The Newsroom 1×01-1×06

3 Ago

Una de las cosas que más me gustan de lo nuevo de Sorkin, es la manera totalmente particular en que muchos periodistas odian la serie.

Sorkin es un experto en sermones, en idealismos, en caballerosos príncipes morales, en hacer trampas al solitario: Aparenta tratar de mostrar los complejos cauces que discurren por fuera del maniqueísmo y, a la vez, trata de vender su propia versión de quiénes son los buenos.

Creo que en el mundo del periodismo en el que Sorkin entra para enseñarnos la maquinaria de fabricar salchichas, la casquería que luego deviene en alimento de cada día, no acaba de sentar bien que Sorkin se decante por el “deber ser”. Tal vez recuerda demasiado la brecha entre la realidad y lo que podríamos llamar la fantasía sorkiana, pero que podría ser perfectamente la aspiración legítima de lo que debiera ser el negocio de la información.
Sorkin les recuerda demasiado sus renuncias, sus derrotas, sus limitaciones, su humanidad. No soy el fan número uno de este señor, pero creo que amo esta serie precisamente por lo que la crítica ha venido enfriando el hype. Las acusaciones de cuento de hadas infantil, las quejas legítimas de ventajismo (es fácil hacer una relectura de los” media” a posteriori).

Por otro lado, es perfectamente coherente con la obra sorkiana. Tenemos al republicano “bueno” que, según muchos, no es más que un demócrata camuflado por el autor para ganar el centro y no quedar partidista, con un discurso en ocasiones casi descaradamente pro Obama, o aseverando que el Tea Party ha contravenido todas sus promesas, un ejemplar presente también en otras de sus ficciones, como en Studio 60 la novia de M. Perry, o en el ala oeste la consultora rubia.
Y aquí es donde me gustaría detenerme. Es cierto. Pero creo que el autor está tratando de hablarnos de la polarización social. Está ejerciendo el derecho a una licencia contra la verosimilitud, para plantearnos el debate sobre el debate: La líneas editoriales, los medias “pro-partido”, los periódicos de un lado u otro. Sorkin mete el énfasis en el hecho de que no deberíamos dejar que el calor del enfrentamiento nos alejara de la posibilidad de criticar a “nuestros chicos”, nuestros “compañeros de viaje”, nuestros “métodos”, nuestros “lobbys”.

Y uso el término nuestros con cierto reparo. Ya no somos el público inocente que simplemente elije el bando que decide que lleva la razón histórica, y sostiene una postura a pesar de los pesares. En ese sentido, Sorkin es lo contrario del paternalismo: Cree en un público maduro que merece unos medios de comunicación que lo trate como tal. Que no les arrulle sólo con las consignas esperadas.

Adoro la prensa, pero personalmente empiezo a encontrar, en nuestro país, difícil leerla sin un manual zizekiano de instrucciones que separe la propaganda, la opinión o sesgo legítimo del ser humano que nos cuenta lo que ve, la información, y las ordenes corporativas de los patrocinadores. Ése es el meollo del asunto, que veo más necesario que nunca.

No veo ruptura alguna con la línea anterior, de hecho las tramas personales/románticas y el relato coral son calcadas a ese Studio 60, que al no tocar el sacrosanto espacio de la redacción, no fue vapuleado. Es cierto que Sorkin es un petulante predicador, pero nos muestra que lo político no es ni una faceta humana que podamos amputar de nuestro discurso en pro de una asepsia profesional que no es tal (la ausencia de ideología visible descrita por Zizek como el triunfo total de una determinada visión ideológica) ni un juego faccionalista en el que todo vale.

The Newsroom habla acerca de la posibilidad de ejercer el periodismo en el siglo XXI. Una profesión en la que en ocasiones sobra cinismo “de serie” presente ya desde el primer día en la facultad, y falta el valor en el que Sorkin hace hincapié. Una profesión en la que desde luego hay mucha gente válida y noble involucrada (algo que el autor no niega, no ningunea, es más, pone en valor). Y lo hace si con cierto idealismo, en un tiempo en el que las certidumbres se desmoronan y las zonas grises se multiplican, pero en la que no desaparece, o no debería, la noción de lo que está mal. Sorkin no renuncia a decirnos que en ocasiones, poniendo en el tapete toda la profesionalidad, esfuerzo, fuentes informadas, tono, objetividad, trabajo en equipo, apoyo de los mandos intermedios y redactores jefes, todo puede salir mal.

Si eso es ventajismo…

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