatal de la Melody Maker y de muchos de sus plumillas sobretodo: Simon price , una de mis mayores influencias culturales…Y en breve me pongo con el shoegazing…

  2. Mycroft julio 9, 2010 a 6:40 pm #

    Algo tan tonto como buscar shoegazing en google imágenes.En mi época la melody ya estaba herida de muerte y entraba en una suave decadencia, tocada con invisibles estocadas populistas por el acaparador NME, y su obsesión por "the next big thing". La lucha de tabloides desorientó a una melody que se metió por jardines bizarros como el intento de respuesta al brit, el "Romo", que venía a ser un ilusorio revival de los New Romantics que hacía nada se habían desvanecido.De todas maneras, las listas de lo mejor del año de la melody tenían más sentido y eran más completas y menos vulnerables a destellos pasajeros que las de NME, al menos desde ese punto de vista un tanto más elitista que ostentaba.Me confieso lector del viejo NME. El actual me escandaliza en su insustancial nadería incluso a mi, que tanto quería su toque amarillista al eterno culebrón oasis.

  3. Paolo2000 julio 9, 2010 a 9:37 pm #

    El Romo se lo inventó el Simon Price !http://en.wikipedia.org/wiki/Simon_PriceY lo echaron por criticar a Oasis de los que era fan pero a su manera y no soportaba el apoyo industrial que le daban los media…El MM tenía un gusto para mí mas eclectico y menos rockista que el NME … Yo gran parte de mi educacion sentimental-musical se forjó en MM con gente como Simon Price, EVerett True, etc… Reconozco que me da bastante rabia ver como un periodico que estaba muy bien y tenia gente muy interesante escribiendo tuviera, valga la redundancia, tan mala prensa… pero luego pienso en el Romo y claro…

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