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Caja de herramientas Foucaultiana

22 Sep

Me gustaría que mis libros fueran una especie de caja de herramientas en la que la gente pueda rebuscar para encontrar una herramienta para usarla según le convenga cada cual en su propio campo […] Me gustaría que el pequeño volumen que quiero escribir sobre los sistemas disciplinarios fuera útil para un educador, un guardia, un magistrado, un objetor de conciencia. Yo no escribo para una audiencia; escribo para usuarios, no para lectores. (1974)

Todos mis libros son pequeñas cajas de herramientas. Si la gente los quiere utilizar, usar esta frase o aquella idea como si fuera un destornillador o unos alicates, para cortocircuitar, para desacreditar los sistemas de poder, incluyendo en última instancia aquellos de los que surgieron mis libros … tanto mejor. (1975)

(Foucault)

Visto aqui

Lecturas anticapitalistas

31 Ago

Hablamos de lo que está en juego, del historiador P. Blom, Como ser Anticapitalistas en el siglo XXI de E.O. Wright, El Capitalismo ha muerto de Mackenzie Wark, y Brujería Capitalista de Steingers.

Acelera la Maquina I

3 Ago

«Lo más significativo es el colapso del sistema climático del planeta, que puede incluso poner en peligro la existencia de toda la población mundial. A pesar de que se trata de la amenaza más grave a la que se enfrenta la humanidad, hay una serie de problemas de menor envergadura pero potencialmente igual de desestabilizadores que coexisten e interactúan con el problema principal. El agotamiento irreversible de los recursos, especialmente de las reservas de agua y energía, puede provocar una hambruna masiva, el colapso de los paradigmas económicos y nuevas guerras, frías y calientes. La crisis financiera continuada ha llevado a los gobiernos a adoptar la espiral mortal de las políticas de austeridad y a privatizar los servicios públicos del estado del bienestar y ha provocado un desempleo masivo así como el estancamiento de los salarios. La creciente automatización de los procesos productivos, incluido el “trabajo intelectual”, pone de manifiesto la crisis secular del capitalismo y su pronta incapacidad a la hora de mantener los niveles de vida actuales, incluso para las clases medias del hemisferio norte, ya en proceso de desaparición.»

MANIFIESTO POR UNA
POLÍTICA ACELERACIONISTA
Por Alex Williams y Nick Srnicek

Lo urgente, lo necesario, lo accesorio

20 Feb

Me cuesta horrores volver aquí, tal vez porque frente a lo urgente de muchas de las cosas que quisiera decir, y lo necesario de otras, casi todos los apuntes de posibles temas a desarrollar aquí, parecen accesorios.

Los urgente se pierde en la vorágine diaria de producción de titulares de las redes instantáneas, como twitter. Por eso quizá, el primer tema al que querría apuntar este 2022 es uno de los urgentes al que la velocidad de transmisión y obsolescencia de la información se llevó por delante.

A fines del año pasado las trabajadoras de la limpieza de Castellón llevaron a cabo huelgas indefinidas para reclamar cosas tan estrambóticas como cobrar el SMI, cobrando un salario base de 784 euros. He trabajado en el sector público en la ciudad y visto como este colectivo era precarizado. La huelga se desconvocó a traición por los sindicatos tradicionales, a cambio de nada, una futura negociación que ahora parece estar muerta. La confianza de los trabajadores en sindicatos mayoritarios y en el Ministerio de Trabajo seguramente está bajo mínimos tras la no derogación de Reforma Laboral, vendida como éxito.

En Córdoba parece que hay un conflicto similar. Quiero que mi primera ruptura de silencio sea de solidaridad, de reconocimiento, y de afecto. Afecto por las profesionales con las que compartí espacio, y con las que no.

Más allá de lo accesorio, y pasado el tiempo mediático de lo urgente, hablemos de lo necesario.

Trabajo Fractal

11 May

La precariedad es la condición general de los semiotrabajadores. La característica fundamental de la precariedad en la esfera social no es la pérdida de regularidad en las relaciones laborales, ya que el trabajo siempre ha sido más o menos precario pese a la regulación de la ley. La transformación fundamental que ha realizado la digitalización del proceso laboral consiste en la fragmentación de la continuidad del trabajo personal, la fractalización y la celularización. El trabajador desaparece en cuanto persona y es reemplazado por fragmentos abstractos de tiempo. El ciberespacio de la producción global puede verse como una vasta extensión de tiempo humano despersonalizado.

