Ganarse la vida

18 Sep

“La idea de dedicar la mejor parte de la vida a trabajar y ganar dinero, y disfrutar sólo más tarde de una dudosa libertad durante la peor parte de la misma, me recuerda a la historia de aquel inglés que se fue a la India a hacer una fortuna para volver después a Inglaterra y llevar una vida de poeta. Debería haberse subido directamente a la buhardilla.”

(Thoreau)

¿Qué se espera de tí?

8 Sep

“¿Qué clase de hombre requiere por lo tanto nuestra sociedad para poder funcionar bien? Necesita hombres que cooperen dócilmente en grupos numerosos, que deseen consumir más y más, y cuyos gustos estén estandarizados y puedan ser fácilmente influidos y anticipados. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, que no estén sometidos a ninguna autoridad o principio o conciencia moral y que no obstante estén dispuestos a ser mandados, a hacer lo previsto, a encajar sin roces en la máquina social; hombres que puedan ser guiados sin fuerza, conducidos sin líderes, impulsados sin meta, salvo la de continuar en movimiento, de funcionar, de avanzar. El industrialismo moderno ha tenido éxito en la producción de esta clase de hombre: es el autómata, el hombre enajenado. Enajenado en el sentido de que sus acciones y sus propias fuerzas se han convertido en algo ajeno, que ya no le pertenecen; se levantan por encima de él y en su contra, y lo dominan en vez de ser dominadas por él. Sus fuerzas vitales se han transformado en cosas e instituciones; y estas cosas e instituciones han llegado a ser ídolos. No son vividas como el resultado de los propios esfuerzos del hombre sino como algo separado de él, algo que adora y reverencia y a lo que se somete. El hombre enajenado se arrodilla ante la obra de sus propias manos. Sus ídolos representan sus propias fuerzas vitales en forma enajenada. El hombre se vive a sí mismo no como el portador activo de sus propias fuerzas y riquezas sino como una «cosa» empobrecida, dependiente de otras cosas que están fuera de él, en las que ha proyectado su substancia viviente.”

(Eric Fromm, la Condición Humana Actual)

David Graeber y la Ley de Hierro del Liberalismo

7 Sep

“El problema con todo esto es que apenas guarda ninguna relación con lo que realmente ocurrió. En primer lugar, los mercados, históricamente, no surgieron como modos autónomos de libertad, independientes de, y opuestos a las autoridades estatales. La realidad fue exactamente lo opuesto. Históricamente, los mercados han sido, bien efectos colaterales de operaciones gubernamentales, especialmente operaciones militares, bien creados directamente por políticas gubernamentales. Esto ha sido así como mínimo desde la invención de la acuñación, que se creó y promulgó a fin de aprovisionar a los soldados; durante la mayor parte de la historia euroasiática, la gente empleaba cotidianamente acuerdos de crédito informal, y el dinero físico (oro, plata, bronce) y el tipo de mercados impersonales que éste creó no fueron sino un añadido a la movilización de las legiones, el saqueo de ciudades, la exacción de tributos y el modo de disponer del botín.

De igual manera, los modernos sistemas bancarios se crearon para financiar guerras. Así que la historia convencional presenta un problema principal. Y hay otro más dramático. Aunque la idea de que el mercado se opone de alguna manera al gobierno (y es independiente de él) se ha empleado al menos desde el siglo XIX para justificar las políticas del laissez-faire destinadas a reducir el papel del gobierno, nunca ha tenido ese efecto. El liberalismo inglés, por poner un ejemplo, no implicó una reducción de la burocracia estatal, sino exactamente lo opuesto: una creciente gama de secretarios, registradores, inspectores, notarías y oficiales de policía que hacían posible el sueño liberal del libre contrato entre individuos autónomos. Resultaba que mantener una economía de mercado libre requería mil veces más papeleo que una monarquía absolutista al estilo de la de Luis XIV.

Esta aparente paradoja (que políticas gubernamentales dirigidas a reducir la interferencia gubernamental en la economía en realidad acabaran produciendo más regulaciones, más burócratas y más policía) se puede observar tan regularmente que creo que justifica el que la tratemos como a una ley sociológica general. Propongo llamarla la «Ley del hierro del liberalismo»:

La ley del hierro del liberalismo dicta que toda reforma del mercado, toda iniciativa del gobierno dirigida a reducir trámites burocráticos e impulsar las fuerzas del mercado tendrá, como efecto final, el aumento del número total de regulaciones, la cantidad total de papeleo y la cantidad total de burócratas que emplea el gobierno.

