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Las Ciudades invisibles

3 Dic

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LAS CIUDADES Y EL DESEO. 5
Hacia allí, después de seis días y seis noches, el hombre llega a
Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran
sobre sí mismas como un ovillo.
Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas
tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una
ciudad desconocida, la vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba
desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de vueltas todos la perdieron.
Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron pero se
encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño. En
la disposición de las calles cada uno rehizo el recorrido de su
persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva,
cada uno ordenó de otra manera que en el sueño los espacios y los
muros, de modo que no pudiera escapársele más.
Esta fue la ciudad de Zobeida donde se establecieron esperando
que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el
sueño ni en la vigilia, vio nunca mis a la mujer. Las calles de la ciudad
eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, sin ninguna
relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada
hacia tiempo.
Nuevos hombres llegaron de otros piases, que habían tenido un
sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeida reconocían algo de las
calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se
parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto
donde había desaparecido no le quedara modo de escapar.
Los que habían llegado primero no entendían que era lo que atraía
a esa gente a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.

Mientras lucho contra los elementos, y mis propias carencias, y en espera de recuperar las emisiones regulares del podcast, me embarco en experimentos sonoros como el recitado de audiolibros. A ver qué tal, si mi ritmo acelerado no estropea la visita guiada a las ciudades invisibles.

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Islas en la Red Podcast T01E05 feat. Alex Herrera- Showgirls de Paul Verhoeven

11 Nov

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Un podcast con invitado de lujo, Alex Herrera, de Puedo Saltar Charcos, sobre nuestro holandés pirado favorito, el único director con sección fija en mi blog.

Showgirls, ¿una película femenina, o una película feminista? ¿Gran obra fallida o peor peli de los 90s? La película maldita de Paul Verhoeven, odiada, o considerada de forma irónica, la desventura trash y camp de Nomi (E. Berkley jugándose su carrera) entre neones, traiciones, un mundo productores poderosos y sin escrúpulos, de mugre y de sexo.

Una película que confieso siempre me ha dado respeto comentar porque mi reivindicación no iba por la ironía posmoderna, sino por la vereda seria de aceptar la película por lo que es, por lo que quiso ser, por el diálogo que mantiene con la obra y el punto de vista de la mejor de las etapas de uno de mis directores favoritos (la holandesa) y que ha acabado en un diálogo sobre lo Kitsch, y sobre la mugre que adorna los neones, y los carteles Hollywoodienses de los Wenstein de este mundo.

El debate está servido.

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El Turista contra el viajero

10 Sep

huxDamos a tales personas el nombre de viajeros porque no
se quedan en sus casas. Pero no son genuinos viajeros; es decir,
viajeros natos. Y es que viajan, no por atender al viaje sino a los
convencionalismos; salen de sus hogares alimentados de fábulas
y fantásticas esperanzas para regresar a ellos, tanto si lo confiesan
como si no, desilusionados. Como su interés en lo real y
actual es insuficientemente vívido, se aferran a la mitología, y
los hechos, por muy curiosos, por muy bellos y variados que
sean, les resultan una desilusión. Es tan sólo la compañía de sus
camaradas de turismo –con quienes conspiran de vez en cuando
para formar un pequeño oasis hogareño en la selva extranjera–
aunada con la consciencia de haber realizado un deber
social, lo que les mantiene incluso moderadamente alegres al
afrontar los deprimentes hechos que el viaje comporta.

El ejemplar de viajero legítimo, por otra parte, se siente
tan interesado por las cosas reales que no encuentra necesario
creer en fábulas. Es insaciablemente curioso, amante de lo
desacostumbrado en atención a su misma falta de familiaridad;
le complace toda manifestación de la belleza. Sería absurdo,
naturalmente, afirmar que nunca se aburre pues resulta prácticamente
imposible el viajar sin aburrirse a veces. Para el turista
una buena parte de casi todos los días queda necesariamente
vacía. Ya para comenzar, gran parte del tiempo ha de gastarse
en el mero ir y venir de un lugar a otro y luego, cuando se han
visto las curiosidades, el observador se encuentra físicamente
extenuado y sin nada de particular que hacer. En el hogar, entre
las ocupaciones habituales de uno, no hay forma de aburrirse.
El ennui, el aburrimiento, es esencialmente una sensación de
los tiempos de ocio. ¿Es que no viene a ser la enfermedad crónica
de los desocupados? A esta misma razón se debe el que el
verdadero viajero ejemplar encuentre que el aburrimiento es
más agradable que penoso, pues es el símbolo de su libertad,
de su excesiva libertad. Acepta su hastío cuando este surge, no
meramente de un modo filosófico, sino casi con agrado.

(Aldous Huxley)

Rain

26 Nov

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“Hay diamantes en el parabrisas
lágrimas del cielo
me adentro en la ciudad por la Interestatal
alcancé a un tren de acero bajo la lluvia
y el viento me muerde la mejilla a través de la ventanilla
y son estas noches tardías y este volar por la autopista
lo que siempre me hace cantar”
(Tom Waits)

Fotografía de Stanley Kubrick.

