Archivo | abril, 2013

Lo sólido está ausente

30 Abr

amanecer

No reparan en medios

Cuídate de aquel que dice representar
la voz de muchos.
Tal vez lo hace.

Cuídate de aquel que dice hablar
sólo por su cuenta.
Tal vez lo hace.

Cuídate de aquel que sólo asiente
con la cabeza.
Mañana el asentimiento puede afectarte a ti.

Cuídate de aquellos que sólo quieren vivir
su vida en paz.
No reparan en medios.

(Claes Anderson)

"Humanitarismo y política se excluyen, en el fondo, entre sí. 
Ambas cosas son necesarias, pero servir a ambas a la vez, es imposible.
La política exige el partido, el humanitarismo lo prohíbe."

(Herman Hesse)


Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de 
eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: 
cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone 
diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho

(Gramsci)

"La organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos 
sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, 
de los delegados sobre los delegadores.
Quien dice organización, dice oligarquía"

(Robert Michels)

Amamos odiarlos. La figura del villano nos redime aparentemente y nos alivia nuestra propia carga moral (el hombre condenado a ser libre de Sartre, pero también de Fromm).

Bárcenas (O Urdangarín) es el malvado necesario en el cual descargar nuestro odio. Lo es con fundamento, por su descaro, por sus flagrantes crímenes, por su orgulloso cinismo.

Suspiramos aliviados, y tenemos a nuestro tótem, nuestro muñeco, nuestro culpable. Y no somos nosotros, entonces, más que piezas frágiles de un sistema demasiado podrido, demasiado vasto, una oscura tela de araña que atrapa a todo aquel que se aventura a salir en busca de lo público común, de la política.

Quemamos a nuestros muñecos en la falla. Camps, Zapatero. Vudú de andar por casa. Y permanecemos aparentemente puros. ¿Lo somos? permanecemos encerrados en un mundo impecable mientras sabemos que el barco se hunde. ¿Qué es del mundo cuando los hombres buenos abdican de tratar de influir en su marcha? ¿Somos responsables de aquello que no hacemos, de ver el accidente a cámara lenta y no tratar de impedirlo?

¿Es el precio que Robert Michels describe en la manera en que el partido doblega al individuo demasiado alto? ¿Ser engranaje de una maquinaria tacticista de poder, y quedar maleado en los juegos orgánicos, o renunciar a intervenir replegado a la esfera individual en una utópica burbuja de seguridad y pureza predicada por Fukuyama y su fin de la historia? ¿Son las únicas posibilidades?

Es cierto que la auténtica revolución no es la de estandartes, piedras, fusiles, o asaltos al congreso, sino un callado cambio en el alma del hombre, un cambio nada evidente, un cambio que opera a nivel individual y sólo se expande con nuestros actos en el círculo más directo. Pero, aún siguiendo al Fromm de “Ser y tener” en esto (o a Hesse), renunciar a intervenir más allá es de hecho intervenir ya de una determinada manera. No deberían de ser posturas inconciliables.

Michels sigue siendo dolorosamente lúcido, no nos hagamos ilusiones, pero su camino es la renuncia del hombre bueno por miedo a perder su bondad. Su camino es la tecnocracia o el fascismo. Platón no era exactamente un demócrata, pero ya avisaba que quiza el mejor gobernante sería el más reacio hacia el poder.

Pero no sólo eso. El fantasma de la renuncia del ciudadano a serlo, con toda su responsabilidad, no es sólo el fin de la democracia. Es el fin de la propia utopía individual en que en última instancia se refugia. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

La brecha se agranda y perdemos pie, porque el mundo llama a la puerta de nuestro refugio. Y no hay nada más peligroso que un sonámbulo que despierta bruscamente de su sueño. El mundo seguro que conocemos muere, el mundo que fue prometido a mi generación, jóvenes cachorros del desarrollo de la era clintoniana esta muerto. El Estado de bienestar es el del malestar, el ministerio de empleo, el de desempleo, el de economía, una franquicia de Bruselas, y nuestro pequeño refugio se achica amenazado por cuotas impagadas y facturas.

El precio es alto, y nuestra capacidad de interpretar el mundo colapasa con ese despertar traumático. Empresarios arruinados, negocios cerrados. Y la sensación de que el futuro no es lo que era. Desesperación.

Italia. Carabinieri muertos por un hombre como los que acabo de describir, un hombre que podría ser mi vecino, un hombre normal. Esa es la terrible verdad del tirador solitario en la investidura de Letta. Una verdad más terrible que la de la era de plomo de las Brigadas Rojas.

