Malestar Cautivo

24 Ago

Es dada esta tierra a faccionalismos, tribalismos, y odios ideológicos profundos, envidias y agravios a menudo enraizados en historias familiares de sangre y arena, intereses particulares disfrazados de enfrentamientos ideológicos, cunetas, guerrillas carlistas, y si me apuran, levantamientos comuneros. Amamos odiarnos, y somos pioneros de ese fenómenos que a partir de los 70s-80s ha ido ganando vuelo en los USA, la polarización social. A veces creo que sólo la comedia absurda, ácida y austrohúngara de Berlanga pudo narrar nuestra idiosincrasia.

Tal vez en ningún otro país europeo, salvo quizá los que hayan vivido conflictos recientes (Balcanes, Ucrania) se aprecia esa inquina en la parrilla catódica, en las actas del congreso, en los pasillos de departamentos de universidad, e incluso en las sedes de los partidos (los mayores enemigos del políticos son su correligionarios, las peores cuchilladas vienen por la espalda, y el fuego mortal suele ser el fuego amigo, por aquello de la competencia).

Se produce un momento paradójico, que es evidente ahora mismo en USA: hay un malestar social profundo, unas demandas desde las bases progresistas, ignoradas por el establishment, que se ven cautivas del mal mayor, la victoria de Trump. ¿a dónde van los descontentos por la izquierda del Partido Demócrata ante las elecciones de noviembre? A pesar de los desplantes, el movimiento a la derecha reaccionaria, policial, anti medidas sociales, represiva de Biden y Harris, éstos juegan al momento histórico, culpar de dejar en manos de un sociópata incapaz el país a los abstencionistas.

El mal menor sigue siendo un mal.

En España, me temo, algo hay parecido: la acelerada descomposición de Podemos, y la no muy sorprendente posición subsidiaria de Bruselas de los socialistas, debería hacer volar por los aires al gobiernos con huelgas generales (bueno, si hubiera sindicatos mayoritarios dignos de tal nombre). Pero el pavor de que la crisis sanitaria la gestione la derecha como en Madrid o Cataluña (el sui géneris cóctel de imprevisión, privatización, lucro e inacción) hace cerrar filas.

Por el camino nos hemos dejado la reforma laboral, la ley mordaza, medidas impositivas a grandes fortunas, transacciones bancarias, medidas para revertir el rescate bancario ligadas a la crisis de vivienda, y por supuesto el desastre del Ingreso Mínimo Vital, una burla y una estafa para quienes el concepto de una Renta Básica significa algo.

Dice el informe del relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y Derechos Humanos:

«La excesiva burocratización del sistema de asistencia social es una de las principales causas de exclusión, y los irrazonables e imposibles requisitos de documentación constituyen obstáculos que la refuerzan».

El IMV se resume fácilmente: Según UGT, de 714.000 solicitudes presentadas, solo se han resuelto 32.629, el 4,57%. Menos de un 5% de resoluciones: a eso se le llama urgencia social. Y de las resoluciones solamente el 12,7% han sido favorables. Es fácil el cálculo: el 0,58% del total presentadas.

La retórica a menudo se nos presenta como simulacro de la política. A las puertas de la negociación de unos Presupuestos de crisis, duele confesar que hay más demagogia que realidad en el escudo social de este Gobierno.

¿Qué nos queda a los disidentes a la izquierda de este gobierno que sin embargo tememos la casi inevitable alternativa que nos ha de helar el corazón?

Dicen que la esperanza quedó dentro de la caja de Pandora que contenía los males que pueblan el mundo, y por lo tanto, era el último de esos males. Así que esperanza no nos queda. Renunciamos también a las fáciles cábalas conspiranoicas que ofrecen el consuelo de un poder oculto culpable.

Cada país tiene el gobierno que merece. La clase política surge de la sociedad, no a la inversa. Así que la pregunta sería cómo cambiar al ciudadano medio, y no cómo impulsar al poder al representante de la tribu que menos nos decepcione.

Sin esperanzas pero sin derrotismos, se trata de ejercer el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Por no admitir que esto no tiene remedio, y que son molinos, Sancho.

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