En la esfera de la producción industrial, el trabajador de carne y hueso, dotado de una identidad certificada y política, encarnaba el tiempo laboral abstracto. Cuando el jefe necesitaba tiempo humano para la valorización del capital, tenía que contratar a un ser humano, que afrontar la debilidad física, enfermedades y derechos de este ser; el jefe estaba obligado a tener que negociar con los sindicatos y enfrentarse a las demandas políticas del que era portador.

En la era del infotrabajo ya no es necesario invertir en la disponibilidad de una persona durante ocho horas diarias durante toda su vida. Ahora el capital no tiene que contratar a nadie, sino que compra paquetes de tiempo, separados de sus intercambiables y ocasionales portadores. En la economía de internet, la flexibilidad se ha convertido en una forma de fractalización del trabajo.

La fractalización es la fragmentación modular y recombinante de un periodo de actividad. El trabajador deja de existir como persona y se convierte en un mero productor intercambiable de microfragmentos de semiosis recombinante que entran en el continuo flujo de internet.

El capital ya no paga la disponibilidad para que un trabajador pueda ser explotado durante un periodo de tiempo más prolongado; tampoco paga un salario que cubra todo el rango de necesidades económicas del trabajador.

Se paga al trabajador (una máquina dotada de cerebro que puede utilizarse durante fragmentos de tiempo) por sus servicios ocasionales, temporales. El tiempo del trabajo está fragmentado y celularizado. Las células de tiempo se ponen en venta por internet y los negocios pueden adquirir tantas como deseen sin tener que ofrecer protección social alguna al trabajador. El tiempo despersonalizado se ha convertido en el agente real del proceso de valorización; y este tiempo carece de derechos, de organización sindical y de conciencia política. Únicamente puede estar disponible o no disponible (aunque esta última alternativa sigue siendo puramente teórica, ya que el cuerpo físico necesita comprar comida y pagar el alquiler, pese a no ser una persona legalmente reconocida).

El tiempo necesario para producir infocomodidad se vuelve líquido en la máquina digital recombinante. La máquina humana está ahí, pulsante y disponible, como un cerebro esperando a expandirse. La extensión del tiempo está meticulosamente celularizada: las células del tiempo productivo pueden movilizarse en formas puntuales, casuales y fragmentarias. La recombinación de estos fragmentos se realiza automáticamente en la red. El teléfono móvil es la herramienta que posibilita la conexión entre las necesidades del semiocapital y la movilización del trabajo vivo del ciberespacio. El tono de llamada del teléfono móvil convoca a los trabajadores a que reconecten su tiempo abstracto en el flujo reticular.

En esta nueva dimensión laboral, la gente no tiene derecho a proteger o negociar el tiempo del que son formalmente propietarios y que se les expropia eficazmente. Dicho tiempo no les pertenece realmente, porque está separado del circuito de producción virtual recombinante. El tiempo de trabajo está fractalizado, reducido a fragmentos mínimos que pueden ensamblarse de nuevo, y gracias a la fractalización el capital encuentra las condiciones del salario mínimo de forma constante.

El trabajo fractalizado se produce de manera puntual, aquí y allá, en ciertos puntos, sin que sea posible poner en marcha un esfuerzo concertado de resistencia.

Solo la proximidad espacial de los cuerpos de los trabajadores y la continuidad de la experiencia del trabajo en equipo permite la posibilidad de un proceso prolongado de solidaridad. Sin dicha proximidad ni dicha continuidad, no se dan las condiciones para que los cuerpos celularizados se combinen formando una comunidad. La integración de actuaciones individuales que dé lugar a un impulso colectivo de importancia necesita de una proximidad continua en el tiempo, una proximidad que el infotrabajo imposibilita.