El gesto terrorista es siempre un gesto de impotencia, de, según Enzensberger, un “perdedor radical” cuyo método destruye la idea o la causa subyacente. Pero en este caso no hay una interpretación, no hay un modelo alternativo tratado de imponer por la fuerza del terror y la sangre. Hay la mirada vidriosa y desconcertada de un ciervo deslumbrado por las luces de un coche a punto de arrollarlo.

Es un gesto vacío de un hombre vaciado de sentido y de futuro, y veremos más como él. Un gesto de impotencia que es el espejo de la impotencia de la política misma, y por eso nada incoherente con el momento y el lugar elegidos (la impotencia del gobierno de concentración de Letta) para explotar en un día de Furia a lo Michael Douglas.

Y los hombre buenos deberían tratar de decir algo al respecto. Decir que hay esperanza. Decir que no son los “indiferentes” a los que Gramsci odiaba. Ofrecer una salida al grito de rabia, y un acto coherente al que no puede contener ya su ansia de gritar “no entiendo nada”. Cuando hablo de hacer, en ocasiones sólo hablo del acto más radical posible: Pensar. Zizek a menudo habla de dejarse guiar menos por las urgencias y pensar en el marco general como un requisito para llegar a algún lugar de verdad fecundo. Pensar es hoy un acto verdaderamente peligroso y verdaderamente revolucionario.

Y verdaderamente urgente. Porque el auténtico fascismo avanza por Europa en dos frentes contrapuestos: El populismo nacionalista y xenófobo, y la renuncia de la política en una clase técnica.

La ausencia de una respuesta, de una oposición, de un frente, y de un tomar partido hasta mancharse sólo alienta el desvanecimiento de la política, hasta un punto que nuestros hijos tal vez desconozcan el significado de tal palabra. “No hay alternativa”. Sin opciones para elegir, y hombres dispuestos a dar el paso para defenderlas, a pesar de sus propias reservas de diluirse en la lógica partidaria, estamos acabados como democracia. Es la renuncia en el determinismo y el fatalismo, en la esperanza de que otros (¿quiénes?) hagan lo que nosotros no queremos hacer.

Hay que poner el individuo y el alma, el ideal, la inocencia, la decencia, como principio irrenunciable. Pero renunciar a participar es la derrota de todo esto que tratabamos de salvaguardar. No hace falta recurrir al poema de Martin Niemöller. En el Mefisto de Klaus Mann, no son pocas las excusas para no tomar partido de su protagonista, quién en última instancia acaba siendo un actor frente a si mismo.

Tenemos que saber lo que nos jugamos entre el barullo informativo diario, la tinta lacerante del diario, las voces de ultratumba de los muertos tertulianos que hace mucho no respiran más que por las heridas de sus bocas gangrenadas de medias verdades, por las heridas fétidas de los grupos de comunicación, por los exabruptos y los cinismos de la política del enfrentamiento y la desfachatez, y en última instancia por la dramática consecuencia, por la desesperación de los hombres que sólo quieren vivir en paz, y como el poema de Anderson apunta, no repararán en medios.

Hace falta la voz de los hombres buenos. Por favor, no os calléis.

Berlín

20 Abr

kaisers-www-750x409 Spree CAM00077Berlín comienza pronto, comienza en mis sueños, la noche anterior, Berlín comienza en el aeropuerto, encontrándose a mi mejor amigo que vuelve a su exilio a Irlanda, compartiendo un café.

Berlín comienza en Tegel, perdido en un autobús, bajándo en una calle desconocida de un país desconocido, Berlín es Neukölln entonces, es caminar por Hermannstraße, es reencontrarse con tan grandes amigos dos años después, caminar por el aeropuerto abandonado de Tempelhoff, ir a casas ajenas y vivir el fútbol y la cerveza, y el humo y acabar en un pub hablando de política con mi nuevo amigo Michael, un miércoles noche.

Berlín es Alexanderplatz, los patios de Hackeshe Hoffe, es arte callejero, es caminar por una ciudad viva, vibrante, vieja, moderna, seductora, sólo, persiguiendo sombras, observando a la gente y el territorio.

Berlín son los parques, las orillas del Spree y sus canales, el Tiergarten, tenderse en el césped, sentarse en los bancos, caminar con tercios por la calle, por los senderos, por entre los árboles, entre artistas callejeros y skaters.

Berlín son los inmensos murales de graffiti, el Muro aparte, los mercados callejeros, los puestos de currywurst, Berlín es Oranienstraße en pleno Kreuzberg, comer una hamburguesa con los amigos, ver tiendas, pasear, hablar, soñar despierto, hacer tiempo en los cafés, vivir el tiempo que uno deja ir despreocupado en esos cafés.

