Archivo | abril, 2020

Quis custodiet ipsos custodes?

29 Abr

Imagen de Laurent Durieux subastada por Mondo para causas benéficas relacionadas con el COVID-19 y los sin techo.

Nos quejamos de la policía de balcón, de los linchamientos en redes sociales, de los vecinos que tachan de ratas a los médicos dedicados a salvarlos pero que se convierten en cuerpos inconvenientes en su cercanía. El infierno son los demás sin duda.

Pero me gustaría ir más allá. A pesar de la vuelta de la biopolítica, de la que nos avisa el filósofo Agamben, parece que el esquema de Foucault se ha complicado, de un modo en que de tesis y antítesis, surge algo nuevo.

Foucault habla de medidas excepcionales por una plaga, como paso previo para explicarnos que el modelo panóptico del filósofo Bentham, de vigilancia anónima y discreta, es un nuevo paso evolutivo del poder. Ahora bien, esta plaga nos llega justo después de que el modelo panóptico se haya implantado efectivamente de forma cibernética: Hemos cambiado nuestro comportamiento vía redes sociales para convertirnos en vigilantes, llenos de prejuicios, de nuestros semejantes y… de nosotros mismos. Y en esto, en ese modelo de carceleros de nosotros mismos, llegó la plaga, y la excepcionalidad. Pero de esa excepcionalidad no surgirá un modelo completamente nuevo de vigilancia, sino que se refinará el modelo actual, que hemos naturalizado hasta el punto de no darnos cuenta de su funcionamiento.

Podemos presentirlo en la forma en que la información circula memetizada, a velocidad peligrosa, convertida en ruido, en veneno, en cascada incontrolada, en unos y ceros sin verificación, en emociones sincronizadas, como diría el filósofo Virilio, en un tiempo simultáneo que anula la Historia, pero también que diluye nuestra capacidad de reflexión y de individuación: El rebaño ciego del que habla Brunner, el escritor de ciencia ficción cercana, en su trilogía del desastre.

Podemos presentirlo en el modo en que se habla de nueva normalidad, en que, con una economía destruída, no asumimos la perplejidad de que, en términos productivos, somos totalmente prescindibles. La solidaridad y la resistencia solían tener la fuerza en sus números, en lo colectivo, y nos hemos visto obligados al aislamiento y la división entre los dignos de salvación y los dignos de lástima.

Hay una convergencia entre la vigilancia electrónica, el comportamiento memético, el miedo a perder nuestra precaria situación vital, y la vuelta del Estado, que algunos celebran como anéstetico para el dolor social de esta posguerra viral, otros como regulador de los excesos e imprevistos, y algunos, nos tememos, como fuerza tecnocrática del status quo.

Ya hay voces que hablan de que hace falta no una nueva normalidad, sino una singularidad, en que nuestro papel de individuos se valore de otro modo, en que no perpetuemos una vigilancia castradora, no en aras de un necesario control sanitario, sino en sintonía con un aterrador control social automático, un common sense que sancione como criminal al que no encaje en la normalidad, la productividad, y la resignación. Creo que debemos abordar la aventura de ser individuos de nuevo, y para vivir esa aventura, quizá debamos asumir que habrá desastres, accidentes, penurias, sangre, sudor y lágrimas, y que es nuestra tarea convertirlas en las piedras fundacionales de otro tipo de manera de existir. Una fuera de la zona de confort.

“El conocimiento vinculado al poder, no solo asume la autoridad de ‘la verdad’ sino que tiene el poder de hacerse realidad. Todo el conocimiento, una vez aplicado en el mundo real, tiene efectos y, en ese sentido, al menos, “se convierte en verdad”. El conocimiento, una vez utilizado para regular la conducta de los demás, implica restricción, regulación y disciplina de la práctica. Por lo tanto, ‘no hay relación de poder sin la constitución correlativa de un campo de conocimiento, ni ningún conocimiento que no presuponga y constituya al mismo tiempo, relaciones de poder”

(Foucault 1977,27).

“De ahí el efecto principal del Panóptico: inducir en el interno un estado de visibilidad consciente y permanente que asegura el funcionamiento automático del poder.

Entonces, para organizar las cosas, la vigilancia es permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en sus acciones; que la perfección del poder debe tender a dejar su real ejercicio innecesario; que este aparato arquitectónico debería ser un máquina para crear y mantener una relación de poder independiente de la persona que lo ejerce; en resumen, que los internos deben ser atrapados en una situación de poder de la cual ellos mismos son portadores.