La actividad cognitiva siempre ha estado presente en todo tipo de producción humana, incluso en la más mecánica. No hay proceso humano de trabajo que no implique un ejercicio de inteligencia. Pero la capacidad cognitiva hoy se ha convertido en el recurso productivo fundamental. En la era del trabajo industrial, la mente estaba al servicio de un automatismo repetitivo, era el director neurológico del esfuerzo muscular. Mientras que el trabajo industrial era esencialmente repetición de actos físicos, el trabajo mental cambia de objeto y procesos de forma continua. Por tanto, la incorporación de la mente en el proceso de la valorización capitalista ha conducido a una verdadera mutación. El organismo consciente y sensible está sometido a una competición cada vez mayor, a una aceleración de estímulos, a un constante esfuerzo de atención. De ahí que el entorno mental, la infoesfera en la que se forma la mente y entra en relación con otras mentes, se haya convertido en un entorno psicopatológico.

Para comprender la infinita gama de espejos del semiocapitalismo, primero hemos de trazar en líneas generales un nuevo campo disciplinario delimitado por tres aspectos: la crítica de la economía política de la inteligencia conectiva; la semiología de los flujos lingüístico-económicos; y la psico-química de la infoesfera, que se centra en el estudio de los efectos psicopatológicos de la explotación mental debida a la aceleración de la infoesfera.

En el mundo conectado, los círculos retroactivos de la teoría general de sistemas se fusionan con la lógica dinámica de la biogenética para formar una visión posthumana de la producción digital. Las mentes y los cuerpos humanos se integran con los circuitos digitales gracias a los interfaces de aceleración y simplificación: está naciendo un modelo de producción bioinfo que produce artefactos semióticos capaces de autorreplicar sistemas vivos. Una vez que se pone totalmente en marcha, el sistema nervioso digital puede ser rápidamente instalado en cualquier forma de organización.

La red digital está produciendo una intensificación de infoestímulos transmitidos del cerebro social a los cerebros individuales. Esta aceleración es un factor patógeno que tiene efectos de largo alcance en la sociedad.

Puesto que el capitalismo está conectado al cerebro social, el meme de aceleración psicótico actúa de agente patológico: el organismo es atraído hacia un espasmo hasta que colapsa.

(Franco Bifo Berardi, Héros, Asesinato masivo y suicidio)

Tiene usted derecho a ser administrado

4 Mar

«Con el derrumbe de los antiguos estados del bienestar, todo esto ha comenzado a parecer decididamente pintoresco. Conforme la derecha, que insiste en «soluciones de mercado» a todo problema social, adopta el lenguaje antiburocrático con ferocidad cada vez mayor, la izquierda de corriente mayoritaria se ha visto reducida a una especie de patética lucha de retaguardia, intentando salvar los restos del antiguo Estado del bienestar: ha aceptado (a veces, incluso impulsado) los intentos de hacer que el gobierno sea más «eficiente» a través de la parcial privatización de servicios y la incorporación de cada vez más «principios de mercado», «incentivos a los mercados» y «procesos de transparencia» orientados hacia los mercados en la propia estructura de la burocracia.

El resultado es una catástrofe política. No hay otra manera de decirlo. Lo que se presenta como soluciones de la izquierda «moderada» a cualquier problema social (y las soluciones de la izquierda radical, hoy en día, se descartan sin más en casi todo el mundo) ha acabado por ser una absurda fusión de los peores elementos de la burocracia y los peores elementos del capitalismo. Es como si alguien hubiera intentado conscientemente crear la postura política menos atractiva posible. Dice mucho de lo que queda de los auténticos ideales de la izquierda el que alguien siquiera considere votar a un partido que promueve este tipo de cosas, porque si lo hacen no es, evidentemente, porque piensen que son buenas políticas, sino porque son las únicas que le permiten poner en marcha a alguien que se identifica a sí mismo como de centroizquierda.

¿Resulta tan sorprendente, pues, que cada vez que hay una crisis social, sea la derecha, más que la izquierda, la que se convierte en vehículo de la expresión de la ira popular?

La derecha, al menos, tiene una crítica de la burocracia. No es muy buena. Pero al menos existe. La izquierda no tiene ninguna. La consecuencia es que cuando los que se identifican con la izquierda tienen algo negativo que decir de la burocracia, se suelen ver obligados a adoptar una versión deslavazada de la crítica de la derecha»

(David Graeber, La Utopía de las Normas)

Imagínese una sociedad

24 Feb

Ilustración de Josan González

“Imagínense una sociedad que somete a las personas a condiciones que las hacen terriblemente infelices y luego les da las drogas para eliminar su infelicidad. La ciencia ficción ya está sucediendo hasta cierto punto en nuestra propia sociedad. En lugar de eliminar las condiciones que deprimen a las personas, la sociedad moderna les da medicamentos antidepresivos. En efecto, los antidepresivos son un medio para modificar el estado interno de un individuo de tal manera que le permitan tolerar condiciones sociales que de otro modo le resultarían intolerables «.