Mi vida como gato (Alexei Sayle)

28 Jun

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“Cuando el marido de Bettina la abandonó por su secretaria, veinte años más joven, complaciente y vacua, ella decidió no afrontarlo de ninguna de las maneras en que sus amigas lo habían superado, o fracasado en superar, tal calamidad. Aparte de su marido, el amor de Bettina siempre había sido su gato Monty. Monty era un macho sin esterilizar y aunque se había visto obligada a llevarlo continuamente al veterinario, para desinfectar y remendar las terribles heridas que recibía en sus muchas peleas, ella no había contemplado ni por un momento la posibilidad de “arreglarlo”. Aunque la veterinaria local (una lesbiana francesa, y la mujer que tenía que enfrentarse con la abundante prole de Monty) se había ofrecido a hacer el trabajo gratis.

No, se dijo a sí misma, lo que haría en su nuevo estado de soltería sería vivir la vida como él vivía la suya, se desplazaría por Crouch End bajo cubierto de la oscuridad de la noche sin respetar vallas, ni los muros de nadie, pelearía y follaría y viviría solo para ella misma. Temblando de emoción, Bettina sacó del fondo del armario unos pantalones de chándal holgados, negros, una sudadera oscura, con capucha y unas deportivas negras con suelas suaves y rugosas, todo ello restos de una anterior obsesión por el cuidado de la forma física.

Cuando estaba casada le encantaba aquel barrio, las calles coquetas con sus casas y mansardas al estilo holnadés, la tienda Budgens con su selección imbatible de aceitunas y su selección imbatible de actores salidos de la tele, la torre del reloj de ladrillo rojo y la panadería al estilo antiguo. Ahora le parecía un lugar siniestro y aterrador, pero pensaba reconquistarlo. Uniformada, esperó hasta la medianoche a que saliera la luna, y entonces se escabulló por la puerta trasera de su casa. Al escalar la valla del vecino, Bettina cayó aparatosamente sobre el huerto biológico y aplastó gran cantidad de matas de judías; luego arrancó un número considerable de zanahorias de crianza al intentar encaramarse al muro, y después de conseguirlo permaneció unos momentos echada sobre él, para recuperar el aliento. Tras lo que pareció una eternidad, se levantó levemente sobre sus pies, esperando cada momento volver a caer, esta vez sobre los adoquines de la calle, que podían ser capaces de romperle la espalda, pero descubrió asombrada que poseía un frío sentido del equilibrio, y que no iba a caer de ninguna manera. Pronto echó a correr encima de los ladrillos desmigajados, con el viento entre sus cabellos, y se sintió más viva de lo que se había sentido en toda su vida.

Con un salto confiado, la mujer de mediana edad aterrizó en cuclillas ante un portal, sin que las rodillas le hicieran apenas daño. Entonces, con el aire bombeando en sus pulmones y el corazón latiendo como un martillo neumático, Bettina dobló la esquina y echó a correr hacia Topsfield Parade, sumida en el silencio, y entonces miró hacia el lado equivocado, y un coche la atropelló y la mató.

(It’s dark in london, Una antología underground británica. Ed. Oscar Zárate en Norma. D. McKean, Alan Moore, Neil Gaiman et altri)

Kenneth Rexroth: La cualidad de la valentía

24 Jun

tumblr_ncp1mmF2sw1rg6f6go2_1280“…la valentía para sobrellevar la inevitable destrucción de todo lo bueno, para enfrentarse al hecho de que el amor, no dura siempre, de que los amigos se traicionan unos a los otros, de que la belleza se marchita, de que los poderosos resbalan en su sangre y sus ciudades arden…lo único que perdura, lo que da valor a la vida, es la camaradería, la lealtad, la valentía, la magnanimidad, el amor, las relaciones humanas, con una comunicación directa. Es aquí, y de ninguna otra parte, de dónde surge la belleza de la vida, su tragedia y sentido.”

(Kenneth Rexroth)

Kenneth Rexroth, poeta e intelectual libertario, con Esther Quintana, Podcast olvida tu equipaje

 

Caminando de noche escucho sirenas: Una crónica extraña de dos conciertos

23 Nov

stop fear 2stop fearLa normalidad es algo por lo que luchar. Algo a recuperar. De pronto la ciudad se llenó de miedo y de militares, y los unos y los otros parecían surgidos del mismo sueño brumoso.

Algo terrible pasó en París, y con el tic culpable del que piensa que debió hacer más, el país se obsesionó en verse a sí mismo como la cuna del mal.  Así, entre asustado de que acabe el negocio y el regateo euroburocrático, la necesidad de exhibir una fuerza y eficacia de la que se carece, y hacer olvidar los fallos de inteligencia y contrainteligencia, el país se paró, a la vez que empezó a rascar hasta sangrar algunas de sus geografías con la garra del prejuicio y el temor, lo cual no quiere decir que las investigaciones no lleven allá donde sea o dónde fuere que las pruebas lleven.

