El Fuego Fatuo, Louis Malle

26 Jul

No soy precisamente seguidor del cine francés en general, ni de la nueva ola en particular. Pero algo tiene este Fuego Fatuo de Malle. Con todos los defectos propios del cliché, voces en off explicativas, diálogos existencialistas poco naturales, tempo absurdamente lento, relaciones humanas poco creíbles, palabras grandilocuentes, cierta fijación con el sexo y la conquista femenina muy fuera de lugar…

Pero algo tiene este fuego fatuo, os dije. Un buen actor al frente, un buen tema. Una cierta valentía. Tal vez, como depresivo crónico que ha pensado alguna vez en el último recurso, una película sobre un suicida despierte mi interés, aunque sólo sea por ver el acercamiento, naturalista, nada tremendista, no demasiado moralista, que hace Malle.

La utilización de la música es exquisita (Satie), con piezas clásicas que acompañan, y tal vez me sobren unas pocas despedidas insinceras a amigos y conocidos, muy de cara a la galería, y haga falta más contemplación del hombre decidido a dejar ser, del puro absurdo de la vida.

En algo, poco, si coincido con los elogios del crítico Ebert: “Y en el comportamiento preocupado, indiferente, amable y cruel de sus amigos, nos vemos actuando hacia personas como él, o actuando hacia personas como ellos.”


			

Viaje al manicomio, Kate Millett

20 May

“Es la integridad de la mente lo que deseo reivindicar, su carácter sagrado e inviolable. No niego en absoluto la desdicha y el estrés de la vida en sí: los sufrimientos de la mente a merced de la emoción, las circunstancias que nos llevan a declararnos la guerra unos a otros, los divorcios y los antagonismos en las relaciones humanas, la multitud de temores, los obstáculos a la confianza, las crisis de decisión y elección. Intentamos sortearlo, buscamos consejo para protegernos, incluso nos exponemos al inevitable desequilibrio de poder inherente en la terapia para combatirlo; todo ello es la materia de la condición humana. Pero cuando tales circunstancias se convierten en síntomas y se diagnostican como enfermedades, creo que entramos en un terreno muy incierto”

“Sumo mi propia experiencia a la multitud de personas que como yo han conocido la crueldad y la irracionalidad del sistema, y reivindico un nuevo respeto a la mente humana en sí, su razón, inteligencia, percepción, agudeza y lógica. Que no vuelva a haber más hospitalizaciones, medicación o electroshocks forzados, ni más definiciones de locura como un delito que hay que tratar con métodos salvajes”

(Kate Millett, Viaje al Manicomio)

Optimismo Cruel

17 May

“El optimismo cruel es, entonces, al igual que todas las frases, un deíctico: una frase que apunta hacia una ubicación próxima. Como herramienta analítica, nos incita a habitar y rastrear el apego afectivo a aquello que denominamos “la buena vida”; para muchos, en realidad, una mala vida que desgasta a sujetos que, a pesar de esto y al mismo tiempo, encuentran dentro de ella sus propias condiciones de personalidad. No se trata solo de un estado psicológico. Las condiciones de la vida corriente en el mundo contemporáneo, incluso en lugares de relativa riqueza, como los Estados Unidos, producen el padecimiento o el desgaste de los sujetos, y la ironía de que el trabajo de reproducir la vida en el mundo contemporáneo sea también la actividad de ser desgastados por él tiene sus implicancias específicas para el pensamiento acerca del carácter corriente del sufrimiento, la violencia de la normatividad y las “tecnologías de la paciencia” que permiten que una idea del después postergue los cuestionamientos respecto de la crueldad del ahora. En este sentido, el optimismo cruel es un concepto que apunta a un modo de inmanencia vivida, nacido de una determinada percepción en torno a los motivos por los cuales la generalidad de las personas no es como el Bartleby de Melville, y prefiere no interponer distintas variantes del empobrecimiento, sino montar la ola del sistema de apego al que ya están acostumbradas, marchar a contratiempo o sostenerse en una relación de reciprocidad, reconciliación o resignación que no implica derrota. O tal vez se inclinen hacia la forma normativa para adormecerse con la promesa del consenso, erróneamente interpretada como un logro.”

(Optimismo Cruel, Lauren Berlant)

La ardiente negatividad de lo positivo

12 May

Hay rastros de fieras en la ciudad. Pasos de sonámbulos en trance dejan huellas en la suciedad del asfalto. Son huellas de niños siguiendo al flautista de Hamelín. Con los bolsillos vacíos, y ganas de respirar aire puro tras el encierro. Hay un hangar en alguna parte en donde la fiesta se expande como una mancha de aceite, horas y cuerpos infectados, bailando hasta morir.

