El Neón de siempre

5 Abr

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Uno de los últimos relatos de David Foster Wallace. Otros, como en el blog de El Lamento de Portnoy, desgranan mejor de lo que yo podría hacer las peculiaridades de su prosa exacta y minuciosa, de la obsesiva lucidez, de la cortante falta de misericordia del humor negro que se desdibuja ya como humor, y del particular estilo literario de D.F.W.

Hoy quería traer de paseo el demoledor inicio de este relato, en el que no dejo de pensar, sobre todo intrigado por la persona que lo subrayó y anotó, en mi volumen de segunda mano:

“Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y de ser querido. Admirado, aprobado, aplaudido, lo que sea. Ya me entienden. En la escuela me fue bien, pero en el fondo mi motivación no era aprender ni mejorarme a mi mismo sino simplemente que me fueran bien las cosas, sacar buenas notas y entrar en los equipos deportivos y obtener buenos resultados. Tener un buen expediente académico e insignias de victorias deportivas en mi chaqueta para enseñarle a la gente. No me lo pasaba muy bien porque siempre tenía demasiado miedo de que no haría las cosas lo bastante bien. El miedo me hacía esforzarme muchísimo, así que todo me iba siempre bien y terminaba consiguiendo lo que quería. Pero en realidad, en cuanto conseguía la mejor nota o ganaba el título deportivo de la ciudad o conseguía que Angela Mead me dejara ponerle la mano en el pecho, no sentía apenas nada más que tal vez miedo a no ser capaz de conseguirlo otra vez. La siguiente vez o cuando quisiera alguna otra cosa. Recuerdo estar en la sala de recreo en el sótano de Angela Mead en el sofá y que ella me dejara meterle la mano por debajo de la blusa y no ser capaz de sentir la suavidad viva o lo que fuera de su pecho porque lo único a lo que yo me dedicaba era a pensar: «Ahora soy el tipo al que Angela Mead le ha dejado tocarle las tetas». Más tarde aquello me pareció muy triste. Sucedió en los primeros años de secundaria. Ella era una chica de buen corazón, callada, reservada y pensativa -ahora es veterinaria y tiene consulta propia- y nunca llegué a verla de verdad, lo único que yo podía ver era quién era yo a sus ojos, a los ojos de aquella animadora que probablemente fuera la número dos o tres de las chicas más deseables del instituto aquel año. Ella era mucho más que eso, estaba más allá de toda aquella mierda de los rankings adolescentes y de la popularidad, pero nunca la dejé ser más que eso ni la vi como más que eso, aunque me hice pasar muy bien por alguien que era capaz de tener conversaciones profundas y que realmente quería conocer y entender quién era ella por dentro.”

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Una respuesta to “El Neón de siempre”

  1. Una pausa para el café abril 16, 2013 a 7:05 pm #

    Inquietante. Probablemente todos nos sintamos identificados con ese pensamiento alguna que otra vez.

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