Berlín son museos de arte moderno, y conocer gente nueva, visitar casas ya no tan ajenas, viajar en U-Bahn bebiendo refrescos hechos a base de mate (mierda, ¿y ahora dónde encuentro yo “Club Mate” en Valencia?), ver Trainspotting y encontrarle algo nuevo otra vez, y hablar de “Diego” el gato, un indolente e inmenso animal tímido, y del género músical del “slanga”, y de Helge Schneider, y beber más cerveza y probar comidas nuevas, y estar en restaurantes egipcios.

Berlín es ir a un club de música electrónica localizado en una auténtica fábrica abandonada, bailar, danzar, hablar, y acabar en el descampado de al lado frente a una fogata atizando leña en un bidón metálico. Berlín es un campo de tercera división cerca de Postdam, apoyando al Babelsberg, cantando, con una birra en la mano, sorprendido por el despliegue policial, comparable a un Madrid-Barça.

Berlín es ser recibido con los brazos abiertos, y Berlín es, en fin, echar de menos de nuevo a mis amigos al partir.

El Neón de siempre

5 Abr

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Uno de los últimos relatos de David Foster Wallace. Otros, como en el blog de El Lamento de Portnoy, desgranan mejor de lo que yo podría hacer las peculiaridades de su prosa exacta y minuciosa, de la obsesiva lucidez, de la cortante falta de misericordia del humor negro que se desdibuja ya como humor, y del particular estilo literario de D.F.W.

Hoy quería traer de paseo el demoledor inicio de este relato, en el que no dejo de pensar, sobre todo intrigado por la persona que lo subrayó y anotó, en mi volumen de segunda mano:

“Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y de ser querido. Admirado, aprobado, aplaudido, lo que sea. Ya me entienden. En la escuela me fue bien, pero en el fondo mi motivación no era aprender ni mejorarme a mi mismo sino simplemente que me fueran bien las cosas, sacar buenas notas y entrar en los equipos deportivos y obtener buenos resultados. Tener un buen expediente académico e insignias de victorias deportivas en mi chaqueta para enseñarle a la gente. No me lo pasaba muy bien porque siempre tenía demasiado miedo de que no haría las cosas lo bastante bien. El miedo me hacía esforzarme muchísimo, así que todo me iba siempre bien y terminaba consiguiendo lo que quería. Pero en realidad, en cuanto conseguía la mejor nota o ganaba el título deportivo de la ciudad o conseguía que Angela Mead me dejara ponerle la mano en el pecho, no sentía apenas nada más que tal vez miedo a no ser capaz de conseguirlo otra vez. La siguiente vez o cuando quisiera alguna otra cosa. Recuerdo estar en la sala de recreo en el sótano de Angela Mead en el sofá y que ella me dejara meterle la mano por debajo de la blusa y no ser capaz de sentir la suavidad viva o lo que fuera de su pecho porque lo único a lo que yo me dedicaba era a pensar: «Ahora soy el tipo al que Angela Mead le ha dejado tocarle las tetas». Más tarde aquello me pareció muy triste. Sucedió en los primeros años de secundaria. Ella era una chica de buen corazón, callada, reservada y pensativa -ahora es veterinaria y tiene consulta propia- y nunca llegué a verla de verdad, lo único que yo podía ver era quién era yo a sus ojos, a los ojos de aquella animadora que probablemente fuera la número dos o tres de las chicas más deseables del instituto aquel año. Ella era mucho más que eso, estaba más allá de toda aquella mierda de los rankings adolescentes y de la popularidad, pero nunca la dejé ser más que eso ni la vi como más que eso, aunque me hice pasar muy bien por alguien que era capaz de tener conversaciones profundas y que realmente quería conocer y entender quién era ella por dentro.”

Viven

1 Abr

They Live

“Cuando el héroe de la película de John Carpenter Están vivos, una de las obras maestras olvidadas de la izquierda de Hollywood, se coloca un par de extrañas gafas que ha encontrado en una iglesia abandonada, se da cuenta de que un cartel publicitario lleno de color que nos invitaba a descansar en una playa de Hawai no muestra ahora más que unas letras grises sobre fondo blanco que forman la frase “Casaos y reproducíos”; y un anuncio de un nuevo televisor en color dice “¡No penséis, consumid!”. En otras palabras, las gafas funcionan como un aparato para hacer crítica de la ideología, le permiten ver el verdadero mensaje por debajo de la llamativa superficie.” (Slavoj Zizek)

La espuma de los días

1 Abr
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“Y Colin corría, corría, el ángulo agudo del horizonte, arropado entre las casas, se precipitaba hacia él. Bajo sus pasos, era de noche. Una noche de algodón en rama negro, amorfo e inorgánico, y el cielo no tenía color alguno, era un techo, otro ángulo agudo más, y Colin corría hacia el vértice de la pirámide, detenido el corazón por secciones de noche menos negra…”
(La Espuma de los días, Boris Vian)