The Hateful Eight: Me alegro de no estar entusiasmado

19 Ene

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SPOILER-FREE

Hay muchos elementos que, por separado, apuntan a que The Hateful Eight iba a ser una película de Tarantino que me iba a entusiasmar (una más). Y sin embargo, el todo no me convence al cien por cien. Para nada.

Y me alegro.

Cómo es eso. Pues sencillamente, si Quentin Tarantino entusiasmara en todas y cada una de sus obras, y contentara a todos sin irritar a nadie, si no fuera controvertido, si no ofreciera aristas, lecturas, si no despertara pasiones, vamos, sería una muy mala señal.

Me gusta tener sentimientos encontrados, me gusta que el autor me pille por el pescuezo y me obligue a pensar la película, me gusta ser ambivalente, me gusta que cada visionado me obligue a replantearme mis sentimientos al respecto.

Porque eso significa que Quentin Tarantino se arriesga, que nos trata como a adultos, que sabe que se pone en la línea de fuego, que está dispuesto a equivocarse o a acertar, pero no a resignarse a darnos más de lo mismo.

Porque es una película que puede tener muchos problemas (de ritmo, de duración, de tono, lo que quieran), pero también es una obra peculiar que fuerza al espectador a ver con suma atención y una actitud altamente activa lo que a algunos les parecerá un pastiche, y a otros un interesante viaje en los márgenes de los géneros del western, el spaguetti y el horror, el who do it hitchcockniano, o la representación teatral de La Soga. El túrmix de Tarantino, más que actuar como una batidora de referencias, en esta ocasión explora intersecciones y cruces de caminos.

Para mi Hateful Eight es un artefacto imperfecto pero hermoso, y un compromiso de Quentin para con el cine, y mucho más alla del cine.

Y tal vez es el compromiso de Quentin, dentro y fuera de la pantalla, lo que lo ha alejado de premios y fanfarrias. Su posicionamiento sobre la brutalidad policial lo ha situado en el centro de un boicot que ha hecho mella. Especialmente importante en este caso porque sin destripar la película, la justicia, la presunción de inocencia, las cicatrices de una guerra partidista y del racismo, son parte de la temática.

Por eso esta vez hay que afirmarlo bien alto. El mejor premio para Quentin, es el aprecio de su público.

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