La vida es para los fuertes. Es la ardiente negatividad de lo positivo, y los daños colaterales son la prueba de la debilidad del especimen inferior. Danzad, danzad malditos, la rueda del molino necesita de nuevos liquidos que la mueven y a falta de lluvia buenas son las fuentes de sangre.

Quien muere no vuelve y no castiga a los fanáticos de la libertad. Los cuerpos se llaman inpacientes entre sí tras un año de peste y soledad, sin que hayan tejido solidaridades ni complicidades por el camino. La máquina que nos consume y a la que consumimos produce velocidad y aceleración, un baile sin pausa para pensar, y los cuerpos buscan el solaz del ocio empaquetado en parcelas de espacios a la venta, experiencias en las terrazas callejeras, bajo los adoquines sólo había cerveza, no la playa.

La máquina cibernética también produce griterío, confirmación, ataques, cierres de filas: tribus. Los predicadores de la prudencia y la sobriedad no consiguen que su voz llegue a lugar ninguno, no consiguen producir al sujeto al que apelan. Son tristes monjes burócratas, o apocalípticos declamadores de sermones que condenan y señalan pero nada proponen, estimulan, o sueñan.

Los bailes se vuelven frenéticos, espasmódicos, una prueba de vida estallando como un trueno en el espacio de un paréntesis, un impasse, un vestíbulo de incertidumbres, un no lugar, un no-tiempo, una no-vida.

Es la ardiente negatividad de lo positivo, la maníaca enfermedad del baile que en la edad media afectó a multitudes que danzaron hasta morir. Caerán los ancianos, pero el tonelero espera escanciar su aguamiel y vivir para ver otro ejercicio fiscal. La peste continua, pero la melancolía del miedo no podía durar. Los cazadores se internan en la oscuridad repleta de fieras dejando sus huellas de tribu desaparecida. Aprendieron en rituales durante los años sin efermedad, e incluso en las épocas de miseria, pudieron soñar, y los flautistas sigueron cantando a Hamelín. No importa que no exista, su poder es real, y de nada sirve señalar con el dedo a los ignorantes. Los verdaderos ignorantes son los que escucharon el canto y no hallaron una canción más poderosa para encantar al espíritu de la tribu.

En las catacumbas de las ciudades, las fieras se preparan para el festín.

Trabajo Fractal

11 May

La precariedad es la condición general de los semiotrabajadores. La característica fundamental de la precariedad en la esfera social no es la pérdida de regularidad en las relaciones laborales, ya que el trabajo siempre ha sido más o menos precario pese a la regulación de la ley. La transformación fundamental que ha realizado la digitalización del proceso laboral consiste en la fragmentación de la continuidad del trabajo personal, la fractalización y la celularización. El trabajador desaparece en cuanto persona y es reemplazado por fragmentos abstractos de tiempo. El ciberespacio de la producción global puede verse como una vasta extensión de tiempo humano despersonalizado.

En la esfera de la producción industrial, el trabajador de carne y hueso, dotado de una identidad certificada y política, encarnaba el tiempo laboral abstracto. Cuando el jefe necesitaba tiempo humano para la valorización del capital, tenía que contratar a un ser humano, que afrontar la debilidad física, enfermedades y derechos de este ser; el jefe estaba obligado a tener que negociar con los sindicatos y enfrentarse a las demandas políticas del que era portador.

En la era del infotrabajo ya no es necesario invertir en la disponibilidad de una persona durante ocho horas diarias durante toda su vida. Ahora el capital no tiene que contratar a nadie, sino que compra paquetes de tiempo, separados de sus intercambiables y ocasionales portadores. En la economía de internet, la flexibilidad se ha convertido en una forma de fractalización del trabajo.

La fractalización es la fragmentación modular y recombinante de un periodo de actividad. El trabajador deja de existir como persona y se convierte en un mero productor intercambiable de microfragmentos de semiosis recombinante que entran en el continuo flujo de internet.

El capital ya no paga la disponibilidad para que un trabajador pueda ser explotado durante un periodo de tiempo más prolongado; tampoco paga un salario que cubra todo el rango de necesidades económicas del trabajador.

Se paga al trabajador (una máquina dotada de cerebro que puede utilizarse durante fragmentos de tiempo) por sus servicios ocasionales, temporales. El tiempo del trabajo está fragmentado y celularizado. Las células de tiempo se ponen en venta por internet y los negocios pueden adquirir tantas como deseen sin tener que ofrecer protección social alguna al trabajador. El tiempo despersonalizado se ha convertido en el agente real del proceso de valorización; y este tiempo carece de derechos, de organización sindical y de conciencia política. Únicamente puede estar disponible o no disponible (aunque esta última alternativa sigue siendo puramente teórica, ya que el cuerpo físico necesita comprar comida y pagar el alquiler, pese a no ser una persona legalmente reconocida).