(Theodore Kaczynski)

David Graeber y la Ley de Hierro del Liberalismo

7 Sep

«El problema con todo esto es que apenas guarda ninguna relación con lo que realmente ocurrió. En primer lugar, los mercados, históricamente, no surgieron como modos autónomos de libertad, independientes de, y opuestos a las autoridades estatales. La realidad fue exactamente lo opuesto. Históricamente, los mercados han sido, bien efectos colaterales de operaciones gubernamentales, especialmente operaciones militares, bien creados directamente por políticas gubernamentales. Esto ha sido así como mínimo desde la invención de la acuñación, que se creó y promulgó a fin de aprovisionar a los soldados; durante la mayor parte de la historia euroasiática, la gente empleaba cotidianamente acuerdos de crédito informal, y el dinero físico (oro, plata, bronce) y el tipo de mercados impersonales que éste creó no fueron sino un añadido a la movilización de las legiones, el saqueo de ciudades, la exacción de tributos y el modo de disponer del botín.

De igual manera, los modernos sistemas bancarios se crearon para financiar guerras. Así que la historia convencional presenta un problema principal. Y hay otro más dramático. Aunque la idea de que el mercado se opone de alguna manera al gobierno (y es independiente de él) se ha empleado al menos desde el siglo XIX para justificar las políticas del laissez-faire destinadas a reducir el papel del gobierno, nunca ha tenido ese efecto. El liberalismo inglés, por poner un ejemplo, no implicó una reducción de la burocracia estatal, sino exactamente lo opuesto: una creciente gama de secretarios, registradores, inspectores, notarías y oficiales de policía que hacían posible el sueño liberal del libre contrato entre individuos autónomos. Resultaba que mantener una economía de mercado libre requería mil veces más papeleo que una monarquía absolutista al estilo de la de Luis XIV.

Esta aparente paradoja (que políticas gubernamentales dirigidas a reducir la interferencia gubernamental en la economía en realidad acabaran produciendo más regulaciones, más burócratas y más policía) se puede observar tan regularmente que creo que justifica el que la tratemos como a una ley sociológica general. Propongo llamarla la «Ley del hierro del liberalismo»:

La ley del hierro del liberalismo dicta que toda reforma del mercado, toda iniciativa del gobierno dirigida a reducir trámites burocráticos e impulsar las fuerzas del mercado tendrá, como efecto final, el aumento del número total de regulaciones, la cantidad total de papeleo y la cantidad total de burócratas que emplea el gobierno.

El sociólogo francés Emile Durkheim ya observaba esta tendencia a principios del siglo XX, y, finalmente, fue imposible ignorarla. A mediados de siglo, incluso críticos de derechas como Von Mises admitían (al menos en sus escritos académicos) que en realidad los mercados no se regulaban por sí mismos, y que, en efecto, se necesitaba un ejército de administradores para que cualquier sistema de mercado funcionase (para Von Mises, ese ejército sólo se volvía problemático cuando se empleaba para alterar resultados de los mercados que causaran sufrimientos injustos a los pobres). Pese a todo, los populistas de derechas pronto se dieron cuenta de que, fuera cual fuera la realidad, apuntar contra los burócratas era casi siempre rentable. De ahí que, en sus pronunciamientos públicos, su condena de lo que el gobernador estadounidense George Wallace, en su campaña a la presidencia de 1968, denominó «burócratas de cabeza puntiaguda» que vivían de los impuestos de los «ciudadanos trabajadores» fuera implacable.

En realidad, Wallace es una figura crucial al respecto. Hoy en día los estadounidenses lo recuerdan como un reaccionario fracasado, incluso un lunático gruñón: el último segregacionista sureño del ala dura, de pie con un hacha en la entrada de una escuela pública. Pero en los más amplios términos de su legado, podría representárselo como un genio político: al fin y al cabo, fue el primer político en crear una plataforma a escala nacional para un tipo de populismo de derechas que pronto se demostraría tan infeccioso que hoy en día, una generación más tarde, ha acabado aceptado por casi todo el mundo, atravesando el espectro político.