El sociólogo francés Emile Durkheim ya observaba esta tendencia a principios del siglo XX, y, finalmente, fue imposible ignorarla. A mediados de siglo, incluso críticos de derechas como Von Mises admitían (al menos en sus escritos académicos) que en realidad los mercados no se regulaban por sí mismos, y que, en efecto, se necesitaba un ejército de administradores para que cualquier sistema de mercado funcionase (para Von Mises, ese ejército sólo se volvía problemático cuando se empleaba para alterar resultados de los mercados que causaran sufrimientos injustos a los pobres). Pese a todo, los populistas de derechas pronto se dieron cuenta de que, fuera cual fuera la realidad, apuntar contra los burócratas era casi siempre rentable. De ahí que, en sus pronunciamientos públicos, su condena de lo que el gobernador estadounidense George Wallace, en su campaña a la presidencia de 1968, denominó «burócratas de cabeza puntiaguda» que vivían de los impuestos de los «ciudadanos trabajadores» fuera implacable.

En realidad, Wallace es una figura crucial al respecto. Hoy en día los estadounidenses lo recuerdan como un reaccionario fracasado, incluso un lunático gruñón: el último segregacionista sureño del ala dura, de pie con un hacha en la entrada de una escuela pública. Pero en los más amplios términos de su legado, podría representárselo como un genio político: al fin y al cabo, fue el primer político en crear una plataforma a escala nacional para un tipo de populismo de derechas que pronto se demostraría tan infeccioso que hoy en día, una generación más tarde, ha acabado aceptado por casi todo el mundo, atravesando el espectro político.

En consecuencia, entre los estadounidenses de clase media, se percibe al gobierno como algo constituido por dos tipos de personas: los «políticos», unos ladrones y mentirosos fanfarrones a los que, ocasionalmente, se puede echar, mediante voto, de su despacho, y los «burócratas», que no son sino unos condescendientes elitistas casi imposibles de eliminar. Se entiende que hay una alianza tácita entre aquellos que han acabado siendo vistos como los pobres parásitos (en América, trazados generalmente en términos abiertamente racistas) y los santurrones funcionarios, igualmente parásitos, cuya existencia depende de subsidiar a los pobres con dinero ajeno.

Nuevamente, la izquierda mayoritaria (o lo que se supone que ha de pasar por izquierda en estos días) no ha hecho sino ofrecer una versión deslavazada de este lenguaje de la derecha. Bill Clinton, por poner un ejemplo, pasó tanto tiempo de su carrera arremetiendo contra los funcionarios que, tras el atentado contra el edificio Murrah, de Oklahoma City, sintió que debía recordar a los estadounidenses que los funcionarios eran seres humanos, y prometió no volver a emplear jamás la palabra «burócratas».

En el populismo contemporáneo estadounidense (y cada vez más en el del resto del mundo) sólo cabe una alternativa a la «burocracia», y es «el mercado». A veces se mantiene para argumentar que deberíamos eliminar a los burócratas y dejar que la naturaleza siga su curso, lo que significa dejar que la gente lleve a cabo sus vidas y sus asuntos sin las interferencias de interminables regulaciones y normas que se les imponen desde arriba, y permitir así que la magia del mercado proporcione sus propias soluciones.

«Democracia» pasó así a significar mercado; «burocracia», a su vez, interferencia gubernamental con el mercado; y es en esto, a grandes rasgos, en lo que el mundo se encuentra hoy en día.”

(David Graeber, La Utopía de las Normas)

Los Robots Están de camino

3 Sep

“La idea de que una ola de cambio económico es tan perjudicial para el orden social que una sociedad podría rebelarse contra ella, parece que ha desaparecido del ámbito de lo posible. Pero la desaparición del 47 por ciento de los puestos de trabajo en dos décadas (según Frey y Osborne) debe estar justo al borde de lo que puede soportar una sociedad, no tanto por ese 47 por ciento, sino por el plazo. Los trabajos desaparecen; ha sucedido muchas veces. Sin embargo, que los trabajos desaparezcan con esa velocidad es algo nuevo, y la búsqueda de precedentes históricos, de ejemplos de los que podamos aprender, no nos llevará muy lejos. ¿Cómo se desarrollaría esta velocidad de desaparición de empleos, combinada con una deflación extensa? La verdad es que nadie lo sabe. En ausencia de un modelo o precedente, la idea de que el proceso económico simplemente avanzará como un monstruo, sin oposición de ninguna contrafuerza social o política, es exagerada. Los robots solo se comerán todos los trabajos si decidimos dejarlos “.

