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Cuadernos del Servicio Burocrático #1

5 Ago

“Ya sea que la máscara se etiquete como fascismo, democracia o dictadura del proletariado, nuestro gran adversario sigue siendo el aparato: la burocracia, la policía, el ejército. No el que nos enfrenta a través de la frontera de las líneas de batalla, que no es tanto nuestro enemigo como el enemigo de nuestros hermanos, sino el que se llama a sí mismo nuestro protector y nos convierte en sus esclavos. No importa cuáles sean las circunstancias, la peor traición siempre será subordinarnos a este aparato y pisotear, en su servicio, todos los valores humanos en nosotros mismos y en los demás «.
– Simone Weil

You see, Bob, it’s not that I’m lazy, it’s that I just don’t even care.

(Office Space)

Nunca habían conseguido a dos personas para mi departamento (Sanciones y Reclamaciones) así que a pesar de tener que contar con barro ciertamente mejorable para esculpir a sus golems de despacho, había cierta satisfacción en el aire. Llegué hace casi un año, y unos tres meses después, llegó la joven compañera, todavía sin la pátina de cinismo, y con un extra de energía con el que ciertamente yo no contaba, aunque yo aportaba cierto aire de persona viajada, calmada, y acostumbrada a lidiar con quejas y consecuencias de malas prácticas empresariales.

Por mi parte empecé a percatarme pronto de que la utilidad de la actividad a que iba a dedicar gran parte de mi tiempo era en parte limitada, y a grandes rasgos, un producto del absurdo general. No caí en la trampa de mostrar mis cartas pronto y convertirme en un Bartleby-escribiente, con un explícito lema de «preferiría no hacerlo» como magistralmente Melville configuró a los chupatintas que, en algún momento de iluminación, deciden ofrecer una resistencia pasiva, una objeción de conciencia a la burocracia. Decidí rebajar las expectativas poco a poco, gradualmente.

Mi Departamento existe porque hay una normativa deliberadamente obscurantista, frente a un servicio que es ofrecido por un puñado de compañías en un cártel de facto. En teoría resolvemos problemas. En la práctica, transformamos problemas dándoles la forma de plantilla de procesador de texto.

En teoría los reclamantes están en posición de cierta indefensión. En la práctica, nos las vemos fundamentalmente con pillos que roban del servicio principal, en una maraña de expedientes administrativos, nos movemos lentamente entre intercambios de requerimientos a todas las partes para que aporten documentos que no probarán nada, para alcanzar una situación que no dará satisfacción a nadie, solucionando un problema que no tendría por qué existir.

Es el abismo del absurdo lo que me lleva en ocasiones al filo del enajenamiento a la parálisis por pura estupefacción existencial: Se dicta una decisión administrativa, se nos comunica su cumplimiento, pero el ciudadano no la ve cumplida, se le exige prueba de que no ha sido cumplida, se produce un cortocircuito, al quedar desnudo el emperador, la supuesta autoridad que el nombre de este Servicio Burocrático Estatal reviste de ritual e importancia, significa poco, y es fácil de señalar como el hombre desnudo que es.

Yo me aferro a la certeza de que nada de esto tiene sentido, y no pretendo dárselo, acometiendo los trámites rituales con el ánimo y el empuje mínimos que se le ofrecen a las cosas que son irrelevantes, tratando de salvar un pedazo de mi alma.

Contemplo los píxels de mi computador con la mirada perdida, aparentando una productividad en realidad bajo mínimos, como en la película Office Space, consciente de que los menos afortunados no tienen ni siquiera un trabajo absurdo e inútil al que acogerse y que fuera de este decorado de representación teatral de Kafka, sopla un viento frío, hay intemperie, imperios están cayendo, civilizaciones colapsan, cuerpos afectados por la plaga son amontonados.