En consecuencia, entre los estadounidenses de clase media, se percibe al gobierno como algo constituido por dos tipos de personas: los «políticos», unos ladrones y mentirosos fanfarrones a los que, ocasionalmente, se puede echar, mediante voto, de su despacho, y los «burócratas», que no son sino unos condescendientes elitistas casi imposibles de eliminar. Se entiende que hay una alianza tácita entre aquellos que han acabado siendo vistos como los pobres parásitos (en América, trazados generalmente en términos abiertamente racistas) y los santurrones funcionarios, igualmente parásitos, cuya existencia depende de subsidiar a los pobres con dinero ajeno.

Nuevamente, la izquierda mayoritaria (o lo que se supone que ha de pasar por izquierda en estos días) no ha hecho sino ofrecer una versión deslavazada de este lenguaje de la derecha. Bill Clinton, por poner un ejemplo, pasó tanto tiempo de su carrera arremetiendo contra los funcionarios que, tras el atentado contra el edificio Murrah, de Oklahoma City, sintió que debía recordar a los estadounidenses que los funcionarios eran seres humanos, y prometió no volver a emplear jamás la palabra «burócratas».

En el populismo contemporáneo estadounidense (y cada vez más en el del resto del mundo) sólo cabe una alternativa a la «burocracia», y es «el mercado». A veces se mantiene para argumentar que deberíamos eliminar a los burócratas y dejar que la naturaleza siga su curso, lo que significa dejar que la gente lleve a cabo sus vidas y sus asuntos sin las interferencias de interminables regulaciones y normas que se les imponen desde arriba, y permitir así que la magia del mercado proporcione sus propias soluciones.

«Democracia» pasó así a significar mercado; «burocracia», a su vez, interferencia gubernamental con el mercado; y es en esto, a grandes rasgos, en lo que el mundo se encuentra hoy en día.»

(David Graeber, La Utopía de las Normas)

Malestar Cautivo

24 Ago

Es dada esta tierra a faccionalismos, tribalismos, y odios ideológicos profundos, envidias y agravios a menudo enraizados en historias familiares de sangre y arena, intereses particulares disfrazados de enfrentamientos ideológicos, cunetas, guerrillas carlistas, y si me apuran, levantamientos comuneros. Amamos odiarnos, y somos pioneros de ese fenómenos que a partir de los 70s-80s ha ido ganando vuelo en los USA, la polarización social. A veces creo que sólo la comedia absurda, ácida y austrohúngara de Berlanga pudo narrar nuestra idiosincrasia.

Tal vez en ningún otro país europeo, salvo quizá los que hayan vivido conflictos recientes (Balcanes, Ucrania) se aprecia esa inquina en la parrilla catódica, en las actas del congreso, en los pasillos de departamentos de universidad, e incluso en las sedes de los partidos (los mayores enemigos del políticos son su correligionarios, las peores cuchilladas vienen por la espalda, y el fuego mortal suele ser el fuego amigo, por aquello de la competencia).

Se produce un momento paradójico, que es evidente ahora mismo en USA: hay un malestar social profundo, unas demandas desde las bases progresistas, ignoradas por el establishment, que se ven cautivas del mal mayor, la victoria de Trump. ¿a dónde van los descontentos por la izquierda del Partido Demócrata ante las elecciones de noviembre? A pesar de los desplantes, el movimiento a la derecha reaccionaria, policial, anti medidas sociales, represiva de Biden y Harris, éstos juegan al momento histórico, culpar de dejar en manos de un sociópata incapaz el país a los abstencionistas.

El mal menor sigue siendo un mal.

En España, me temo, algo hay parecido: la acelerada descomposición de Podemos, y la no muy sorprendente posición subsidiaria de Bruselas de los socialistas, debería hacer volar por los aires al gobiernos con huelgas generales (bueno, si hubiera sindicatos mayoritarios dignos de tal nombre). Pero el pavor de que la crisis sanitaria la gestione la derecha como en Madrid o Cataluña (el sui géneris cóctel de imprevisión, privatización, lucro e inacción) hace cerrar filas.