John Lanchester, (Los Robots están de Camino)

David Lynch: Dirigir con amabilidad

2 Sep
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No se metan con los nazis

28 Ago

Watt

26 Ago

Personalmente, por supuesto, me arrepiento de todo. No de una palabra, ni de una acción, ni de un pensamiento, ni de una necesidad, ni de una pena, ni de una alegría, ni de una chica, ni de un chico, ni de una duda, ni de una confianza, ni de un desprecio, ni de una lujuria, ni de una esperanza, ni del miedo, ni de una sonrisa, ni de una lágrima, ni de un nombre, ni de un rostro, ni de un tiempo, ni de un lugar, nada de lo que no me arrepienta, extremadamente. Una ruina, de principio a fin.

(Beckett, Watt)

Malestar Cautivo

24 Ago

Es dada esta tierra a faccionalismos, tribalismos, y odios ideológicos profundos, envidias y agravios a menudo enraizados en historias familiares de sangre y arena, intereses particulares disfrazados de enfrentamientos ideológicos, cunetas, guerrillas carlistas, y si me apuran, levantamientos comuneros. Amamos odiarnos, y somos pioneros de ese fenómenos que a partir de los 70s-80s ha ido ganando vuelo en los USA, la polarización social. A veces creo que sólo la comedia absurda, ácida y austrohúngara de Berlanga pudo narrar nuestra idiosincrasia.

Tal vez en ningún otro país europeo, salvo quizá los que hayan vivido conflictos recientes (Balcanes, Ucrania) se aprecia esa inquina en la parrilla catódica, en las actas del congreso, en los pasillos de departamentos de universidad, e incluso en las sedes de los partidos (los mayores enemigos del políticos son su correligionarios, las peores cuchilladas vienen por la espalda, y el fuego mortal suele ser el fuego amigo, por aquello de la competencia).

Se produce un momento paradójico, que es evidente ahora mismo en USA: hay un malestar social profundo, unas demandas desde las bases progresistas, ignoradas por el establishment, que se ven cautivas del mal mayor, la victoria de Trump. ¿a dónde van los descontentos por la izquierda del Partido Demócrata ante las elecciones de noviembre? A pesar de los desplantes, el movimiento a la derecha reaccionaria, policial, anti medidas sociales, represiva de Biden y Harris, éstos juegan al momento histórico, culpar de dejar en manos de un sociópata incapaz el país a los abstencionistas.

El mal menor sigue siendo un mal.

En España, me temo, algo hay parecido: la acelerada descomposición de Podemos, y la no muy sorprendente posición subsidiaria de Bruselas de los socialistas, debería hacer volar por los aires al gobiernos con huelgas generales (bueno, si hubiera sindicatos mayoritarios dignos de tal nombre). Pero el pavor de que la crisis sanitaria la gestione la derecha como en Madrid o Cataluña (el sui géneris cóctel de imprevisión, privatización, lucro e inacción) hace cerrar filas.

Por el camino nos hemos dejado la reforma laboral, la ley mordaza, medidas impositivas a grandes fortunas, transacciones bancarias, medidas para revertir el rescate bancario ligadas a la crisis de vivienda, y por supuesto el desastre del Ingreso Mínimo Vital, una burla y una estafa para quienes el concepto de una Renta Básica significa algo.

Dice el informe del relator especial de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y Derechos Humanos:

“La excesiva burocratización del sistema de asistencia social es una de las principales causas de exclusión, y los irrazonables e imposibles requisitos de documentación constituyen obstáculos que la refuerzan”.

El IMV se resume fácilmente: Según UGT, de 714.000 solicitudes presentadas, solo se han resuelto 32.629, el 4,57%. Menos de un 5% de resoluciones: a eso se le llama urgencia social. Y de las resoluciones solamente el 12,7% han sido favorables. Es fácil el cálculo: el 0,58% del total presentadas.

La retórica a menudo se nos presenta como simulacro de la política. A las puertas de la negociación de unos Presupuestos de crisis, duele confesar que hay más demagogia que realidad en el escudo social de este Gobierno.

¿Qué nos queda a los disidentes a la izquierda de este gobierno que sin embargo tememos la casi inevitable alternativa que nos ha de helar el corazón?

Dicen que la esperanza quedó dentro de la caja de Pandora que contenía los males que pueblan el mundo, y por lo tanto, era el último de esos males. Así que esperanza no nos queda. Renunciamos también a las fáciles cábalas conspiranoicas que ofrecen el consuelo de un poder oculto culpable.

