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La insoportable levedad del blog

14 May

Paradojas y espejos deformantes. El guadianesco ritmo de este blog es en realidad producto de una reflexión profunda. Una reflexión acerca de los tiempos y del yo.

Conforme las redes sociales se convierten en la galería de tiro de ingenios como balazos, chispazos breves y microscópicos que iluminan la noche por un segundo, en el mejor de los casos, recomendaciones entusiastas de cultura pop, invectivas airadas, cotilleos vouyerísticos, y, principalmente, monólogos de vanidades, los blogs se fueron vaciando de esos contenidos. Se volvieron más magros, pero quizá, más sustanciales.

Sin embargo, puede decirse, que mi ego personal ha ido menguando con los años, consciente de la máxima de Wittgenstein, “de aquello de los que no se puede hablar más vale callar”, perplejo ante las pocas cosas de verdadero interés que quedan por decir sin riesgo de repetirse, quizá, ensimismado en las manías y obsesiones personales, las filias y fobias, las invectivas de falsos expertos ante el mundo en llamas (aquello que llamamos política u opinión, o economía, geografía urbana o incluso poesía viva)

Es una melancólica constatación de que se ha dicho todo ya de mil formas distintas, y provoca cierto cansancio la arrogancia de aportar más letra muerta al peso del ruido que ahoga hoy día internet en un zumbido constante y adictivo de actualizaciones sin verdadera trascendencia actual.

Creo que es esa aversión a la necesidad de actualizarse, de tener la última palabra, la última tendencia del rock, del mundo audiovisual o literario, lo que provoca en mí esa desidia apática, ese silencio tan poco propio de mí. Tanto tiempo planeando escribir tal relato, emprender tal proyecto, retomar tal podcast, subir tal reseña. Existe cierta tiranía del ego, de la palabra como discurso perturbado y perturbador, embriagador, de un predicador borracho de su propia verdad, clamando perplejo en Hyde Park, subido a un tonel.

Tal vez la verdad, la belleza, la palabra, son algo mucho más humilde, una anotación a lápiz en el margen de un libro hecha para uno mismo, una palabra en un cuaderno que nadie leerá, una mirada triste por la ventana mientras los pensamientos fluyen como lágrimas tenues, no vertidas para que nadie repare en ellas, sino porque salen del corazón, un árbol que se derrumba en un bosque desierto.

La ausencia de ruido.