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The Last Movie- Dennis Hopper

30 Ene

Érase una vez en América un actor que empezó en westerns, que quedó profundamente afectado por el método de actuar de James Dean y Brando, y se dio con un muro al tratar de aplicarlo a la serie B. Por una década, se fue arrastrando por la TV, haciendo de magnífico fotógrafo en su tiempo libre, hasta que los contactos de su nueva y bien relacionada esposa le devolvieron al cine.

Este tipo se llamaba Dennis Hopper y era tan talentoso como autodestructivo, al extremo, guiado por demonios internos que lo podían llevar a derivas alcohólicas de semanas de duración, y un expediente de maltrato de género, peleas, drogas, y en general, devastación.

Conoció a Peter Fonda en la factoría de películas de serie B de Corman, y forjaron una alianza con Jack Nicholson (por entonces casi desconocido y con aspiraciones como guionista y director), Bob Rafelson y Bert Schneider (la persona que, años después, y tras el reguero de traiciones y egoísmos de Hopper, haría más por alejarle de la droga).

El resultado fue el éxito de una película contracultural que, irónicamente, anuncia el fin del sueño hippie, algo que no todo el mundo supo ver en su momento. “La hemos cagado” diría el personaje de Fonda. Un Western crepuscular con motos en lugar de caballos, en una Norteamérica dividida y con una juventud despertando de su utopía hacia el páramo de los 70s.

La Última Película es un tour de force para Hopper. Saludado como un gran innovador y un faro cultural, Hopper escoge para su segundo largometraje rodar en Perú, rodeado de amigos, con montañas de cocaína, y en un estado de embriaguez continúa. El montaje de la película duraría más de un año. El fracaso y el apalizamiento encarnizado no sólo de la crítica, sino de la contracultura que lo había ensalzado como uno de los suyos, haría que Hopper se refugiara en su rancho de Taos entre camiones de droga, simplemente actuara para pagar facturas, y no dirigiera otra película en 10 años.

Una lástima total. Estamos ante una malograda obra genial de un director a su vez malogrado que hubiera podido dar obras geniales. Movido por un interés por el color, que es además de la disponibilidad de droga un motivo por el que escogió para los exteriores los espacios naturales de Perú, en la versión blu-ray restaurada a 4K hay momentos estéticos muy bellos a lo Antonioni. Escenas en los campos floridos, y la sorprendente escena erótica en la cascada, sorprendente por el buen gusto y moderación con que Hopper la rueda, son muestra de ello.

El montaje, según reconoce Hopper, debe mucho a Goddard, no un santo de mi devoción pero sin duda alguien que estudió las reglas clásicas del cine para subvertirlas. Hay movimientos de cámara interesantes que se combinan con cortes abruptos, e insertos de “Scene Missing” que luego copiarían Tarantino y Rodríguez para sus divertimentos. Es incluso más obvia la influencia en Alex Cox y su genial “Walker”.

Es tremendamente obvio que no hay guión al estilo tradicional, y se iba improvisando la historia, al estilo del segmento del Mardi Gras de Easy Rider, pero este hecho y el montaje loco, en el que se dejó aconsejar por Jodorowsky (un proscrito para este blog, un tahúr sin talento) no hacen que la película sea especialmente incomprensible.

La ira del público hippie y el fracaso comercial viene de la ausencia total de personajes positivos (A diferencia de Easy Rider, con Fonda y Nicholson) y los problemas que el tratamiento a los indígenas y a las mujeres provocaba en un público políticamente correcto. Estamos ante una película rodada en el 70, y estrenada en el 71, y mucho de su seguimiento de los indígenas es casi documental al estilo de Herzog (que no estrenaría Aguirre hasta 1972).

La dirección de actores es de una libertad total a los mismos, al estilo Altman (cuando Altaman quería) y el mismo Hopper está espléndido. El actor más admirado por Hopper tras su amigo James Dean, era Montgomery Clift, y hay mucho del aura de sensibilidad y vulnerabilidad de Monty acá.

Esa es la genialidad, vemos a alguien que se ve a si mismo de ese modo, que emprende un viaje a lo que a sus ojos es un Edén pleno de pureza, y que trae intenciones de respeto, de exploración, y en definitiva, del pacifismo de los 60s. Pero que como Hopper, está lleno de demonios internos, y es un agente de destrucción y violencia, de maltrato y superioridad frente a su pareja nativa. Un stuntman, o especialista de escenas de acción, que tras un rodaje de películas del oeste, un medio en el que Hopper creció, se queda en un Perú que sólo existe en su imaginación, cuando el resto del equipo vuelve a Hollywood.

Por otro lado, el mito del buen salvaje indígena, tan extendido en la juventud estadounidense de la época, a la que le es más fácil amar al prójimo lejano y soñar con revoluciones políticas y espirituales en confines remotos que no le comporten involucrarse, es atacado por esta película. Es una época de triunfo mítico del Don Juan de Castaneda y de los chamanes, ese exotismo que acabaría en secta New Age. Otro gran motivo de elegir Perú por delante de México era la percepción de la violencia en ambos países.

Los extranjeros traen con su rodaje el mito del western, la violencia del oeste, pero los nativos, al fascinarse con la escenificación del cine, no se ven corrompidos por el exterior, sino que sólo adaptan sus propias tendencias de violencia y exceso a la nueva forma gringa. De este modo, construyen cámaras e iluminaciones de mimbre rodando una película inexistente con una violencia muy real que ya no es simplemente escenificada, una nueva tradición importada, incorporada a su folclore.

El horror inicial del párroco católico se torna en adaptación a la nueva tradición del pueblo, cual carnaval, retratando la posición cínica de la Iglesia. El personaje de Hopper parece elegido para cumplir un sacrificio simbólico, en una serie de peripecias ambiguas que pueden dejar al espectador algo perplejo.

El personaje de Hopper se ve involucrado de lleno en esa vorágine, entre sus devaneos con la bohemia de exiliados borrachos que frecuentan los bajos fondos de la ciudad cercana: una acertada muestra de que el mundo rural ya ha sido colonizado por una cultura ajena y por la propia naturaleza humana , una ciudad que contiene elementos sórdidos, y parafernalia de la vida moderna sin estrecheces.

La amante de nuestro protagonista se nos muestra pragmática, y le dice las verdades que el personaje de Hopper no quiere escuchar: ella, que ha crecido en la precariedad y la conoce, quiere la vida acomodada a la que él puede acceder en su país, y no es tan tolerante con los sueños bucólicos de emancipación de su partenaire. No es sorprendente que los hippies que adoraron Easy Rider se sintieran señalados e interpelados.

El cine dentro del cine que la película escenificada por los lugareños provoca, crea un efecto muñeca rusa: El equipo de Hollywood rueda su película, los lugareños escenifican la suya, y el propio Hopper director está realizando la película que estamos viendo, interactuando, cometiendo excesos en la vida real, y afectando la vida en el lugar de rodaje, y Hopper es consciente, incluso en su total desbarre personal, de todo ello.

La película propiamente no termina, sino como una obra de Kafka, podría seguir indefinidamente en el errabundo vagabundeo de este buscador, que parece seducido por un El Dorado que no existe, en una país que imagina, creyéndose una persona que no es. Algo, en el fondo, muy parecido al Aguirre de Kinski y Herzog.

Libre

9 Abr

easyrider43

“Es difícil ser libre cuando te compran y te venden en el mercado…”