Los ejércitos de la noche

21 May

“¿Y quién, por otra parte, podría medir el éxito o el fracaso en una aventura tan singular, tan sin precedentes como aquella? Uno no marchaba sobre el Pentágono, y procuraba ser detenido como si aquello fuera el eslabón de un plan maestro para tomar paso a los bastiones de la república; no, aquel tipo de lógica férrea del paso siguiente quedaba para los hombres del FBI. Uno más bien marchaba porque…porque… (y aquí las razones se hacían tantas y tan curiosas y tan vagas, tan políticas y tan primarias, que no había necesidad, o acaso posibilidad, de hablar aún de ello; lo único que podía hacer uno era rumiar el asunto ante el café matinal) …”

“…Su radicalismo estribaba en el desprecio a la autoridad, que para esta generación encarnaba la manifestación del mal. Era la autoridad la que había sembrado el país de aquellos suburbios donde esos jóvenes perdían su aliento de niños ante los westerns cinematográficos, ante la celebridad afable e insulsa de la TV; sus mentes habían sido pinchadas, hurgadas, hostigadas, sondeadas y finalmente espoleadas a producir modos de respuesta surrealistas ante la publicidad bruscamente insertada en los espacios dramáticos, mientras sus padres cambiaban incesantemente de una cadena a otra…Lo quisieran o no, se habían visto forzados a construir su idea del continuum espacio-tiempo ( y por ende, de su propio sistema nervioso) a partir de saltos y brincos y grietas y rupturas, que todo fenómeno de los media parecía contener en su seno.

“La autoridad había operado en sus cerebros con anuncios publicitarios, les había lavado el cerebro con educación en conserva, con política en conserva. Se había presentado a sí misma como honorable, pero era corrupta, tan corrupta como los sobornos que salen en la TV, los escándalos sobre la seguridad de los automóviles, las concesiones de los contratos de aviación…”

“…Esta nueva generación, por último, odiaba a la autoridad, porque ésta mentía. Mentía por boca de los ejecutivos corporativos, portavoces del Gabinete, funcionarios de policía, editores de periódicos y agencias de publicidad. Y mentía en sus publicaciones de masas, en las que las más sutiles disculpas por los desastres de la autoridad ( y las más pulcras distorsiones de las noticias) se grababan con el mejor de los estilos en la mente siempre abierta del lobotomizado americano de a pie…”

(Norman Mailer, Los ejércitos de la noche, 1968)

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