Por el camino nos hemos dejado la reforma laboral, la ley mordaza, medidas impositivas a grandes fortunas, transacciones bancarias, medidas para revertir el rescate bancario ligadas a la crisis de vivienda, y por supuesto el desastre del Ingreso Mínimo Vital, una burla y una estafa para quienes el concepto de una Renta Básica significa algo.

Dice el informe del relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y Derechos Humanos:

«La excesiva burocratización del sistema de asistencia social es una de las principales causas de exclusión, y los irrazonables e imposibles requisitos de documentación constituyen obstáculos que la refuerzan».

El IMV se resume fácilmente: Según UGT, de 714.000 solicitudes presentadas, solo se han resuelto 32.629, el 4,57%. Menos de un 5% de resoluciones: a eso se le llama urgencia social. Y de las resoluciones solamente el 12,7% han sido favorables. Es fácil el cálculo: el 0,58% del total presentadas.

La retórica a menudo se nos presenta como simulacro de la política. A las puertas de la negociación de unos Presupuestos de crisis, duele confesar que hay más demagogia que realidad en el escudo social de este Gobierno.

¿Qué nos queda a los disidentes a la izquierda de este gobierno que sin embargo tememos la casi inevitable alternativa que nos ha de helar el corazón?

Dicen que la esperanza quedó dentro de la caja de Pandora que contenía los males que pueblan el mundo, y por lo tanto, era el último de esos males. Así que esperanza no nos queda. Renunciamos también a las fáciles cábalas conspiranoicas que ofrecen el consuelo de un poder oculto culpable.

Cada país tiene el gobierno que merece. La clase política surge de la sociedad, no a la inversa. Así que la pregunta sería cómo cambiar al ciudadano medio, y no cómo impulsar al poder al representante de la tribu que menos nos decepcione.

Sin esperanzas pero sin derrotismos, se trata de ejercer el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Por no admitir que esto no tiene remedio, y que son molinos, Sancho.

El momento apocalíptico

6 Ago

No voy a exagerar si digo que mi barrio se ha convertido, más en los últimos tiempos pero ya antes de la movida, en una sección de esquelas económicas en tres dimensiones. Bajos habitualmente dedicados durante décadas a la ferretería, la venta de electrodomésticos, kioskos, talleres de coche, y por supuesto, restauración y ocio, están saturados de persianas cerradas y carteles de «Se vende». En un barrio medio céntrico, cercano al parque del río Turia, a la Ciudad de las Ciencias, y al otrora hipster barrio de Ruzafa, así como a las zonas «nobles» de Cánovas, Gran Vía y Aragón. En el medio plazo la devastación del pequeño comercio puede tener consecuencias insospechadas.

Un negocio relativamente nuevo y próspero en mi calle es una tienda de parafernalia militar, de juegos de guerra (paintball) y kits de supervivencia. Con un catálogo desproporcionado de cuchillos y machetes de caza, ropa paramilitar, créanme si les digo que la superficie es más propia de un concesionario de coches.

Curiosamente, es un movimiento que en U.S.A. tiene recorrido desde el pánico nuclear de los 50s, exacerbado por los planes de defensa civil y la propaganda tremendista anticomunista, la moda de los búnkeres privados para las clases del suburbio de «cuellos blancos» o trabajadores cualificados, hasta la locura setentera de los ex veteranos de Vietnam y los post-hippies reaccionarios que venían de comunas fracasadas, a tal punto que el apóstol de la época era el rockero Ted Nugent, virtuoso guitarrista obseso por las armas. Más curiosamente a raíz del triunfo de Trump, los «liberal survivalist» o «left wing preppers» o survivalistas del ala izquierda, han comenzado a dotar al movimiento «prepper» (preparamentista ¿?) de una cierta base transversal.

Así que, mientras siempre he sido visto como una rara avis del pesimismo social e histórico en mi círculo de amistades, veo como mi entorno está siendo vaciado, y gentes todavía más pesimistas, y en cierto modo desesperadas, hacen florecer un tipo de negocio basado en la creencia del colapso, el desastre y la catástrofe, y la salvación individual en un mundo hobbesiano. La tienda survivalista de la esquina a la vez me valida en mis análisis, y me aterra en sus consecuencias y sobre todo, en las transformaciones que el terror realiza en aquellos que sucumben a él. Yo puede que no tenga esperanzas, pero al menos no soy un fanático del miedo.