El tiempo necesario para producir infocomodidad se vuelve líquido en la máquina digital recombinante. La máquina humana está ahí, pulsante y disponible, como un cerebro esperando a expandirse. La extensión del tiempo está meticulosamente celularizada: las células del tiempo productivo pueden movilizarse en formas puntuales, casuales y fragmentarias. La recombinación de estos fragmentos se realiza automáticamente en la red. El teléfono móvil es la herramienta que posibilita la conexión entre las necesidades del semiocapital y la movilización del trabajo vivo del ciberespacio. El tono de llamada del teléfono móvil convoca a los trabajadores a que reconecten su tiempo abstracto en el flujo reticular.

En esta nueva dimensión laboral, la gente no tiene derecho a proteger o negociar el tiempo del que son formalmente propietarios y que se les expropia eficazmente. Dicho tiempo no les pertenece realmente, porque está separado del circuito de producción virtual recombinante. El tiempo de trabajo está fractalizado, reducido a fragmentos mínimos que pueden ensamblarse de nuevo, y gracias a la fractalización el capital encuentra las condiciones del salario mínimo de forma constante.

El trabajo fractalizado se produce de manera puntual, aquí y allá, en ciertos puntos, sin que sea posible poner en marcha un esfuerzo concertado de resistencia.

Solo la proximidad espacial de los cuerpos de los trabajadores y la continuidad de la experiencia del trabajo en equipo permite la posibilidad de un proceso prolongado de solidaridad. Sin dicha proximidad ni dicha continuidad, no se dan las condiciones para que los cuerpos celularizados se combinen formando una comunidad. La integración de actuaciones individuales que dé lugar a un impulso colectivo de importancia necesita de una proximidad continua en el tiempo, una proximidad que el infotrabajo imposibilita.

La actividad cognitiva siempre ha estado presente en todo tipo de producción humana, incluso en la más mecánica. No hay proceso humano de trabajo que no implique un ejercicio de inteligencia. Pero la capacidad cognitiva hoy se ha convertido en el recurso productivo fundamental. En la era del trabajo industrial, la mente estaba al servicio de un automatismo repetitivo, era el director neurológico del esfuerzo muscular. Mientras que el trabajo industrial era esencialmente repetición de actos físicos, el trabajo mental cambia de objeto y procesos de forma continua. Por tanto, la incorporación de la mente en el proceso de la valorización capitalista ha conducido a una verdadera mutación. El organismo consciente y sensible está sometido a una competición cada vez mayor, a una aceleración de estímulos, a un constante esfuerzo de atención. De ahí que el entorno mental, la infoesfera en la que se forma la mente y entra en relación con otras mentes, se haya convertido en un entorno psicopatológico.

Para comprender la infinita gama de espejos del semiocapitalismo, primero hemos de trazar en líneas generales un nuevo campo disciplinario delimitado por tres aspectos: la crítica de la economía política de la inteligencia conectiva; la semiología de los flujos lingüístico-económicos; y la psico-química de la infoesfera, que se centra en el estudio de los efectos psicopatológicos de la explotación mental debida a la aceleración de la infoesfera.

En el mundo conectado, los círculos retroactivos de la teoría general de sistemas se fusionan con la lógica dinámica de la biogenética para formar una visión posthumana de la producción digital. Las mentes y los cuerpos humanos se integran con los circuitos digitales gracias a los interfaces de aceleración y simplificación: está naciendo un modelo de producción bioinfo que produce artefactos semióticos capaces de autorreplicar sistemas vivos. Una vez que se pone totalmente en marcha, el sistema nervioso digital puede ser rápidamente instalado en cualquier forma de organización.

La red digital está produciendo una intensificación de infoestímulos transmitidos del cerebro social a los cerebros individuales. Esta aceleración es un factor patógeno que tiene efectos de largo alcance en la sociedad.

Puesto que el capitalismo está conectado al cerebro social, el meme de aceleración psicótico actúa de agente patológico: el organismo es atraído hacia un espasmo hasta que colapsa.

(Franco Bifo Berardi, Héros, Asesinato masivo y suicidio)

Walking in the Opposite Direction: Adrian Borland and The Sound

5 May

Hace poco vi en video bajo demanda el documental “Walking in the opposite direction” sobre la vida de Adrian Borland, líder del grupo post-punk The Sound, una película que para fanáticos del formato físico saldrá en DVD en junio.

Conocí al grupo en la era pre-internet, en una tienda de alquiler de discos, junto a Chameleons. Una época en la que la sobreabundancia musical actual no existía y uno se veía obligado a focalizar su atención y paladear la música de un modo más intenso. Su “From the lions mouth” me voló la cabeza.

