Absurdo

1 Feb

Estas son algunas de las cosas que probé: el Seminario Erdhard, conducir un vehículo de diez marchas hasta Nueva Escocia y de vuelta, la hipnosis, la cocaína, la quiropraxia sacro-cervical, unirme a una iglesia carismática, hacer footing, trabajar como voluntario para la oficina publicitaria del ayuntamiento, clases de meditación, los masones, el Forum Landmark, el Curso de Milagros, un taller de dibujo en el hemisferio derecho del cerebro, el celibato, coleccionar y restaurar Corvettes antiguos e intentar dormir con una chica distinta todas las noches durante dos meses seguidos (acumulé un total de treinta y seis en sesenta y una noches y además pillé clamidia, hecho que les mencioné a mis amigos, fingiendo que estaba avergonzado pero confiando en secreto que la mayoría de ellos se quedaran impresionados —y pese a que se escudaron detrás de hacer bromas a mi costa, creo que lo estuvieron—, pero en su mayor parte aquellos dos meses únicamente me hicieron sentirme vacío y depredador, además dormí poquísimo y en el trabajo estaba hecho un asco; aquella fue también la época en la que probé la cocaína). Sé que esta parte es aburrida y que probablemente le esté aburriendo, pero se pone más interesante cuando llego a la parte en la que me mato y descubro lo que pasa inmediatamente después de que una persona se muere. En lo relativo a la lista, el psicoanálisis vino a ser lo último que probé”

(El neón de Siempre, Davis Foster Wallace)

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