Para lograr esto, es a la vez demasiado y muy poco que el el prisionero deba ser observado constantemente por un inspector: muy poco, porque lo que importa es que él sabe que debe ser observado; demasiado, porque no tiene necesidad de ser así.”

“Cualquier individuo, tomado casi al azar, puede operar la máquina: en ausencia del director, su familia, sus amigos, sus visitantes, incluso sus sirvientes (Bentham, 45). Del mismo modo, no importa qué motivo lo anima: la curiosidad de lo indiscreto, la malicia de un niño, sed de conocimiento de un filósofo que desea visitar este museo de la naturaleza humana, o la perversidad de aquellos que disfrutan espiando y castigando. Cuanto más numerosos observadores anónimos y temporales son,  mayor el riesgo para el interno de ser sorprendido y mayor es su ansiedad y conciencia de ser observado”

“El panóptico funciona como una especie de laboratorio del poder. Gracias a sus mecanismos de observación, se gana en eficiencia y en la capacidad de penetrar en el comportamiento de los hombres; el conocimiento sigue los avances del poder, descubriendo nuevos objetos de conocimiento sobre todas las superficies en las que se ejerce el poder” 

“La ciudad afectada por la peste frente al establecimiento panóptico. Las diferencias son importantes. Marcan, a una distancia de un siglo y medio, las transformaciones del programa disciplinario. En el primer caso, hay una situación excepcional: contra un extraordinario mal, el poder se moviliza; se hace presente en todas partes y visible; inventa nuevos mecanismos; se separa, se inmoviliza, provoca particiones; construye por un tiempo lo que es a la vez una contraciudad y la sociedad perfecta, impone un funcionamiento ideal, pero que es reducido, en el análisis final, como el mal que combate, dualismo de vida y muerte: lo que se mueve trae muerte, y uno mata lo que se mueve. El panóptico, por otro lado, debe ser entendido como un modelo de funcionamiento generalizable; Una manera de definir el poder en términos de la vida cotidiana de los hombres.”

“El Panóptico es polivalente en sus aplicaciones; sirve para reformar prisioneros, pero también para tratar pacientes, instruir a los escolares, limitar al demente, supervisar a los trabajadores, poner a trabajar a los mendigos y ociosos. Es un tipo de ubicación de cuerpos en el espacio, de distribución de individuos en relación entre sí, de organización jerárquica, de disposición de centros y canales de poder, de definición de los instrumentos y modos de intervención del poder, que pueden implementarse en hospitales, talleres, escuelas, prisiones. Cada vez que uno trata con una multiplicidad de individuos en quienes se debe imponer una tarea o una forma particular de comportamiento, el esquema panóptico puede ser usado.”

(Foucault, Vigilar y Castigar)

Diario del año de la Peste- Daniel Defoe

6 Abr

“Durante algunas semanas la prisa de la gente era tal, que hacía casi imposible llegar hasta las puertas del corregidor; una muchedumbre apremiante se apiñaba allí para obtener pases y certificados de salud, como para viajar al extranjero, ya que sin los mismos no se les permitía pasar a través de las ciudades situadas en los caminos, ni se les daba alojamiento en ninguna posada. Ahora bien, como durante todo este tiempo no había muerto nadie dentro de la ciudad, el corregidor daba sin ninguna dificultad certificados de salud a todos aquellos que habitaban en las noventa y siete parroquias; y durante algún tiempo también a los que vivían fuera de la ciudad.
Esta prisa, como digo, continuó durante algunas semanas, es decir, durante los meses de mayo y junio, con mayor motivo aún, puesto que se rumoreaba que aparecería una orden del Gobierno para poner vallas y barreras en los caminos a fin de impedir que la gente viajase; y que los pueblos sobre los caminos no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que trajesen consigo la epidemia, si bien ninguno de estos rumores tenía otro fundamento que la imaginación, por lo menos al principio.

Entonces comencé a pensar seriamente en mí mismo, en mi propio caso y en lo que debería hacer conmigo mismo; es decir, si debería decidir quedarme en Londres o bien cerrar mi casa y huir como muchos de mis vecinos. He escrito este extremo tan detalladamente, porque no sé si podrá ser de utilidad a aquellos que vengan después de mí, si les aconteciese el verse amenazados por el mismo peligro y si tuviesen que decidir de la misma manera; por ello, deseo que esta narración llegue a ellos más en calidad de orientación de sus actos que de historia de los míos, puesto que no les valdrá un ardite el saber lo que ha sido de mí.