Adrian Borland luchó gran parte de su vida contra la enfermedad mental que acabaría con su vida, y esa lucha, y el apoyo de su familia, es parte importante de la película. Una película cuyo proceso de documentación me conmovió en su día, con la cruzada del padre para lograr imágenes de archivo de fans y televisiones europeas. Un apoyo que continuaba el empujón financiero que dió en los inicios de la carrera de su hijo, y las luchas contra la condición incapacitante que atacaba a Adrian.

Lo musical y lo personal encuentran un equilibrio interesante, conjungando la batalla de Borland con la otra persona que habitaba en él (documentada en canciones como Winning o I can’t escape myself) así como las crisis médicas y personales, o la lucha con una medicación que embotaba la creatividad del artista, y por otro lado la presión de la industria tratando de cambiar a un grupo heredero de Joy Division para tratar de obtener una versión oscura de, literalmente, Duran Duran.

Borland se haría popular en Holanda, y sobreviviría creativamente allí fundando los Citizens, y comenzando sus proyectos en solitario. Pero su situación personal, sus propios demonios, sus crisis, y su incipiente problema con el acohol como automedicación, socavaría sus posibilidades en la industria musical.

Este documental le hace justicia como gran artista y creativo, contando sus problemas vitales quitando truculencia, por parte de gente que le amaba. Es un documental que parte del amor. Un triunfo del amor frente al “oscuro tren” que Borland intuía lo llevaría por delante.

Trampa 22

12 Abr

Solo había una trampa, y era la 22, que establecía que preocuparse por la propia seguridad ante peligros reales e inmediatos era un proceso propio de mentes racionales. Orr estaba loco y podían retirarlo del servicio, lo único que tenía que hacer era solicitarlo. Y en cuanto lo hiciera, ya no estaría loco y tendría que cumplir más misiones. Orr estaría loco si cumpliera más misiones y cuerdo si no las cumpliera, pero si estaba cuerdo tenía que realizarlas. Si las realizaba estaba loco y no tendría que hacerlo; pero si no quería estaba cuerdo y tenía que hacerlo. A Yossarian le conmovió profundamente la absoluta sencillez de aquella cláusula.  (Trampa 22, Heller)

¿Qué nos cuenta El Tercer Hombre de Carol Reed sobre el momento actual?

7 Abr
Martins: ¿Ha visto alguna vez a alguna de sus víctimas?

Harry: Sabes, nunca me siento cómodo con este tipo de cosas. ¿Víctimas? No seas melodramático. 
[hace un gesto a la gente de abajo] 

Dímelo. ¿Realmente sentirías lástima si uno de esos puntos dejara de moverse para siempre? Si te ofreciera veinte mil libras por cada punto que se detuviera, ¿de verdad, viejo, me dirías que me quedara con mi dinero o calcularías cuántos puntos puedes permitirte ahorrar? Libre de impuesto sobre la renta, viejo. Libre de impuestos sobre la renta: la única forma de ahorrar dinero hoy en día.

Albert

25 Mar

“Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Es confesar que la vida nos supera o que no la entendemos. Mas no vayamos demasiado lejos en estas analogías y volvamos a las palabras corrientes. Es solamente confesar que ‘no vale la pena’. Vivir, naturalmente, jamás es fácil. Seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”. El mito de Sisífo, 1942

Conspiranoia

18 Mar

“La primera teoría conspirativa surgió, si no me falla la memoria, en el National Guardian (un periódico de izquierdas) unas pocas semanas después del asesinato. El Escéptico lo leyó con interés, y no me convenció.


Cuando finalmente salió el Informe Warren, el Escéptico también lo estudió con atención. Tampoco me convenció.


De hecho, a menudo me asombraba que tanta gente tuviera tantas opiniones fuertes sobre el tema.


Empecé a comprender por qué los sufíes siempre están atacando las “opiniones”. Todo el mundo hoy en día piensa que debe tener una “opinión” sobre todo, sepa algo al respecto o no. Por desgracia, pocas personas conocen la diferencia entre una opinión y una prueba. Peor aún, la mayoría no tiene conocimiento en absoluto sobre la diferencia de grado entre una prueba meramente legal, una prueba lógica o verbal, una prueba de las ciencias blandas como la psicología, y una prueba en las ciencias duras físico-matemáticas. Están llenos de opiniones, pero tienen poca capacidad para distinguir el grado relativo de las pruebas que respaldan todas estas opiniones diferentes.


Decimos “ver es creer”, pero en realidad, como Santayana ha señalado, somos mucho mejores creyendo que viendo. De hecho, casi todo el tiempo estamos viendo lo que creemos, y sólo de vez en cuando, viendo lo que no podemos creer.”

(Robert Anton Wilson, Disparador Cósmico)