Ambar

2 Abr

Gran parte del espíritu de nuestro tiempo es la lucha contra la entropía.

Fukushima produce no sólo radiactividad, sino también una cantidad ingente de información que acaba formando un ruido ensordecedor, entrópico, una amalgama de afirmaciones y contrafirmaciones que impiden saber qué ocurre.

Fukushima es el desastre baudrillardiano perfecto. Es una gran superproducción en marcha. Es Roland Emmerich aplicado a los media. Es la narración pasando por encima del desastre real, de los afectados reales.

Todos somos augures. Todos somos semiólogos. En un mundo complejo de informaciones sin contrastar apilándose contradictoriamente, nos hemos convertido en decodificadores, tratando de entender el mundo, un sistema complejo que escapa a la compresión, una maquinaria desbocada de realidades y ficciones sometidas a interpretación, y una vez reinterpretadas, una suma de relatos que efectúan un feeedbak monstruoso.

Virilio nos advertía acerca de la velocidad. Ninguna información existe sin desinformación, y ahora un nuevo tipo de desinformación está poniéndose a la cabeza y es totalmente distinta a la censura voluntaria. Tiene que ver con cierto tipo de obstrucción de los sentidos

Y sin embargo, voy a añadir una nueva visión de los signos, un diario de la catástrofe. La cronología es aproximada:

Fase 1: «Nadie podría haber previsto esto. Las centrales resistieron el terremoto, pero el Tsunami no entraba en los cálculos. Esto no es Chernobil. No hay escapes»

Notemos el mantra chernobyliano, la negación absoluta y confiada de los técnicos consultados que, casualidad, se ganan el pan con lo nuclear. Sobre el premonitorio y muy preñado de culpa sentimiento japonés de estar jugando con fuego, solo cabe mirar la cultura pop japonesa de los últimos decenios (Godzilla es solo uno más; no hay que ser Freud o Jung para sacar punta a eso).

Fase 2: «Los niveles detectados son muy bajos. Hay radiación en la naturaleza también. Las vasijas contendrán toda posible fuga. No es verosímil que la radiación se extienda, ni que contamine plantas y animales. Evacuamos sólo como precaución. La histeria está injustificada. Esto no es Chernobyl»

La variación del discurso es sutil. Comienzan los matices ante la negación. Llegan los expertos de occidente a copar las pantallas y a afirmar que nuestras centrales y esa central son muy distintas. Que nuestras placas tectónicas y las suyas no digamos. Incluso los franceses socarronamente insinúan que el made in America, más barato, está detrás.

Fase 3: «Tenemos un plan para refrigerar los reactores. Lanzaremos agua desde el cielo. Cierto, un helicoptero no ha podido acercarse, pero confiamos en que podrá. Los trabajadores no corren peligro. No hay motivos de alarma. Los niveles de radiación suben, pero siguen dentro de lo razonable. Con radiación así, un niño puede crecer sano y fuerte».

El plan. Mangueras. La cosa empieza a no poderse ocultar. Los lobbys occidentales tiemblan, mientras siguen afirmando que no estamos ante una catástrofe a la soviética.

Fase 4: «Fallan los intentos a distancia. Unos héroes (mal pertrechados como supimos luego) hacen las operaciones a pie. Parece que van preparados y lo tienen todo a tiro. Se insinúa que pueden enfermar. Se habla de la nube, porque no se puede no hablar de ella. Se acepta la ayuda francesa»

Fallan las coartadas.

Fase 5: «Se empieza a equiparar en incidente al de Harrisbourg. Pasa el tiempo. se habla de fusión, se habla de vasijas que no resisten. Se habla de agua contaminada filtrandose al mar. Se habla de encapsulamiento en sarcófago de hormigón. Se deja de decir que Esto no es chernobyl.»

Habla el Emperador.

Y ahora se habla de aplicar resina. Y aquí es cuando entra la ficción, la ciencia ficción, los desvaríos de un servidor. Y cuando se me ponen los pelos como escarpias.

Porque como espectador de Fringe, recuerdo el Ambar. Un protocolo mediante el cual «encapsulan» con esa sustancia sintética los escenarios críticos en los que el universo alternativo (Fringe II, o Mundo Walternativo para los conoisseurs) esta viendo la realidad astillarse, desvanecerse, colapsar. En el ambar quedan atrapadas personas, que siguen vivas, conscientes, durante años. Quedan solidificadas manzanas, barrios, casi ciudades enteras en que las leyes de la física se han desbaratado.

Realidad y Ficción. Protocolos coincidentes de sociedades en crisis. Manejar la entropía construyendo un muro, un sarcófago, un apartheit de nuestra propia creación indeseable, metiendo un trozo de realidad en una caja, y arrastrando a las victimas del mismo.

Lo más impresionante de Chernobyl no era Chernobyl on fire, no era el momento del desastre, el momento del trending topic. Es Chernobyl 20 años después. Es el limbo. Es el Ambar.

Y para acabar, la lógica que nos conduce a esto, de la mano de otra obra de ciencia ficción. Un clásico de la sátira. Más Verde de lo que creéis. Otros han escrito más y mejor sobre él. Baste resumirlo sucintamente. Un hombre crea un fertilizante para el césped. (o más bien roba el invento para intentar comercializarlo). Tal fertilizante crea un tipo de hierba que resulta ser incontrolable, salvaje, y extremadamente propensa a expandirse, a crecer sin límite.

El hombre que inició la catástrofe, comienza a medrar sacando provecho de ella, mientras el mundo se ve invadido y colapsa. Desde métodos (espúreos) para acabar con ella, hasta comidas sintéticas que reemplacen las pérdidas en la agricultura frente al terco y poderoso enemigo de la Humanidad: El Césped. Al final, El hombre mas poderoso del mundo emprende su particular huida hacia adelante, alejado de la realidad, mientras la humanidad sucumbe.

¿Por qué será que la obra de Ward Moore no deja de venirme a la cabeza mientras veo a los pirómanos copar las jefaturas de bomberos?

Una respuesta hasta “Ambar”

  1. lutxo abril 6, 2011 a 4:40 pm #

    Leo en la prensa este titular: La ONU admite que Fukushima es Chernobyl a cámara lenta. Pues eso…pd. creo que voy a tener que ponerme con Fringe.

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