Me enfrentaba a dos cuestiones importantes: una de ellas era el manejo de mi tienda y mi negocio, que era de consideración y en el que estaba embarcado todo lo que yo poseía en el mundo; la otra era la preservación de mi vida en la calamidad tan funesta que, según veía, iba a caer sobre toda la ciudad y que, sin embargo, por grande que fuese, siempre sería mucho menor de lo que imaginaban mis temores y los de las demás gentes…”

 

“Las aprensiones de la gente estaban igualmente multiplicadas por los engaños de aquellos tiempos, en los que, según creo, las gentes eran, no puedo imaginar por qué causa, más adictas de lo que nunca fueron, antes o después de entonces, a las profecías y conjuros astrológicos, sueños y cuentos de viejas…”

“Por otra parte, resulta increíble y difícil de imaginar la manera en que los pilares de las casas y las esquinas de las calles estaban recubiertos de carteles de doctores y letreros de ignorantes individuos, sortílegos y entremetidos medicastros, que invitaban a la gente a acudir a ellos en busca de remedios, anuncios embellecidos con perlas como éstas: «Infalibles píldoras preventivas contra la plaga», «Preservativos seguros contra el contagio», «Eficacísimos cordiales contra la corrupción del aire», «Prescripciones exactas para guía del cuerpo en caso de contagio», «Píldoras antipeste», «Incomparable elixir contra la plaga, nunca antes descubierto», «Un remedio universal contra la plaga», «La única agua de peste verdadera», «El antídoto regio contra todo tipo de contagio»; y tantos más, que no puedo enumerarlos…”

” Mas aquí me refiero a las ordenanzas y disposiciones que se publicaron para gobierno de las familias contagiadas.
He mencionado la orden del cierre de las casas, y creo necesario agregar algo particular, pues esta parte de la historia de la peste es muy triste; y porque también es menester contar su parte más atroz.
Fue alrededor del mes de junio cuando el corregidor de Londres y el concejo de regidores empezaron a preocuparse más especialmente por la ordenación de la ciudad.

Los jueces de paz de Middlesex, por orden del secretario de Estado, habían comenzado a cerrar casas y viviendas en las parroquias de St. Giles-in-the-Fields, St. Martin, St. Clement Danes, etc., con excelentes resultados; ya que en varias calles en las que había estallado la peste, la epidemia cesó cuando se vigilaron estrictamente las susodichas casas infectadas y se puso especial cuidado en enterrar a los muertos tan pronto como se tenía conocimiento de su deceso.”

” Notificación que ha de hacerse de la enfermedad:

El amo de toda casa, tan pronto como cualquier habitante de la misma se queje, ya sea de pústulas o púrpuras, o de hinchazón en cualquier parte del cuerpo, o caiga enferma peligrosamente sin presentar síntomas evidentes de otra enfermedad, ha de notificarlo al examinador sanitario dentro de las dos horas siguientes a la aparición de dicha señal.

Secuestro del enfermo:

Tan pronto como dicho examinador, cirujano o investigador determine que una persona cualquiera está enferma de peste, dicha persona ha de ser secuestrada esa misma noche en la misma casa; y en caso de ser secuestrada, aunque luego no muera, la casa en la que ha enfermado deberá permanecer cerrada durante un mes, una vez que los demás hayan usado los medios preservativos de rigor.

 

Cierre de la casa:

Si cualquier persona hubiere visitado a cualquier hombre del que se sabe que está contagiado de la peste, o hubiere entrado voluntariamente en cualquier casa que se tenga por infectada, no estando autorizado, la casa en que habite ha de ser cerrada durante algunos días por instrucción del examinador

Diversiones:

Que se prohíban terminantemente todas las diversiones, bailes de osos, juegos, cantos de coplas, ejercicios de broqueles y similares motivos de reunión del pueblo; y que las partes transgresoras sean severamente castigadas por cada regidor en su distrito.

Prohibición de festejos:

Que se posterguen todos los festejos públicos, particularmente los de las compañías de esta villa, y las cenas en tabernas, cervecerías y otros lugares de esparcimiento público, hasta nuevo aviso y autorización; y que el dinero así ahorrado sea conservado y empleado en beneficio y auxilio de los pobres atacados por la enfermedad.

Tabernas:

Que se reprima severamente todo exceso y desorden en las tabernas, cervecerías, cafés y bodegas, como pecado público de este tiempo y por ser mayor ocasión para diseminar la peste. Y que no se permita a grupo o persona alguna permanecer ni entrar en ninguna taberna, cervecería o café para beber después de las nueve en punto de la tarde, según la antigua ley y costumbre de esta ciudad, bajo las penas prescritas por la misma.”

Diario del año de la Peste- Daniel Defoe