Era un lugar que funcionó sin gobierno más de un año. Pero llevamos unos días en que la vida funciona sin escenario, sin días, sin realidad.

Lejos de enviar mensajes de tranquilidad, parece que se lanzan titulares llenos de veladas amenazas, a base de detenciones a menudo arbitrarias, no sabemos realmente, porque no nos dejan saber. Motivos de seguridad. Si sabemos que a cada detención masiva sigue puesta en libertad masiva.

No son motivos de seguridad los que aconsejan a los ciudadanos encarnizarse, entre otros sensacionalismos de titulares, con el antiguo alcalde de Molenbeek, actualmente amenazado por la ultraderecha, ni son motivos de seguridad los que hacen del principal sospechoso ubicuo en todas partes, en ocasiones simultáneamente, una aparición fantasmagórica, que parece a la espera de una turba de película de Frtiz Lang.

Comprendo perfectamente la vigilancia en estaciones y aeropuertos. El corte del metro, la suspensión de la liga, e incluso de los grandes conciertos. Pero la histeria ha llegado a niveles de paranoia. Fomentan el miedo como quién tira gasolina a un incendio. Como si el miedo fuera una solución.

En 40 años de terrorismo en España, tal vez lo que queda claro es que la información y la callada labor policial del día a día es más eficaz que el Presidente Michel jugando a los GI joes.

Al día siguiente de Bataclan, la popularidad de Hollande subió 7% y la de Valls 3% (no había caído tanto). Michel se crece ante los desprecios de la inteligencia francesa que tacha a los belgas de amateurs, esto es orgullo herido, político, y nacional, y en parte maniobra, en parte prudencia.

Aquí iba un elogio de la normalidad, de un jueves por la tarde cogiendo el metro a Molenbeek, para ir a la sala Magasin 4, donde tocan normalmente grupos demasiado duros ya para mi, a ver a los garageros Le Boucherettes y disfrutar de un poco de rock and roll, bebiendo birra en la calle mientras hago tiempo para entrar, y lamentando que mis amigos no vieran conciertos cuando estuvieron, lamentando quizá no conocer a más de los excelentes nativos. Tal vez tuve ese momento de flaqueza de notar a faltar a mis colegas y conocidos. Un concierto que viví rabiosamente, enfrentado con un animal escénico que se movía como una bestia enfurismada, y flirteaba con el público.

No me sentí inseguro en la estación de Ribencourt.

Aquí iba un elogio de la normalidad, ya un tanto fracturada, de ese viernes, y del enorme concierto que Darnelle dió con sus The Mountain Goats, un tipo que se nota que se divierte y vive el concierto como si fuera el primero, el último, el único, que no necesitó tocar dos de mis canciones preferidas, que salió al escenario con una birra Maes y tocó dos canciones seguidas antes de saludarnos, metiéndonos en el bolsillo, haciendo un set acústico él sólo a mitad concierto, entre otras con la canción de piratas que inventó para su hijo, que nos explicó sus obsesiones con los luchadores mexicanos, que nos explicó que el heel turn es cuando el bueno del wrestling que admiras empieza a usar trucos sucios, poner dedos en el ojo, y volverse hacia el lado oscuro, que nos emocionó con Get Lonely, y nos hizo saltar con The Diaz Brothers, No Children o This Year. Darnelle saltando, brincando, riéndo, contando historias. Un tipo de una normalidad exquisita que me preguntó al salir si nos conocíamos con una sonrisa y se quedó firmando autógrafos.

El sábado los propósitos de normalidad resultaban más duros de seguir, pero no iba a cejar en mi plan para ir en excursión a Maastricht, leyendo en el tren, trenes rigurosamente vigilados a la ida, que no a la vuelta. Pasé el día en tránsito, y en Holanda, que vive a unos pocos minutos insultantemente inconsciente de ese monstruo de miedo que alimentan y ceban, alientan y engrandecen aquí. Paseantes sobre calles de adoquines. Luces ya de navidad.

El domingo, todo cerrado, una ciudad fantasma. El propósito que se respiraba sigue siendo que desconfíe del café turco al que acudo, del panadero que me alimenta, de la tienda badulake donde compro dulces a deshoras.NO.

El lunes, a pesar de las operaciones de la noche, la ciudad seguía muerta. Y aunque soy totalmente ciclotímico, y a veces sólo me apetecería encerrarme en casa, no quiero, no deseo, que la barricada la fabrique el miedo. Es mi barricada, y la interpongo los días en que la vida es demasiado.

Pero cuando quiero vivir, no lo pongo todo simplemente en pause.

Bruselas ha caído vencida. Ha sido el estado de sitio a lo Costa Gavras, el miedo. No llamo a la imprudencia, pero si a la conciencia de que nos estemos dejando arrebatar la “libertad” por la que luchamos.

A lo que debemos temer es al propio miedo.

Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.

Hermann Hesse