Cada país tiene el gobierno que merece. La clase política surge de la sociedad, no a la inversa. Así que la pregunta sería cómo cambiar al ciudadano medio, y no cómo impulsar al poder al representante de la tribu que menos nos decepcione.

Sin esperanzas pero sin derrotismos, se trata de ejercer el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Por no admitir que esto no tiene remedio, y que son molinos, Sancho.

100 años de Bukowski

17 Ago

Un poema es una ciudad

Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas,
llena de santos, héroes, pordioseros, locos,
llena de banalidad y embriaguez,
llena de lluvia y truenos y periodos
de ahogo, un poema es una ciudad en guerra,
un poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj,
un poema es una ciudad ardiendo,
un poema es una ciudad bajo las armas
sus barberías llenas de borrachos cínicos,
un poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo
por las calles como Lady Godiva,
donde los perros ladran en la noche y persiguen
la bandera; un poema es una ciudad de poetas,
muchos de ellos muy similares
y envidiosos y amargados…
un poema es esta ciudad ahora,
a 50 millas de ninguna parte
a las 9:09 de la mañana,
el sabor a licor y cigarrillos,
sin policía, sin amantes, caminando en las calles,
este poema, esta ciudad, cerrando sus puertas,
fortificada, casi vacía,
enlutada sin lágrimas, envejecida sin pena,
las montañas rocosas,
el océano como una llama de lavanda,
una luna carente de grandeza,
una leve música de ventanas rotas…

un poema es una ciudad, un poema es una nación,
un poema es el mundo…
y ahora pongo esto bajo el cristal
para el loco escrutinio del editor
y la noche está en cualquier lado
y lánguidas damas grises se alinean
el perro sigue al perro al estuario
las trompetas anuncian los patíbulos
mientras los hombrecillos deliran sobre cosas
que no pueden hacer.

(Bukowski)

Encontrado en el blog Sólo Bukowski

The Politician de Ryan Murphy: Dos series distintas en una, o de cómo NO hacer una segunda temporada

13 Ago

The Politician de Ryan Murphy tiene varios de los leitmotive de este singular creador (American Horror Story, Nip/Tuck, American Crime Story, Glee, Popular, Feud, Hollywood, Scream Queens). Gente guapa y rica, sexualmente activa, totalmente ida de la olla, y llena de maldad, rencor, falta de escrúpulos y de sentido del ridículo.

Es una serie que en dos temporadas logra maravillar por su talento y horrorizar por su mediocridad, respectivamente. Es decir, Ryan Murphy en estado puro.

La primera temporada es un submundo delirante deudor de Election, de Alexander Payne, con unas elecciones escolares como primera piedra de toque para que un personaje narcisista, ambicioso y ridículo pretenda plantar la primera pica para su carrera a la Casa Blanca. Funciona como un tiro, una sátira de las políticas progresistas identitarias de la gente bien de Beverly Hills, progresistas de boquilla, y la total falta de escrúpulos incluso al nivel de elecciones escolares, una amoralidad autoconsciente que preocupa al propio personaje.

Brillan especialmente Zoey Deutch como Infinity Jackson (hija de Lea Thompson, y, me temo desaprovechada en su carrera, una cómica con un talento natural para la expresividad, la ternura y la ironía que supera a su madre, y merecería mejores papeles que los de películas como Buffaloaded) y Jessica Lange como su abuela, en la subtrama más delirante y absurda, con una alumna que acaba siendo presionada a presentarse a subpresidenta por el protagonista por el efecto lástima al padecer cáncer. Su brutal relación con su abuela ha acabado por dejarme loquísimo al descubrir que está basada en un caso real de maltrato infantil (Síndrome de Münchausen por poderes) y asesinato, pues está inspirada en el caso de Gypsy Rose Blanchard.

La segunda temporada es fallida total, al tratar de saltar en el tiempo para desembocar en una carrera política real, unas primarias para el senado. El modelo sería la explotación de escándalos al estilo Primary Colors de Mike Nichols, y a pesar de contar con la solidez que aporta la veterana actiz Judith Light como contrincante, resulta un despropósito, y una continuación forzada juntando un elenco de personajes que resulta absurdo reunir.

En ambas temporadas a la actriz Lucy Boynton, de quién sabemos sus capacidades (Sing Street, Bohemian Rhapsody) la desperdician de mala manera.

En fin, Ryan Murphy, para lo bueno, para lo malo, y para lo bizarro.