Quemar la Falla

15 Mar

En los pueblos del vetusto Reino de Valencia (Aka “El Levante Feliz”) los calendarios de festejos son demenciales, existe un rosario de festividades, jaranas, bailes, danzas, procesiones, hogueras, y domingos de ramos.

Antes que del carácter de las gentes y de sus ganas de divertimentos,  este hecho nos habla de la secular prevención de las autoridades hacia un pueblo criticón y amante de la gresca. Ese calendario es la medicina a los impulsos anarcoides, libertarios, caóticos e imprevisibles de los ciudadanos, cuya secular fama de meninfotisme tiene su parte de verdad, y su parte de leyenda (algo de la tozudez aragonesa heredamos con la conquista, si bien lo mejor de nosotros viene de los moriscos. El romanticismo y la imprevisibilidad hacen del valenciano un pueblo caótico, berlanguiano)

Las fallas no pueden ser menos. Observo con terror como algún columnista libereconómico, da en el clavo, para luego errar el tiro completamente: Relacionando las protestas y las fiestas. Para él, las protestas son un simulacro de las fiestas, una impaciencia propia de este pueblo “jaranero”. En realidad, son las fallas el simulacro, lo impostado con forma de tradición, son un simulacro de revolución, que cumple la función catárquica necesaria para mantener el statu quo.

Cabría aquí hablar de cómo se encauzan las energías libidinales u orgónicas de la masa, y releer a Freud, a Reich, a Canetti.

La bilis y la frustración se alivia en las gentes al quemar simbólicamente a sus dirigentes, a sus líderes de opinión, el fuego purifica, la masa emula la batalla con la pólvora, y el linchamiento con las tumultuosas aglomeraciones. Si no existieran las fallas, el President Fabra debiera inventarlas, a pesar de que se diga aquello de que son críticas, por los chascarrillos, o la guiñolización: Críticas fueron mientras pertenecieron al vulgo, pero muy pronto se acabó la crítica,  comenzó el dirigismo, la subvención, los juegos, los concursos, y las ferias taurinas, y ahora vemos denodados esfuerzos por criminalizar a los críticos, negándole el contenido político, y erigiéndose  ellos en sumos sacerdotes de la traditio: no toques su fiesta, no la hagas algo vivo, ellos interpretan la historia, la costumbre, el significado, los usos…

De ellos es la fiesta, y lo es como red clientelar, como extraña metástasis paramilitar de la oficialidad valenciana: Los falleros obtienen patente de corso. Cortan las calles. Las ambulancias se colapsan. La gente muere. Los falleros prevalecen. Tener poder, un cierto poder,  sentirse importante desde su habitual impotencia, unos días al año, relacionarse con la oficialidad, con la burguesía, con los donantes “desinteresados”, a la falla, con los Armiñanas y Barrachinas, todo ello ata nudos inextinguibles.

Hablan entonces de politización de las iniciativas como “intifallas”, echándoles en cara su partidismo, desde el partidismo de tener la razón, si no histórica, al menos festiva, de su parte; todo ello cuando lo cierto es que desde que el régimen franquista se apropió de las fiestas (¿De dónde creen que sale la Junta Central Fallera?), no ha habido cosa más política, más engañosamente neutral, transmitiendo identidad (e identificación) mediante una cierta forma de entender lo que es ser valenciano, con armas de regionalismo y folclorismo, para mezclar un proyecto de comunidad, con un proyecto de partido.

Como apunta Zizek, la ideología funciona cuando es invisible.

Ahora, justamente, el peligro para las protestas son las fallas, son los botellones subvencionados, son las multitudes de observadores, que miran pero no ven, son las distracciones, son las fiestas, y el hecho de poder parecer sabotedores de las mismas.

Lejos queda la propuesta de Els Pavesos, de desarmar esa inercia desde dentro del folk, subvertido desde una visión Kitsch e irónica, pero cercana y popular, de la tradición. Todo sea dicho, la “intelligentsia” d’esquerres, nacionalista, universitaria, fusteriana, “moderna”, siempre renunció a mancharse y a mezclarse con los asuntos del vulgo.

Mi padre estudió en el Luis Vives. Hoy, el instituto es un símbolo negativo, un síntoma de algo que anda mal. Pero ya los turistas han suplantado a los estudiantes en esas calles de policías nerviosos. Recordad la protesta después de la catarsis de quemar a los ninots, porque los ninots no son los culpables, sino que lo son los hombres. Recordadlo. No queméis la falla. No os dejéis seducir por el fuego, por la pólvora, por el simulacro.


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Una respuesta to “Quemar la Falla”

  1. antarcticastartshere marzo 17, 2012 a 7:40 pm #

    SIn palabras ni réplica posible que no suene a retahíla de imprecisiones hilvanas con tal de contradecir lo inapelable. Brillante, Mycroft…

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