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Caballero Bonald: Happy Birthday, poeta.

11 Nov

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DIARIO DE KAFKA


Si ahora de pronto optase
por no escribir (o no pudiera) y diera
el día por perdido, posponiendo
para quién sabe cuándo, y además
qué importa, la metódica
copia de mi agresividad
contra mí mismo, ¿pensaría
como Kafka (conocido empleado
de seguros) que esa dudosa obligación
no cumplida, se me iba a convertir
de alguna burocrática manera
en la razón de una desdicha irreparable?




            

Experimento poético #1: Intermedio Surrealista mientras busco algo interesante que decir

14 Abr

La nada flota en la laguna del blog, mientras contemplo este bosque sin árboles, sin cielo ni pájaros, cruel y verde que me observa impasible. No tengo apenas palabras, y algunas que dije arden en el suelo.

El horror de los demás, el horror de mi mismo, y un bello apocalipsis lento, carcoma del pueblo, goma de borrar de los ancestros y de sus esfuerzos por conquistar el futuro, un futuro, un día gris de tormenta que amenaza pero no liquida.

Una estrella me contempla desde un sueño a medio barruntar en mi delirante psique, incrustada desde el fondo de la palma de mi mano, iluminada por las que llaman líneas de la vida y del amor, parpadeándo entre los surcos secos de piel y cartílago palpitante.

¿Me amas? dijo estúpidamente, y no pude articular respuesta, mudas, ateridas, las palabras migraron a las islas ensangrantadas de la incertidumbre, ocultas tras nubes de dedos fríos, agarrotados.

Con mi ejército de soldaditos de plomo me lancé en su busca, con el sabor a luna pudriéndose en la boca, con luz de risas y polvo blanco de maravilla echado a perder.

Huesos molidos y salvajes, fueron los despojos pálidos de mi ejército de juguetes fantasma, derribados uno a uno por las sumas y restas de la vida cotidiana, ábacos infernales y máquinas expendedoras de tabaco light.

Un cuerpo veloz y trémulo estalla por dentro, derramando confeti y materia oscura, ósuclos de estrella y cristales rotos, el estropicio de la luz al morírseme entre los dedos.

Un cosmos en ruinas calcina la abismal carne que me mantiene apenas pegado a mis células rebeldes, sobre mi caballo de madera de paciente de manicomio que se cree Napoleón tan sólo por poder amar un segundo a Josefina.

Besos narajas y caricias abrasadoras consumen minutos inútiles, momentos de vida frescos como gotas de rocío y preñados de la culpable fugacidad.

Construimos refugios en campos sembrados de piedras, estrujamos tormentas en el vientre hermoso del recuerdo, en la ruina mortal de pétalos cadavéricos y preñados de futuro.

Porque el futuro era esto, tristeza y páramo, pero yo ahora tengo la mirada hecha de añicos de estrella, y por fin tengo fortaleza para ser débil, y permitirme el lujo de estar triste a veces, mientras conquisto el mundo de polígonos vacíos y ruinas felices de infancia y promesa, de luz y de niebla: Llamadme Nube de Tormenta, porque los cúmulos me roen las entrañas, y yo sonrío, sonrío, sonrío, con labios prestados al horizonte y a la oscuridad, con una fuerza absurda que no sabía que tenía.